El director Roman Polanski, el actor Jack Nicholson, el guionista Robert Towne y el productor Robert Evans son los principales personajes de la tragedia coral El gran adiós, el excepcional libro del periodista y escritor norteamericano Sam Wasson, que cuenta todas las vicisitudes personales y profesionales ocurridas en el proceso de rodaje de Chinatown (1974). 

La película de Polanski tuvo once nominaciones al Oscar -sólo ganó la estatuilla correspondiente al mejor guion- y fue un éxito mundial. Su excelente y sombría recreación y actualización del cine negro y de las novelas de Raymond Chandler del lejano período clásico le han otorgado hace tiempo la indiscutida categoría de obra maestra.

El motivo para considerar aquí El gran adiós no radica en la gran calidad de la película ni en la oportunidad de conocer mejor sus entresijos. Eso no sería suficiente razón. El libro de Sam Wasson, publicado por Es Pop Ediciones, es una extraordinaria pieza literaria, cuya absorbente lectura causa una profunda impresión y cuyo calado va mucho más allá de su núcleo argumental y de su pretexto: Chinatown.

Periodismo y literatura

En primer lugar, ¡qué envidia! Qué envidia ante ese estilo de escritura y esa tipología de libros norteamericanos que combinan lo mejor del periodismo y lo mejor de la literatura. Con mucho tiempo y dinero por delante -pues existe en USA un mercado objetivo de lectores para esta clase de libros-, el escritor recoge testimonios y pisa el terreno como un reportero, hace acopio de documentos y datos como un historiador y, finalmente, escribe como un gran novelista.

La peripecia, la textura, los colores, los matices, el uso de la palabra y la dimensión trágica de los personajes y de los asuntos adquieren el vuelo y la profundidad de un drama shakespeariano o de una novela dostoievskiana, sólo que contados con un lenguaje inexcusablemente contemporáneo.

El gran adiós es un libro -¡una novela, iba a escribir!- sobre la ciudad de Los Ángeles y sobre el Hollywood de las mansiones, los estudios y los centros de reunión de las celebridades; un libro sobre Estados Unidos y sobre toda una época -comienzos de los años 70- marcada por la decepción y el vacío generados por la extinción del movimiento hippie y de la contracultura, por la corrupción y el “schock” político del escándalo Watergate y por la desesperación y la rebelión ante la sangría de la Guerra de Vietnam.

Fotograma de Chinatown.

Un libro sobre la extensión del uso de la cocaína y otras drogas fuertes y de una sexualidad más compulsiva que libre entre las élites culturales (no sólo), especialmente en Hollywood, y un libro sobre el abrupto y terrorífico final de una ilusión y de un sueño en buena parte propiciado, real y simbólicamente, por un acontecimiento desmesurado e inconcebible: el asesinato en 1969, por la “familia” de Charles Manson, de Sharon Tate y seis más de sus amigos y allegados en su casa de Cielo Drive, en Beverly Hills. Sharon Tate, esposa de Polanski (ausente por trabajo en Londres), estaba embarazada de más de ocho meses y recibió dieciséis puñaladas.

Un estado mental

Por ahí, y con todo detalle, empieza El gran adiós. Y no en balde. La matanza de Cielo Drive no sólo instauró el pánico durante años en Los Ángeles, donde se vivió como un cambio de época, sino que desquició y trastornó -también se cuenta con detalle- a Roman Polanski: el director torció la voluntad del indescriptible guionista Robert Towne para que Chinatown acabara horriblemente con la muerte de Evelyn Mullwray, el personaje interpretado por Faye Dunaway.

En ese momento y durante años, Polanski no pudo ver las cosas de otra manera: todo termina mal, las historias de amor terminan con la muerte del ser amado. No hay salida. Como no la había en el gueto judío de Varsovia cuando vio con sus propios ojos cómo los nazis se llevaban a su madre para asesinarla en Auschwitz y cómo desaparecía su padre ante su vista.

Polanski y Jack Nickolson durante el rodaje de Chinatown.

Para Polanski, Chinatown no es el barrio chino de Los Ángeles, que apenas se muestra en el filme. Chinatown y Chinatown son un “estado mental”, un territorio moral desolado, destrozado por la corrupción, el desorden ético y el crimen. El estado mental de una ciudad y de un país a la hora de encarar la vida: la política, los negocios, la familia, el sexo, el amor…Y poco se puede hacer como poco hace la policía en Chinatown: “lo mínimo posible”.

Una lección magistral

Recordemos muy someramente el argumento de Chinatown. Los Ángeles, 1937. El asunto se inspira en hechos reales. El detective privado Jake Gittes (Jack Nicholson), tras la visita de una clienta, se ve inmerso en una criminal y corrupta trama político-financiera que busca un pelotazo ilegal con el agua de la ciudad y su suministro. La compleja red delictiva no repara en asesinatos, desborda las investigaciones de Gittes y pone en peligro su vida. Más todavía cuando el detective llega hasta el responsable en la sombra de la mafiosa operación, el magnate Noah Cross (John Huston), y se involucra sentimentalmente con su hija, Evelyn, traumatizada por un tremendo y crucial secreto personal, que no recordaré aquí.

