"Se apagó la vida de un guerrero. Ha muerto Juan Marsé, el último de nuestros clásicos, luchador honesto y solitario, ninguneado durante décadas por el nacionalismo local. Adiós a un maestro y un amigo". Así se despedía el también novelista Pérez-Reverte de su querido y admirado Marsé, padre de Últimas tardes con Teresa, que ayer fallecía dejando un hueco imposible de suplantar. Con él mueren muchas cosas: los últimos coleteos de la generación del 50, un pensamiento que consistía en una honesta militancia contra todo y una bifurcación de clase en la mirada -una sabiduría profunda de las sensibilidades de los burgueses progres y de los pobres wannabes, sin maniqueísmos, con retratos crudos y complejos de cada uno de ellos-.

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Pero, además de la tristeza que Reverte experimenta por la pérdida de Marsé, también mostró un punto de rabia y de repugnancia por el rato que los políticos independentistas le habían dado al autor. Continuamente le recriminaban por escribir en castellano, le llamaban "botarate" -en forma de pintadas en sus libros en las bibliotecas públicas-, y, en general, le negaban, en vez de sentirse orgullosos de que un literato de ese calibre hubiese retratado con tanto ahínco su Barcelona. 

"Lo que ha sido miserable es el trato que han recibido Marsé y su obra en Cataluña, a pesar de sus cientos de miles de lectores, por parte de los políticos nacionalistas. Tener a Marsé vivo era un lujo. Lo que tenían que haber hecho es haber pasado por delante de su casa y pararse allí a saludarle. Y sin embargo esos políticos lo han procurado ocultar, ningunear y olvidar todo lo que han podido. Aún así no lo han conseguido", ha escrito Reverte.

"La obra de Marsé está por encima de todo eso. Permanece. Pero es bueno recordarlo ahora, porque muchos de ellos se apuntarán al elogio a escritor muerto. En vida no le dieron ni los homenajes, ni el respeto, ni el respaldo que tenían que haberle dado. Era el último de nuestros grandes escritores".

Lo cierto es que Marsé tampoco se quedaba callado contra el independentismo catalán: "Lo que se propone el Govern es rigurosamente incompatible con un Estado de Derecho. No necesito otro argumento para rechazar tal propuesta. Yo no soy nacionalista y todas las banderas me repugnan. Soy más bien provinciano, incluso comarcal. Soy pueblerino, digamos hortelano. Con el huerto me basta", alegaba. 

Y no tardaba en añadir: "La patria que me proponían el Honorable Pujol y señora, la que me proponen CIU y ERC con esos volatineros y sandungueros de la CUP, es una carroña sentimental empaquetada y distribuida por TV3 y Catalunya Radio, y yo no como de eso". Descanse en paz.