Samuel L. Jackson se come un Big Mac en Pulp Fiction.

Poco a poco, entre portadas y obituarios, se va yendo el siglo XX. Fidel Castro, Umberto Eco, Chus Lampreave, David Bowie, John Nash, Günter Grass, Leonard Cohen... Cien años que se van como esas manos desesperadas que se desprenden lentamente de una cornisa, dedo a dedo, mientras la gravedad las vence desde el suelo.

Aferrado todavía al borde del nuevo milenio, termina de marcharse un siglo que ha sido, sobre todo, sus símbolos. Ha sido una huella en la superficie de la luna. Ha sido un hongo de humo y polvo sobre Nagasaki. Ha sido la lengua burlona de Einstein. Las faldas al vuelo de Marilyn. El zapato guisado de Chaplin. Ha sido una esvástica, ha sido un muro y ha sido Churchill y Roosevelt y Stalin sentados en un banco en Yalta. Ha sido el león de la Metro-Goldwyn-Mayer. Y el color rojo de Coca-Cola. Y un simpático fontanero con bigote rescatando para siempre a una princesa entre las tuberías de una Nintendo.

Pero además, el siglo de la evolución tecnológica, de los totalitarismos, el de las guerras estrepitosas y las guerras silenciosas, el de las vanguardias y la emigración, ha sido también una hamburguesa. La hamburguesa más famosa del mundo. Si un símbolo debe decir algo sobre nosotros, éste lo dice todo. El estrés, la velocidad, la mercadotecnia, la occidentalización, el hedonismo, la pasión y el consumismo de las últimas décadas perfectamente resumidos en un eslogan blandito y comestible: “Dos de carne, salsa especial, lechuga, pepinillo, cebolla, queso y pan”.

Pocas cosas nos representan tan bien como el culto a la Big Mac. Todo un indicador social servido con patatas fritas, ketchup y un refresco con hielo. Se puede saber bastante sobre la personalidad de un país repasando los menús de sus restaurantes McDonald’s. Hace algún tiempo, un amigo polaco me comentaba lo mucho que le había sorprendido que en España pudiese acompañar su Big Mac con una cerveza. Cada vez que viajo a Portugal me maravilla comprobar que, entre los complementos de más éxito, junto a los nuggets y las alitas de pollo, se encuentran hasta cinco tipos distintos de sopas, cremas y caldos. Es imposible entrar en un McDonald’s portugués y no ver a la mitad de los clientes sorbiendo, por ejemplo, una crema de guisantes.

En esta idea de la Big Mac como reflejo idiosincrásico abunda Quentin Tarantino en Pulp Fiction, durante la conversación que Vincent y Jules mantienen en el coche sobre las pequeñas grandes diferencias entre Europa y Estados Unidos:

—(...) Y en París puedes pedir cerveza en el McDonald's. ¿Y sabes cómo llaman al cuarto de libra con queso en París?

—¿No lo llaman cuarto de libra con queso?

—Utilizan el sistema métrico, no sabrían qué coño es un cuarto de libra.

—¿Pues cómo lo llaman?

—Lo llaman una "Royale con queso".

—”Royale con queso”.

—Sí, eso es.

—¿Y cómo llaman al Big Mac?

—Un Big Mac es un Big Mac, pero lo llaman "Le Big Mac".

—"Le Big Mac" (risas).

—(...) ¿Y qué le ponen a las patatas fritas en Holanda en vez de ketchup?

—¿Qué?

—Mayonesa.

—Puaj, joder.

—Les vi hacerlo, macho; las bañan en esa mierda.

El valor de la Big Mac como referente sociológico es tan alto que incluso el semanario británico The Economist publica desde 1986 un instrumento estadístico que permite medir la paridad del poder adquisitivo entre diferentes divisas tomando como referencia el precio de la conocida hamburguesa. Se denomina Índice Big Mac (Big Mac Index) y opera comparando cuántas hamburguesas Big Mac se pueden comprar en distintos países por una cantidad determinada de dólares. Así, según el Índice Big Mac de 2016, 50 dólares nos permitirían comprar, por ejemplo, siete hamburguesas Big Mac en Suiza y once en Francia, pero la cantidad asciende a veinticuatro en el caso de Taiwán y ni más ni menos que a ochenta y tres en Venezuela, donde, como revela el índice, cincuenta dólares americanos es lo que, en lenguaje técnico, se conoce como un pastizal.

El príncipe de Zamunda parodiaba a McDonald's con su marca McDowell's.

El responsable de que el mundo conozca la Big Mac se llamaba Jim Delligatti y acaba de fallecer a la edad de 98 años. Supongo que a veces el siglo XX también se aleja en silencio, sin portadas ni obituarios. En 1968, veintiocho años después de la apertura del primer restaurante McDonald’s -una simple parrilla de carretera en la Ruta 66-, Delligatti, gerente de una de las franquicias, tuvo una sencilla pero brillante idea. Si el éxito de McDonald’s se debía a su producto estrella, es decir, un filete de carne picada con queso y ensalada entre dos rebanadas de pan, para conseguir el doble de éxito bastaría con ofrecer el doble de producto: en lugar de un filete de carne, las hamburguesas de Delligati llevarían dos.

Lo cierto es que el resultado era sorprendentemente similar al de las hamburguesas que comercializaba la cadena rival, Big Boy, pero qué sería de una gran idea sin su correspondiente acusación de plagio. Delligatti pasó a dirigir cuarenta y siete franquicias de McDonald’s y la cadena incorporó la Big Mac a los menús de sus restaurantes en todo el mundo. Lo que incluye las hamburguesas de carne de camello, es decir, las Big Mac de la India. O las Big Mac ‘Halal’ de algunos países musulmanes.

Jim Delligatti ha muerto cinco décadas después de crear la Big Mac y con él se marcha otro pedacito más del siglo XX. Como se marchó con Bowie, con Eco o con Nash

Sus ingredientes permanecen invariables desde 1968. Doscientos gramos de carne, una loncha de queso cheddar, salsa secreta -uno de sus botes, de apenas 500ml, se subastó en 2015 en Ebay por más de 15.000€-, lechuga, cebolla, pepinillo y toneladas de marketing. Camiones y camiones de concentrado de marketing. Porque McDonald’s, como tantas otras marcas, no solo vende un producto. Vende toda una idea. Te vende a ti, que eres todos los demás, entrando en uno de sus establecimientos, pidiendo una Big Mac, sentándote con tu hamburguesa en un cálido rinconcito junto a una ventana y formando parte de un mundo afortunado en el que, a pesar de todo, siempre te quedará McDonald’s. Vende la imagen de un siglo entero.

Jim Delligatti ha muerto cinco décadas después de crear la Big Mac y con él se marcha otro pedacito más del siglo XX. Como se marchó con Bowie, con Eco o con Nash. Del primero nos quedan sus discos, como el genial Hunky Dory o el sorprendente Young Americans. Del segundo nos quedan sus ensayos sobre semiótica y lingüística así como novelas gigantes e inevitables como El péndulo de Foucault. Del tercero, sus postulados sobre equilibrio en teoría de juegos y su contribución a la investigación operacional. Y de Delligatti nos queda una hamburguesa. Una que no se parece a lo prometido en los anuncios ni atesora la moderación entre sus virtudes nutricionales. La favorita de todo el mundo. Placentera pero exagerada y un tanto desilusionante. Qué mejor alegoría para el siglo pasado.