“Soy como el pan negro de cada día”, escribía. Coñac, cigarros, chocolatitos. A menudo, Wislawa Szymborska aparece en las fotos envuelta en la humareda de su propio tabaco -algo enigmática, algo escéptica-, como si fuera una especie de aparición, como si saliese de su propia tarta en un cumpleaños sorpresa, y en el fondo no dejaba de ser así: a pesar de la amargura de la joven que vivió la Segunda Guerra Mundial, que vio morir a novios y primos, que se dejó encandilar por la revolución y luego se arrepintió de sus dos primeros libros “panfletarios”, Wislawa era una autora celebratoria, irónica, divertidísima, suspicaz, una escritora feroz que nunca se dio mucha importancia a sí misma y volcó en los instantes -en los poemas- más cotidianos una parte inmensa de juego.

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La Nobel de 1996 fue una mujer terriblemente protectora de su vida privada: no quería resultar pornográfica. Ya de pequeña sólo le contaba todo a su muñeca de trapo -porque con esas “barbies horrorosas de ahora, ¿de qué se podría hablar? ¿De tonos de uñas?”-. Sudor y sangre costó membrarle la biografía -Trastos, recuerdos (Pre Textos), aun llena de preguntas, de sugerencias nunca conclusas, dejando ¡tanto! a la imaginación… Quizá porque siempre tuvo clarísimo que lo personal es político -como acostumbra a mantener la izquierda-, y sabía que, leyéndola con atención, no era tan complicado encontrar guiños sobre sus pasiones y sus dolores. Sobre su manera soberana de cambiar de idea, incluso estando irremediablemente anclada al mundo.

Lo escribía en Hijos de la época: “Somos hijos de nuestra época / y nuestra época es política. / Todos tus, mis, nuestros, vuestros / problemas diurnos, y los nocturnos / son problemas políticos. / Quieras o no, / tus genes tienen un pasado político (…) Cuanto dices produce una resonancia / cuanto callas implica una elocuencia / inevitablemente política. / Incluso al caminar por bosques y praderas / das pasos políticos / en terreno político (…) Los poemas apolíticos también son políticos”.

Decía que política era también la elección de las palabras, por eso huía de las “arcaicas”, de las “grandilocuentes”. Decía que la poesía supratemporal era “una ilusión idiota”, porque cada lenguaje deriva de forma exacta dónde nace uno y cuándo nace. Decía que a casi nadie le gusta la poesía: que, sin contar a los poetas, le gustará a dos de cada mil personas. Y de qué forma: “Les gusta, / como también les gusta la sopa de fideos / como les gustan los cumplidos y el color azul (…) Como les gusta salirse con la suya”.

Niña de la guerra

De la guerra, lo mejor que pudo decir siempre es que sobrevivió. Padeció el hambre y el frío, trabajó haciendo zanjas en la calle, esperó, y esperó, y esperó, pero un novio suyo dejó de escribir para siempre después de ser enviado a Vilna por el ejército: “Mi caído, mi convertido en polvo, mi tierra.../ y escucharemos juntos tu concha marina,/ y dentro el susurro de miles de orquestas,/ nuestra marcha nupcial”, le dedicó. Vio cómo las tropas soviéticas liberaban Auschwitz en el 45, y cómo los comunistas celebraban un recital de poesía para festejar el fin de la ocupación en Cracovia. Allí escuchará a Milozs, de quien acabará siendo enorme amiga. Y también conocerá a Adam Wlodek, su primer marido.

Más tarde -tras la poesía realista y proletaria, tras los homenajes a Stalin, tras el puño en alto y las loas- llega el deshielo, el desencanto. Llega a avergonzarse de sus primeros libros por las “acrobacias mentales” que fue capaz de hacer “para no saber lo que no quería saber”. Militó en el comunista Partido Obrero Unificado Polaco, y acabaría distanciándose hasta volverse crítica. Después, hasta volverse disidente. No obstante, aquí venimos a hablar de poemas de los que nunca renegó pero que escribió también en sus primeros veinte años, cuando el mundo aún podía ser nuevo.

