Portada de La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal, de Barbijaputa.

Portada de La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal, de Barbijaputa.

Cultura El feminismo anónimo

Barbijaputa da una charla sobre la visibilización de la mujer (con la cara tapada)

La tuitera que reparte carnets de feminismo aseguró en su conferencia que ahora vive de sus artículos y libros, pero que se mantiene en el anonimato para, "el día de mañana", volver al mercado laboral sin sobresaltos. La causa feminista es importante, pero el dinero más. 

En The Young Pope, la serie de Sorrentino protagonizada por Jude Law, el Papa Pío XIII rechaza la campaña de márketing del Vaticano para elaborar él mismo su propia publicidad: su truco es no enseñar la cara, crear una sombra espectral sobre su persona, su divinidad. Como lo hizo Salinger. Como Kubrick. Como Banksy. Decía que los artistas más importantes -no los mejores- siempre han protegido su identidad. “El Vaticano sobrevive gracias a la hipérbole”, sonreía, pero la hipérbole tiene mucho de farsa. 

Una performance de estas características protagonizó ayer en el Teatro Español la tuitera, articulista y ¿activista? Barbijaputa en una mesa de debate llamada La invisibilidad de las mujeres. El reparto era de excepción. Contaba con nombres como Cristina Almeida, Jon Sistiaga (Tabú), María Guerra (La Script) o Antoinette Torres Soler (fundadora de Afroféminas). La propia Barbijaputa también estaría, pero sin rostro. 

Todos los ponentes, excepto la célebre tuitera, ocuparon sus sillones con dignidad, mostrando su cara, firmando con los ojos su discurso e implicándose sin mojigaterías, con nombres y apellidos, en la causa de la visibilización de la mujer. Hablaron de la brecha salarial, de que las mujeres viven profesionalmente un ciclo muy corto -de los 18 a los 34 años-, de que 2017 ha sido un año fundamental para el movimiento feminista -por la unión contra Trump, contra La Manada, contra Weinstein y sus acólitos-, del sesgo de género que se da en los departamentos de Recursos Humanos de las empresas a la hora de aceptar un currículum y de cómo esta discriminación se elimina cuando hay verdadera meritocracia, como en el caso de las oposiciones a judicatura -donde la mayoría son mujeres, pero no están representadas en los grandes órganos-. María Guerra se refirió al machismo condicionado por el clasismo y Antoinette Torres Soler aseguró que la primera discriminación que ella sufría era por racismo, y, después, por machismo. 

Los asistentes esperaban con cierto morbo la aparición estelar de Barbijaputa, preocupada siempre en salvaguardar su anonimato. ¿Se pondría una media en la cara; un pasamontañas?

Los asistentes esperaban con cierto morbo la aparición estelar de Barbijaputa, preocupada siempre en salvaguardar su anonimato. ¿Se pondría una media en la cara; un pasamontañas? ¿Aparecería en una pantalla, como Rajoy, pero con la cara pixelada, como un menor? -Qué difícil a veces encarar lo que significa ser adulto y hacerte responsable de tu identidad y tu discurso-. ¿Hablaría sentada de espaldas al público para ser irreconocible, como un testigo protegido? ¿Se expresaría por videoconferencia desde algún país al que haya pedido asilo político, como Snowden? O quizás surgiese entre los telones del teatro escoltada por tres policías del Gobierno italiano, como Roberto Saviano.

La realidad siempre es más decepcionante: Barbijaputa volvió a no correr ningún riesgo y, de repente, avanzado ya el debate, su voz surgió de los altavoces como la de Dios dando un speech celeste, arreglando las movidas terrenales con tres recursos hinchados y superficiales, pero, eso sí, sin bajar al barro a mancharse, sin enfrentarse al problema. La escena iba a reventar de modernidad en cualquier momento: una popular tuitera dando una charla por la visibilización de las mujeres en el Teatro Real, pero sin dar la cara. Qué paradoja artística. Marina Abramovic, desde alguna parte, debía estar tomando nota.

Soy feminista, pero lo primero es el dinero

La ponente invisible era, al menos, consciente de aquella ridiculez, así que dedicó su intervención a justificarse, a hablar de sí misma, olvidando que el feminismo es un movimiento social. “También hay mujeres que se invisibilizan a sí mismas por las represalias de los hombres. Yo lo hago por las amenazas que recibo”, lanzó. “En un principio, era auxiliar de vuelo y me creé este perfil para quejarme del mundo de la aviación, que es muy de derechas, homófobo y machista, y yo, que soy una rojeras, me abrí un blog para despotricar a gusto sin que mi jefe pudiese leer mi nombre y padecer represalias. Este anonimato me sirvió para poder hablar de feminismo sin que me persiguieran por la calle”. Silencio incomodísimo. Caras de estupor entre los ponentes y el público. ¿No estamos todos aquí hablando de feminismo, y asumiendo el riesgo, si es que existe, de que nos persigan por la calle?

