Las persianas no cierran bien, como las ventanas. Algunos alumnos lamentan el estado de la facultad en la que estudian Filosofía y Filología. Otros están “muy orgullosos” y creen que es “un privilegio formarse en ella”, a pesar de que las aulas no tienen ordenadores ni hay pantallas. “Pero quizá para nosotros no sean tan necesarias”, cuenta una estudiante de quinto de Filosofía y Derecho, que ha hecho una parada y fuma a la entrada del edificio que acaba de ser declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Comunidad de Madrid.

La Dirección General de Patrimonio Cultural asegura, en el decreto al que ha tenido acceso este periódico, que el edificio presenta un estado de conservación “aceptable”, y destaca que es “uno de los pocos edificios del conjunto universitario que no ha sido objeto de ampliación, lo que ha permitido mantener intacta su volumetría y su tipología arquitectónica”.

Una vista del edificio de Aguirre, en 1935. Primero en inaugurar la Ciudad Universitaria.

El conjunto es obra del arquitecto Agustín Aguirre López (1896-1985) y fue inaugurado en 1933, tres años antes del Golpe de Estado y comienzo de la Guerra Civil, que lo arruinó y fue reinaugurado en 1943. Desde entonces, apenas ha sufrido modificaciones. Esta es una de las razones por las que las ventanas y las persianas, con lamas de madera pintadas de blanco, no cierran: están protegidas y, hasta ahora, no podían ser reemplazadas.

Una aventura a las estrellas

“Las carpinterías de acero, las rejas y las guías de las persianas presentan distintos grados de deterioro y oxidación, en función de su orientación. Las persianas enrollables de madera están despintadas y muy degradadas”, subraya el informe de Patrimonio. “Son inconvenientes prácticos”, señala el decano de Filología, Eugenio Luján, a este periódico.

De la pared principal de su despacho cuelgan tres obras de Sorolla. La más impactante es un retrato de la hija del pintor, con la Sierra de Guadarrama al fondo. Tan nevada como cuando Francisco Giner de los Ríos miraba sus cimas y encontraba en ellas el oxígeno necesario para airear, desde la Institución Libre de Enseñanza, los convencionalismos del Antiguo Régimen. Giner de los Ríos fue uno de los referentes para la vanguardia de la enseñanza que echaba a andar con la construcción de la antigua facultad de Filosofía y Letras.

El estado en el que quedó la Facultad, tras la Guerra Civil.

La arquitectura funcional, espacios amplios y luminosos, la alegoría de las Humanidades en la increíble vidriera Art Decó del vestíbulo (hoy, réplica), fueron los ingredientes perfectos de una “ambiciosa aventura científico-pedagógica”. “En realidad, simbolizaban un afán de educación integral, basada en la tolerancia, la excelencia académica y, en definitiva, en los ideales de la Institución Libre de Enseñanza”, como se puede leer en el catálogo de la exposición sobre el edificio, organizada, en 2008, en el Centro Conde Duque (Madrid).

Urge rehabilitación

Además del problema con las ventanas que nos cuenta el decano Luján, explica que las reformas son un quebradero para los presupuestos de la facultad. Los pasillos de cada planta lucen azulejos de distinto color, y también son una especie en peligro de extinción. Si hay una avería deben reemplazarlos calcados y “hay muy pocas fábricas que los puedan hacer”. Con los suelos ocurre lo mismo. Las obras son muy caras. “Nunca hemos tenido ayudas públicas y esperamos que, ahora como BIC, sí”, añade.

Santiago López-Ríos, Vicedecano de Relaciones Internacionales de la facultad de Filología, es una de las personas que mantiene desde hace once años una lucha personal por conseguir lo que acaba de declarar la Comunidad de Madrid. “Lo más urgente después de la declaración BIC es una rehabilitación integral del edificio. Hay que ser muy ambicioso, es una joya arquitectónica y pocos edificios del siglo XX han sido declarados BIC. Además, la Complutense tiene una deuda con sus alumnos: la mayoría de ellos no conocen la historia del lugar en el que estudian. Debemos difundirlo mucho más”, cuenta.

Manuel García Morente impartiendo clase en un aula de la nueva Facultad.

Hay lámparas y relojes que han sobrevivido a la Guerra Civil, pero la mayoría de los elementos han sido reconstruidos. El Decano está orgulloso de la recreación de la vidriera original, ejecutada hace una década. También de la conservación de la familiar biblioteca, cuyos ventanales dan al jardín. Intactas también están las escaleras, las aulas y los despachos. La carpintería exterior (rejas y protecciones) se conservan.

Olvidarse de la represión

Pero en la Comunidad de Madrid son conscientes del paso del tiempo y las urgencias para mantener el conjunto. El informe llama la atención en la necesidad de trabajos de restauración y limpieza, “sobre todo en la envolvente exterior”. Los aparatos de aire acondicionado autónomos que aparecen en algunas ventanas afean el aspecto. El edificio está asaeteado de grafitis en las placas de piedra del semisótano. Lo más inquietante es que el informe incluye, junto a las pintadas modernas, “las trazas de las pintadas alusivas a la Federación Universitaria Escolar (FUE), realizadas en 1947”.