Tampoco me detendré en las ramas robustas de este prodigioso y arborescente artefacto literario que es El gran adiós: la narración al detalle del proceloso y muy accidentado proceso creativo de Chinatown, lo que lleva al asombroso y laberíntico trabajo de toma de decisiones artísticas, antes, durante y después del rodaje, por parte de Polanski (al frente siempre) y sus colaboradores principales, que desembocaron en la gran película que es Chinatown, y el constante cúmulo de incidencias -choques de criterios profesionales, egos, ambiciones, problemas, desorbitadas situaciones personales…- que en todo momento amenazaron el logro de la película.

Al respecto, sólo decir que los lectores cinéfilos recibirán con El gran adiós una magnífica y apasionante clase sobre cómo se hace una película importante y, tanto ellos como los lectores en general, se quedarán estremecidos al conocer minuciosamente el agónico y titánico esfuerzo, trufado de simas y trampas, que supone hacer una gran película con un numeroso y conflictivo equipo y al albur, cada día, de mil circunstancias que ponen en riesgo la disciplina y rigor que requiere un rodaje.

Cartel de Chinatown.

Esto último nos lleva -y volvemos a la “gran novela”- al modo literario en el que Sam Wasson relata la maraña de encrucijadas individuales que por entonces, y con los debidos antecedentes, atravesaban Polanski -antes de sus abusos a una menor, episodio también narrado-, Nicholson, Towne, Evans, Dunaway y todos los decisivos, brillantes y atormentados artífices de Chinatown.

Por ahí nos asomamos en butaca de primera fila al país, a la ciudad, a Hollywood, a los grandes estudios y a la época. Es un gran fresco, un gran relato dramático sin pizca de moralina: luchas y ambiciones de poder y de dinero, drogas, pastillas, alcohol, sexo desaforado y traumas familiares en un escenario social, político y psicológico tambaleante, aterrado, corrupto, descolocado y al borde, literalmente, de la locura. Gran reportaje y gran novela.

El principio del final

El gran adiós lleva por subtítulo Chinatown y el ocaso del viejo Hollywood. Y en ese subtítulo está la otra importante dimensión del libro de Sam Wasson, nacido y residente en Los Ángeles, profesor con estudios universitarios de cine, periodista habitual en las páginas de The New York Times y The New Yorker y autor de otra media docena de libros de cine -algunos, “best-seller”- que, lamentablemente, no se han editado en España. ¡Qué indigencia!

La otra dimensión de El gran adiós es el diagnóstico y la constatación del final no ya del “viejo Hollywood” -expresión equívoca-, sino del último intento de prolongar una gran tradición a base de modernizarla y renovarla. Robert Evans, al frente de Paramount, produjo Chinatown -y La semilla del diablo, El Padrino I y II, Serpico, La Conversación, El gran Gatsby..- y, después de ser desplazado y antes de volverse del todo tarumba, produjo también Marathon Man, Domingo sangriento…Igualmente, con su ojo clínico, y para hacer la caja que le permitiera desarrollar sus proyectos más personales, hizo Love Story, con y para su mujer de entonces, la actriz Ali MacGraw.

Sam Wasson, autor de El gran adiós.

Evans, cuyo prolongado final fue patético -lo cuenta Wasson-, fue el “último magnate” que, en conexión con algunos otros, impulsó el llamado Nuevo Cine Americano en la primera mitad de los años 70. El gran adiós es como un zoom a un punto concreto y en llamas del panorama que reflejó espléndidamente Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood (Anagrama), libro también indispensable.

Evans luchó por un cine renovador que diera toda la voz a los creadores, a los directores y a los guionistas, por un cine que -decía él y lo recoge Wasson- contara historias de mujeres y de hombres, historias de gente en un marco social real, estuvieran enclavadas en un género o en otro.

Hasta el día de hoy

Se acabó. En el último tramo de El gran adiós, Wasson cuenta cómo echaron a Evans de Paramount y cómo llegaron a Hollywood, procedentes de la banca, de los negocios y de las más grandes e impensables industrias, ejecutivos redomadamente ignorantes, sin la menor idea ni amor por el cine, que eligieron sus cartas para un exclusivo fin: la cuenta de resultados, ganar dinero.

El desenlace de ese ocaso del talento y de la renovación del Hollywood clásico, que Chinatown señalizó anticipadamente, lo tenemos delante desde hace décadas: casi no hay forma de ver una “película de hombres y mujeres reales” procedente de Hollywood.

Todo el desierto de la gran pantalla americana, que se extiende por el mundo entero, está ocupado -Wasson narra el inicio de la debacle- por fantasías para un público infantil, juvenil y familiar, cine de “blockbusters”, superhéroes, monstruos y efectos especiales, cine de remakes y sagas que certifica la incontrolable y nada imaginativa voluntad de explotar filones calculadora en mano y ordenador en ristre. Las excepciones existen, desde luego, pero en insignificante cantidad cada año.

El cine norteamericano más interesante empezó a desplazarse, primero, hacia las series de televisión y, después y a la vez, hacia la producción independiente -donde hay que distinguir con cuidado el gato de la liebre- y, en los últimos tiempos, hacia las plataformas. ¿Y dice usted que las salas de cine van a desaparecer?