Vivo de escribir novelas o artículos, me voy manteniendo. Pero el día de mañana, yo tengo que volver al mundo laboral del que salí hace dos años, y hacer procesos de selección

Barbijaputa repuso: “Sé que en la calle no me harían gran cosa, pero para mí, ir con una amiga y que me digan ‘feminazi’ o algo así y nos corten el rollo, no me merece la pena”. Pero aquí llegó el quid del asunto: “Vivo de escribir novelas o artículos, me voy manteniendo. Pero el día de mañana, yo tengo que volver al mundo laboral del que salí hace dos años, y hacer procesos de selección, y sufrir esto que hacen los de Recursos Humanos de googlear tu nombre y que sepan que he escrito sobre feminismo, y que me pregunten: ¿lo del feminismo es verdad o es parodia; tú de verdad piensas que los hombres somos…? Es muy triste que haya mujeres que tengamos que escribir con pseudónimo para evitar represalias de cualquier tipo”. Ahí Barbijaputa como las hermanas Brontë, como Jane Austen, como Mary Ann Evans, retrocediendo un par de siglos y escupiendo en la lucha de tantas feministas que se dejaron la vida para que hoy las mujeres sí podamos firmar lo que escribimos -aunque moleste-. 

“Yo no puedo hacer presentaciones de mi libro. Es arriesgarme, sería poner mucha carne en el asador, de momento… pero lo mismo el día de mañana lo mando a la mierda todo, con perdón. Mi experiencia con el feminismo ha sido bestial, tengo muchos seguidores y mucha exposición, y me llegan amenazas de todos los colores, de ‘te voy a matar’, de un vídeo con un cuchillo…”. 

Ejemplos desde el anonimato

Contra su victimismo, la fortaleza discursiva de María Guerra: “Yo soy periodista de cine, y respeto mucho a las actrices y a las mujeres que dan su cara; igual que a muchas periodistas nos llaman ‘feminazis’ en nuestras redacciones. Es importante dar la cara. Hay libertad de expresión suficiente. Aquí hay gente que ha llevado escoltas, ¿sabes?, hay gente a la que han matado en País Vasco, y aún así hay muchas mujeres que dan la cara con esta causa”, expresó. “Yo también tengo miedo, porque soy una feminazi en mi redacción, pero me parece un poco show lo que nos estás haciendo, cuando además tu vida laboral es ser azafata. Para las periodistas esto es nuestra vida laboral. No me parece que estés dando un gran ejemplo desde el anonimato, y más cuando hay casi 50 asesinadas este año, cuando a otras les pegan… no me parece que estés corriendo un riesgo anormal”.

No puedes dar clases de feminismo cuando las periodistas están en una situación de precariedad impresionante, algunas ganan 300 euros y no se esconden en Twitter

Barbijaputa aseguró, entre lamentos, que esas periodistas “son conocidas por su trabajo”, pero que ella escribe “artículos feministas odiados por el 90% de la sociedad”: “Me intentan hackear las redes sociales y el correo todos los días… sé que en América Latina hay periodistas que cuando dicen ‘nos queremos vivas’, las matan… pero yo no tengo que arriesgarme a vivir situaciones de estrés cuando tengo la oportunidad de seguir en el anonimato”. Guerra respondió: “No puedes dar clases de feminismo cuando las periodistas están en una situación de precariedad impresionante, algunas ganan 300 euros y no se esconden en Twitter. Y las actrices, y toda la gente que da la cara recibe insultos todos los días. Yo no quiero héroes anónimos, quiero gente con su cara y con su nombre. No tienes un gran riesgo en la vida. Tienes el que tenemos todos aquí”.

Cristina Almeida defendió a Barbijaputa asegurando que lo importante era su mensaje y no su identidad. Rosa María Mateo, que presentaba la mesa, dijo que había que respetar todas las opiniones. Luego recordó cuando la amenazaron con mandarle la cabeza de su hijo en un sobre. La diferencia entre Barbijaputa y ella es que Mateo lo contó bajo el foco y elevando los ojos, como una profesional valiente y cansada.