“FUE”. “VIVA FUE”. “VIVA LA UNIVERSIDAD”. “MACHADO”. “LORCA”. “VIVA LA UNIVERSIDAD LIBRE”. Apenas se ven. Son las pintadas que un grupo de estudiantes plantaron en el ábside principal, en aquel invierno de 1947. La facultad tuvo un papel relevante durante la Guerra Civil y continuó siendo muy activo en la resistencia contra la dictadura. Manuel Lamana y Nicolás Sánchez Albornoz fueron arrestados por la realización de las pintadas y su pertenencia a FUE y condenados a trabajos forzados en el penal de Cuelgamuros, del que escaparon en 1948.

Fachada del ábside hace una década, antes de que fueran borradas.

Una estudiante de Químicas, Mecedes Vega, creó una fórmula mágica con la que realizar las pintadas: la base era una solución de nitrato de plata al agua, que hacía aparecer y desaparecer las proclamas. Al sol, la solución ennegrece. De noche, desaparece. El arquitecto Pablo Pintado reconoció que los operarios con la orden de acabar con las pintadas eran incapaces de hallarlas. “La escritura me dejó un cerco negro, también indeleble, sobre los dedos índice y pulgar”, como le explicó al periodista de El País, Rafael Fraguas, en 2005.

Sin embargo, terminaron por encontrarlas, se afanaron en hacerlas desaparecer y la solución se resistió lo que pudo. En la ficha de las pintadas de la Comunidad de Madrid podemos leer que “en algunos casos quedaron los negativos diluidos de dichas pintadas”.

Pulir la memoria

“En otros casos se decidió picar la piedra donde habían sido realizadas de modo que quedaron cinceladas sobre el granito. En 2006, se procedió al “pulido” de estos restos en negativo sobre la piedra hasta hacerlos desaparecer”. Y así se mantienen. De hecho, la mayoría de los alumnos a los que hemos preguntado desconocen su existencia.

Plano de la vidriera original de la facultad de Filosofía y Filología.

El decreto al que ha tenido acceso EL ESPAÑOL recoge el rechazo a la propuesta de incorporar al expediente, la protección de las pintadas de la FUE. “No es aceptada, aunque las pintadas se documentan adecuadamente”. No se protegen, pero se documentan. ¿Por qué? EL ESPAÑOL ha tratado de hablar con Paloma Sobrini, pero la Directora General de Patrimonio Cultural ha preferido no hacerlo. El Decano de Filología es claro: “Tendrían que estar incluidas. Habría que resaltarlas como parte del patrimonio del edificio”, cuenta a este periódico.

Este periódico ha tenido acceso a la documentación en la que Miguel Ángel García Valero, Subdirector General de Protección y Conservación, responde el 20 de febrero pasado a la petición de darles protección. Y lo hace con esta curiosa excusa: si se protege una pintada en una pared, tendría un “desfavorable efecto llamada”. Lo más llamativo de todo es que el edificio está envuelto en un manto multicolor de grafitis, pero las únicas que han desaparecido son las históricas.

La respuesta íntegra de García Valero dice así: “La hipotética protección de las pintadas implicaría la imposibilidad de mantener en condiciones aceptables la fábrica de ladrillo de una zona importante de la fachada. Por otra parle, mantener a ultranza unas pintadas en la fachada de un monumento, además del efecto estético desfavorable, tendría un efecto llamada para actuaciones similares. Se considera que no es necesario ni siquiera conveniente proteger de forma expresa las pintadas del año 1947 en el expediente de declaración, basta con documentarlas”.

Borrar la Historia

Es una respuesta a la demanda de Alicia Torija, representante del Grupo Podemos Comunidad de Madrid en el Consejo Regional de Patrimonio, que cuenta a este diario que con esta decisión se “invisibiliza un episodio de la Historia española importantísimo”. “En esta facultad se ejerció la represión y esas pintadas son la huella de ello. Es un edificio que se conserva apelando a su contenido histórico vinculado a la Guerra Civil, pero deciden que el franquismo queda fuera. La Comunidad de Madrid ha decidido ningunear las pintadas”, dice.

Uno de los descanillos de la escalera, que se conservan en la actualidad.

El mal estado en el que se encuentran no es motivo para su eliminación, porque “el patrimonio no sólo es tangible, también intangible”. “Protegemos cosas que no se ven muy bien, porque los rastros de la Historia son importantes. Si no lo proteges, dejará de estar protegido. Nadie pedirá permiso para fulminarlas y son importantes por su técnica (el nitrato) y el contenido”, añade. La Marca España de la represión no interesa al actual Ejecutivo.

Al menos, el edificio está a salvo. “Es un símbolo de la mejor España, la que no escatimó en recursos para la enseñanza. Es un ejemplo para los que diseñan arquitectura al servicio de la enseñanza, mucho mejor que el nuevo. Hoy sólo se diseña para decorar”. Habla López-Ríos, que recuerda aquella frase del filólogo Américo Castro sobre esta delicia Bauhaus: “¿Más quién será tan duro de ánimo que no perciba la trascendencia de que la juventud se instruya y eduque en un sitio apacible y rodeado de decoro?”.

Planta del edificio creado por Aguirre.

La nave que fue pensada como centro de producción intelectual del país -con profesores como Ortega y Gasset, María Zambrano, Julián Besteiro, Pedro Salinas, Jorge Guillén o María de Maeztu, entre tantos- fue un sueño efímero de tres años, antes de convertirse en un cuartel de la muerte. Casi noventa años después de su creación, resucita para conservarse en formol, justo cuando la filosofía es apartada y enviada a la retaguardia social.

Las pintadas contra la represión franquista desaparecerán y la placa en el hall que recuerda que el edificio fue reconstruido e inaugurado por “su Excelencia el Generalísimo”, no. Ahí sigue.