Uno de los momentos de L'enigma di Lea, estrenada este sábado en el Liceu.

Uno de los momentos de L'enigma di Lea, estrenada este sábado en el Liceu. Bofill

Escena ÓPERA

La violación cósmica con la que el Liceu volvió a crear

Acogida favorable para L'enigma di Lea, la ópera catalana con la que el Liceu vuelve a estrenar una creación propia 10 años después. El enigma deja más luces que sombras.

Barcelona

Toda ópera nueva es un enigma. Un signo de interrogación y una gran oportunidad. Para bien y para mal, los músicos no tienen grabación que les sirva de referencia y tejen las armonías de la partitura por primera vez. La puesta en escena se erige sobre los cimientos frescos de la trama. Los compositores están, para variar, vivos, algo que no ocurre habitualmente en un teatro de ópera. Eso puede ser una suerte a la hora de descifrar las intenciones de la creación, pero también un engorro si los padres de la criatura no son capaces de desprenderse de ella para tenga vida propia a través de sus intérpretes.

Este sábado, en el Liceu de Barcelona, se deshizo el suspense con L'enigma di Lea, el primer estreno del teatro en los últimos 10 años. Todo un milagrito dentro de las programaciones de los teatros españoles y para el barcelonés en particular, decidido a superar años de marasmo. Ahí el acontecimiento, que el director musical, Josep Pons, consideró "histórico". Según él, obras como esta no pueden sino crecer con los años, en cuanto el poso de sus interpretaciones vayan añadiendo capas a la creación que ayer perdía su virginidad. 

L'enigma di Lea, con música de Benet Casablancas y libreto de Rafael Argullol, cuenta los efectos de una violación cósmica. Lea es profanada por un dios y la obra, que se desarrolla fundamentalmente a partir de ese momento, cuenta el infierno en vida al que es condenada. Consiste en vagar por el mundo vistiendo ese enorme sufrimiento, triste y con los nervios de punta, sin ser capaz de razonar ni relativizar. Mientras busca respuestas y una segunda oportunidad, es zarandeada por unos y por otros, que la llaman "la puta de dios".

Ecos del 'Me too'

Si se despoja de mística y se aterriza en la sordidez mundana de los telediarios, no es extraño que haya espectadores que vieran en la trama claros ecos del movimiento feminista o del Me too. Carme Portaceli, la directora de escena, aprovecha para dar volumen a esas referencias latentes. Portaceli es una veterana que sabe lo que hace y suele hacerlo bien. Y, por ese motivo, la escena, moderna y atractiva, llena muchas de las carencias que deja el libreto, muchas veces poco claro y que más parece jugar contra el drama y el espectáculo que a favor. Con una mejor base, la obra no habría sido acogida aún como una incógnita por el público del estreno, que la aplaudió agradeciendo las intenciones pero no hizo de ella un éxito estruendoso

Allison Cook, en el papel de Lea, protagonista de la obra.

Allison Cook, en el papel de Lea, protagonista de la obra. A. Bofill / Liceu

Es la primera ópera de Casablancas, que afronta la música con inteligencia y capacidad, cuidado por la línea vocal y un papel para orquesta que es capaz de crear atmósferas con tensión dramática aunque sin muchos puntos álgidos. La música de Casablancas no es en modo alguno rupturista y, por eso, en ningún momento es huraña o excesivamente exigente para el espectador, aunque sí esté llena de matices. Muchos espectadores respiraron aliviados. Estreno absoluto y música contemporánea suelen ser potentes disuasores del entusiasmo. Al final, en ese sentido no era para tanto. A muchos les cautivó el cálido esoterismo que Pons fue desplegando con seguridad desde el foso. 

La partitura contiene una correcta definición de los personajes a los que los cantantes dan sentido. Allison Cook aporta el aura adecuada para dar credibilidad al papel de Lea y José Antonio López recibió una gran ovación como Ram, el yang de la víctima de los dioses. El personaje tiene su interés. Caracterizado como un monstruo, Ram ha sobrevivido a la muerte pero no puede sentir, aunque su papel e interpretación sean todo menos planos. Si es la media naranja de Lea no es porque aporte otras virtudes sino carencias diferentes. Ambos buscarán, a través de un difícil amor, una segunda oportunidad que les niega el coro, convertido en portavoz de la desesperanza.

El contratenor Xavier Sabata sobresale especialmente por su picante magnetismo y dotes dramáticas como perverso doctor Schicksal, al frente de una especie de sanatorio para enfermos mentales. 

L'enigma di Lea es una obra netamente catalana: lo son sus autores, el compositor y el libretista, y los responsables de esta producción, el director musical y la de escena. Y, pese a esa ficha artística, la mayor parte del texto está en italiano, después de ser traducida del español, según el programa de mano. Sólo las puntuales intervenciones del coro están en catalán. He ahí otro buen misterio para una obra que, sin embargo, aporta más luces que preguntas deja sin responder. 

(L'enigma di Lea se estrenó este sábado 9 de febrero y se representa hasta el día 13 en el Liceu)