Phoebe Waller Bridge se lo ha llevado todo en los Emmy: Mejor actriz, guion, dirección y serie cómica. En una noche donde parecía que sólo iba a brillar Juego de Tronos -que lo necesitaba para su despedida poética por la puerta grande-, Fleabag puso los ovarios sobre la mesa, aunque en otra categoría.

Nadie lo vio venir, a pesar de lo rápido que se ha convertido en una ficción de culto. A pesar de lo velozmente que ha encandilado a unos y a otras con una protagonista complejísima, ególatra, divertida, espontánea, aguda y metepatas; una joven a la que se podría odiar pero se adora con la misma devoción que a una amiga muy querida, y por la misma razón: porque se la comprende en cada uno de sus tropezones.

Una mujer a simple vista feliz, desprejuiciada, libre y hasta cínica que, en el fondo, guarda dentro infinitas grietas, pequeños pánicos, un trauma reciente -la muerte de su mejor amiga- y desazones no confesadas, además de una relación bien tóxica con su familia.

Fleabag, con todo, está sola: somos nosotros quienes la acompañamos en sus pensamientos y en sus dolores -poco a poco revelados-, en sus coñas y en sus polvos, en su escepticismo y sus terroríficas comidas consanguíneas. También ella nos ha dado mucho. Y lo ha hecho por tres razones fundamentales. En primer lugar, por ser un personaje antipático -y con ello, carismático- en la era de la corrección y la aparente perfección. Ser una anti-influencer. Una mujer que no juega a ser especialmente heroica, ni especialmente bella, ni especialmente impecable en sus acciones. Una mujer radicalmente verdadera, llena de abismos, de deseos, de matices.

Mala feminista

En segundo lugar, por ser un personaje feminista sin ser gregario, sin ser panfletario, sin ser dogmático. Waller-Bridge ya expresó que quería crear a una mujer que viviese según los ideales feministas, pero que también, obviamente, tenía “malos pensamientos” y hacía cosas disruptivas para “no alinearse siempre con el mensaje”. Es un feminismo entendido en sentido amplio y humano. Es un feminismo del aprendizaje y no del autoritarismo. “Muchas mujeres, y probablemente también algunos hombres, sienten que podrían caer en la trampa de ser malos feministas: un mal feminista es quien siente que no cumple todos los requisitos para ser una feminista perfecta o una buena portavoz para la causa”, relató.

Un ejemplo: el padre de Fleabag les regalaba a su hermana y a ella pases para conferencias feministas. En una de esas charlas, la profesora lanzó una cuestión. “Levanten la mano si cambiarían cinco años de su vida por conseguir el llamado ‘cuerpo perfecto’”. Nadie levantó la mano en la sala, nadie. Sólo Fleabag y Claire. La primera le dijo a la segunda: “Somos malas feministas”.

Sexo desprejuiciado

Una tercera razón, y, no obstante, la más importante: porque Fleabag habla de sexo como hasta ahora sólo hablaban los hombres. No únicamente con naturalidad, sino a veces con exageración. Con obsesión. Tiene muy presente la concepción del autoplacer: “Me masturbo mucho estos días. Especialmente, cuando estoy aburrida. O enfadada. O molesta. O feliz”. Fleabag se masturba como una descosida, como siempre supusimos que hacían los varones: jamás se planteó que las chicas también tuviesen devociones hacia su onanismo. Se masturba hasta contemplando a Obama. Bromea con el tamaño de su vagina, como cuando se encuentra a un chaval con el que anda quedando mientras compra támpax y en lugar de hacerse con los regulares, paga los súper. Para impresionarle.

Fleabag.

Fotografía su propia vagina y envía las imágenes a varios hombres. Accede a practicar sexo anal con un tipo que casi se arrodilla cuando ella acepta: por fin, dice, nunca le habían dejado, le estará eternamente agradecido. “No estoy obsesionada con el sexo, simplemente no puedo dejar de pensar en eso. En la performance de todo esto. En su incomodidad. En su drama. En el momento en el que te das cuenta de que alguien quiere tu cuerpo”, esboza. Pero acabará entendiendo que la mayor parte de su vida la ha dedicado a instrumentalizar el erotismo “para desviarme del vacío que había dentro de mi corazón”.

Amor y fe 

El verdadero drama, la verdadera incomodidad y la verdadera performance -lo entiende después- era el amor. Recuerden este monólogo devastador que enuncia el personaje del cura en la última temporada: “El amor es horrible. Horrible. Es doloroso. Da miedo. Dudas de ti, te juzgas, te alejas de los demás, que también son tu vida. Te vuelves egoísta. Te vuelves difícil. Te obsesionas con tu pelo. Te vuelves cruel. Dices y haces cosas que antes eran impensables. Cuánto lo deseamos y qué infierno es cuando lo tenemos. No, no me sorprende nada que es algo que no queramos hacer solos”.

Y sigue: “Si nacemos con amor, vivir es encontrarle el sitio que le corresponde. Eso es lo que me enseñaron. La gente habla de eso, habla mucho de eso, de sentirse bien. Cuando te sientes bien, todo parece fácil. Pero yo no estoy tan seguro. Se necesita mucho valor para saber qué está bien. El amor no es algo con lo que se atrevan los débiles. Es increíble cuánta esperanza se necesita para ser un romántico. Así que creo que lo que quieren decir los que hablan de esto es… que cuando encuentras el amor, lo que estás sintiendo es eso. Esperanza”.

Quizás sea este el gran bonus track, la cuarta razón por la que resulta hasta contracultural que Fleabag haya arrasado: por la reflexión oscura, profunda e ingrata que hace sobre el amor justo en los tiempos del cuerpo, justo en los tiempos del sexo. En la era de la promiscuidad, de las relaciones múltiples, de los romances abiertos. En los años modernos vuelve, porque nunca se fue, a pesar de los discursos rupturistas. Todo era amor. Y era muy parecido -ahora resulta hasta conservador deslizarlo- muy similar a la fe.