Su 'nuevo' poemario: el primero

Canción negra, poemario recién publicado en castellano por Nórdica, recoge “los primeros poemas que escribió la poeta polaca, poemas de juventud que sorprenderán a muchos de los lectores por el abismo que los separa de la obra hasta este momento publicada en español”. Como apunta la nota de los editores, se trata de poemas muy apegados a la literatura de su país y a su realidad histórico-social. En Polonia a este libro lo han llamado “legendario”, porque está hecho a retazos de poemitas publicados en prensa, perdidos entre sí, y sólo una vez reunidos por el primer marido de la autora, sólo en forma de sorpresa de cumpleaños -los había ido recogiendo y mecanografiando para regalárselos-.

Aquí una Szymborska de 22 años, insegura y tímida, que veía continuamente “retocados” sus poemas en prensa: tanto era así que llegó a soltarles a los editores, punzantemente, si pensaban pagarle a ella, como le sucedió en Busco la palabra. Aunque estos poemas nunca la sonrojaron -quizá porque nunca los pensó como obra publicable conjuntamente-, es cierto que quizá estos versos, “tan alejados en su tono de toda su obra posterior, dejaran una importante impronta en ella, una impronta por negación”.

En este libro se escuchan los egos de la guerra, de las vanguardias, de los nuevos tiempos, de la ilusión por el futuro. Lo vemos en Por algo más: “Por algo más / que un sueño de fronteras / o el ruido de estandartes; / por su victoria de intrépido furor. / Por algo más / que un himno y su revancha / o el sentido de todos los destinos / por su venganza, que el odio, más veloz. / Por algo más / que su celebración (…) Por el humo de las rojas chimeneas / por el libro sacado sin temor / por un trozo de cielo despejado, luchamos”.

Contra la lengua "impotente"

También se refleja la búsqueda de voz propia, la búsqueda de la palabra exacta para asir el mundo: “Esa palabra debe ser como un volcán / ¡golpear, arrasar, arrancar de sopetón, / como la cólera terrible de dios, / como el odio en ebullición! / Quiero que esa sola palabra / esté empapada en sangre / que como los muros de un penal / acoja en su interior cualquier fosa común imaginada. / Que describa de forma fiel y clara / quiénes fueron ellos, qué hizo esa gente. / Porque lo que oigo / o lo que se escribe / resulta insuficiente (…)”.

Y viene el colofón final, desgarrador: “Impotente esta lengua, / repentinamente pobres sus sonidos. / Me desgano los sesos / buscando esa palabra: pero no lo consigo. / No lo consigo”. Wislawa escribe poemas crudos sobre la “cruzada de los niños” -los niños guerrilleros, los cadáveres de los niños, la primera vez que juegan a matar-, sobre las memorias de septiembre, sobre cuando “conocíamos el mundo al dedillo”: “Hubo un tiempo en que conocíamos el mundo al dedillo: / era tan pequeño que cabía en el cuenco de unas manos, / tan simple que era posible describirlo con una sonrisa, / tan corriente como el eco de viejas verdades en una oración”.

Habla sobre sus salidas del cine, cuando vuelve a chocar con la pena: “Y regreso a vosotros, a este mundo real / repleto de destino, de gentes y sombras, / vuelvo a ti, muchacho mutilado del portal / vuelvo a ti, muchacha de mirada algo vidriosa”. Escribe a los besos de un soldado desconocido: “Tan mordido por las balas / que lo humano me es ajeno / salvo el tiempo al que le falto / como un soplo, tiempo cálido, transcurro. La dicha del combate / más allá de mí”. A las mujeres que cosen banderas, a los pájaros, a los que persiguen y a los perseguidos: “El mundo está hecho de piedras. / Así que vivir una vida es apedrear”. También a los transportes de judíos. Al erotismo y a la angustia.

Son poemas reflectantes, politiquísimos, rabiosos, sin duda, panfletarios pero también hermosos. No obstante, a ratos comenzaba a verse grietas y se advertía, desde sus propias líneas: “Vosotros sois más torpes que vuestros poemas. / Tú te olvidarás de ti misma al levantar el vuelo”. Profecía autocumplida de una genia fumadora.