Toda mitología esconde una relación con diferentes aspectos de la vida humana si se tiene en cuenta que los dioses ancestrales fueron creados a imagen y semejanza del ser humano. El amor, la ira o el sexo son fundamentales entre los mitos de las antiguas civilizaciones —solo cabe recordar cómo Cronos arrojó al mar los testículos de Urano, donde produjeron una espuma de la que nació Afrodita—. 

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Si uno analiza las creencias y rituales de Occidente encuentra numerosas similitudes. Decía el egiptólogo Carlos Blanco, quien es conocido por su participación en Crónicas Marcianas cuando apenas era más que un niño, que "los propios griegos se enorgullecían de tener un vínculo con la civilización egipcia". A su vez, el académico Martin Bernal sostenía que la verdadera cuna de la civilización no era Grecia, sino que los sumerios y los egipcios aportaron el conocimiento que los griegos transmitieron posteriormente a la actual Europa.

Lo cierto es que los egipcios formaron un sistema politeísta que aunaba tanto la religión como el poder político. Existían todo tipo de ceremonias y rituales para sostener el gobierno faraónico y su divinidad. De esta manera, los faraones homenajeaban anualmente al dios creador Atum, "el que existe por sí mismo". Este dios, el primero representado con cuerpo humano, fue el único que no nació a partir del poder de Ra.

Asi, el monarca egipcio acudía al río Nilo, símbolo de la abundancia para la civilización norafricana, y se masturbaba a orillas del río, asegurándose que su semen corriera por el agua del Nilo. Posteriormente, los asistentes procedían a emular al faraón.

El motivo de esta extraña práctica se debe a la propia historia de Atum. La deidad creó, a través de su eyaculación, a Tefnut y a su hermano Shu, los primeros en poblar la tierra que posteriormente sería habitada por el antiguo pueblo egipcio.