“La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones”. Lo escribió Juan José Arreola, escritor mexicano que murió en 2001, que nunca fue demasiado guapo, ni canónico, ni arrollador; pero quien, al cabo, sabía utilizar sus herramientas con suma inteligencia creativa para poner bajo su influjo a quien le viniese en gana. Dicen sus amantes, sus abusadas, sus víctimas, que era un hombre con una intuición exquisita para dominar sin que se notase jamás que estaba dominando. Juan José Arreola, -su familia ahora se ofusca si uno se refiere a él-, respetable durante décadas, ahora menos respetado: sabía volver débiles a las mujeres más jóvenes y más crédulas que le rodeaban y que le admiraban. Sabía aprovecharse de su brillantez, de su altura jerárquica, en ese punto donde lo elocuente de un tipo raya en lo maquiavélico. 

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Ha sido esta semana cuando la Cervantes Elena Poniatowska, con 87 años, se ha decidido a esbozar que su primer hijo fue fruto de una violación de Arreola, a quien en su día llamó “maestro”. Así lo dibuja, sin nombrarlo, en su último libro, El amante polaco, que en breve será editado en España: “Estoy sola. No sé qué es el amor. Lo que me ha sucedido. El catre, la amenaza, el ataque nada tiene que ver con lo que leí en los libros”. La autora tenía 14 años menos que él y lo conoció en unos talleres literarios a los que acudió recomendada por una compañera. 

Hoy relata Elena que la niña que fue le acercó unos textos periodísticos a los que Arreola no prestó la mínima atención. A cambio, le podio que le presentase una obra literaria, una pieza mucho más ambiciosa. Ella veía por sus ojos. Ella quería ser buena: ahora, en 2019, con la panorámica de su trayectoria y su valía, sabemos que consiguió serlo de forma independiente, autónoma, libre, sin volverse esclava de la mirada del mentor. Pero allá en esa época ella necesitaba de su aprobación. Cuenta que él se caracterizaba por su “discurso apantallador”, profundamente “seductor”.

Estaba casado. Tenía tres hijos. Su palabra iba a misa. “Yo no sabía lo que era un seductor y él lo era con sus alumnas. Lo sucedido lo terminaría con un abuso de un hombre adulto con una muchacha totalmente encandilada, que además salía de un convento de monjas y, es horrible decirlo, pero que no sabía lo que le estaba sucediendo”, confiesa la creadora en conversación con El País. 

Él no era así con todas las chavalitas: sólo con las hermosas. Él se aprovechó de ella -no sabemos si de alguna joven más- y la dejó embarazada de su primer hijo. Nunca lo conoció. Nunca le cuidó. Jamás volvió a ver a Elena y ella jamás le pidió nada: sólo se cartearon. La Cervantes guardó silencio durante más de seis décadas -la edad de su vástago- hasta que, en una suerte de expiación, de reconciliación con el pasado y con sus espinas, Poniatowska se ha decidido a sugerir su existencia en una novela en la que nunca le apuntala con su propio nombre. 

Lleva toda la vida con el secreto a cuestas, con la vergüenza a cuestas, desde que volvió a la residencia de monjas y las religiosas la miraban con desprecio, como a una mujer endemoniada que había tenido sexo con un hombre que no la reconocía. Ella dice que su educación, al ser tan católica, la ha hecho sentirse culpable de todo. Pero desde hace décadas hay otra baza que la equilibra: su poderosa conciencia feminista. Ahora entiende que no le debe nada. De hecho, no es la única mujer que se ha atrevido a señalar a Arreola como a un hombre de conducta sexualmente reprobable: la pianista Tita Valencia desveló este mismo año que la había maltratado psicológicamente. 

Lo describió como a un señor que siempre congregaba a un grupo de jóvenes lindas a su alrededor, que, al poco de coger confianza, se atrevía a agredirlas verbalmente, que era cruel y no obsceno, que era arrogante y poderoso, que dejó una estela de cadáveres emocionales en el camino. Valencia escribió una novela llamada Minotauromaquia, publicada en 1976, donde cosía con mucho cuidado sus heridas y hablaba sobre un monstruo sentimental -del que, como Elena, tampoco desveló su nombre-. Pero igualmente era él. Tanto daño le hizo que tuvo que quedase interna en un psiquiátrico durante un tiempo. Sólo se atrevió a aclarar quién era el hombre que la había devorado mucho tiempo después, cuando ya su terror había fallecido, y cuando había fallecido también su propio marido -por aquello del pudor y el autocastigo-.

Lo cierto es que Minotauromaquia fue su comienzo y su fin como autora, porque la crítica hegemónica -masculina, misógina- se le echó encima directamente. Ella cree que “en solidaridad con el auténtico Minotauro”. Él la usó, la ignoró, la serpenteó y además consiguió hacerla sentir a ella responsable del entuerto, tanto que la joven iría a buscarle, desesperada, a París, y le escribiría tétricas cartas: “Perdona esta indignación, perdona que a veces te odie, amor, y me rebele. Perdona que al filo de la madrugada, antes de que las palomas empiecen a descolgar bandadas de columpios invisibles de tejado a tejado, me pregunte qué hace tan desdeñable el dolor femenino y tan trascendente el masculino. Que en el hombre pase por historia lo que en la mujer pasa solo por histeria”.

Siempre se hizo hercúleo desacreditarle a el, cuestionarle a el, animal mitológico de la cultura y la intelectualidad mexicana. Arreola decía que “todos los hombres habían vivido la historia del mundo”, pero que se sentía obligado a hacer “mi traducción del ser, mi propia versión”. Decía que “una vez cumplidas las necesidades naturales, el hombre siente una especie de vacío que trata de colmar: de allí el origen de todas las diversiones, desde el simple juego hasta los más egregios frutos de la cultura”. Decía que no había tenido tiempo de “ejercer” la literatura pero que había dedicado “todas las horas posibles” a amarla. Decía muchas cosas, Arreola. 

Vivió 83 años y al cabo ya no le quedaban palabras: el vocabulario era lo único que tenía para jugar. Fue académico, fue editor, fue encuadernador, estudió teatro y Bellas Artes, colaboró con el mismísimo Juan Rulfo y hasta tuvo una obra cumbre, llamada Confabulario, con la que recibió el Premio Jalisco de Literatura. Siempre padeció depresiones y trastornos: el violador era un alma en pena, sus ansiedades desembocaban en úlceras. Es curioso su trato acerca de la mujer en su obra: habla de ella con frialdad, con tremendo desapego, comienza idealizándola hasta demonizarla y caricaturizarla, y acaba relacionándola con la “enajenación, el dolor y la muerte”, como señala el experto Julio Torri, quien, como otros críticos, también le ha tachado de “misógino”. 

Su prestigio tocó techo en 1979, cuando fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras. En 1992, con el premio Juan Rulfo. Con 15 años leyó a Baudelaire y a Whitman y le acompañaron toda la vida, hasta que le hundió su hidrocefalia, hasta que le enterraron su viuda oficial, Sara Sánchez, y sus tres hijos, Claudia, Orso y Fuensanta. La pianista Tita Valencia fue en silencio a su velorio. Elena jamás acudió.