Barcelona

No era la primera vez que el Banc Expropiat estaba en el ojo del huracán, pero sí la más espectacular. A finales de mayo y principios de junio, la antigua sede de Caixa Tarragona, ocupada desde 2011, fue el centro de cargas policiales y disturbios callejeros después de que se ordenara su desalojo. Desde entonces, se suceden los intentos de reocupación del Banc y los posteriores desalojos por parte de los Mossos d'Esquadra con episodios que han copado los medios.

Pero no era la primera noticia sobre el Banc Expropiat. Aunque tenía orden de desalojo desde 2015, el exalcalde de Barcelona Xavier Trias había optado por pagar en secreto el alquiler al propietario durante un año para evitar el conflicto antes de las elecciones, ante el estupor de sus ocupantes. Quedaba todavía muy cerca el recuerdo del centro autogestionado de Can Vies en Sants, que tras la orden de demolición, supuso un dolor de cabeza más que considerable para Trias: el intento de derribo se saldó con el repudio popular a la acción municipal y el ataque a las sedes de CiU.

Los Mossos hacen un butrón en el Banc Expropiat de Gràcia. EFE

Pero Gràcia no es Sants y el Banc Expropiat no es Can Vies: para empezar, el Banc es reclamado ahora por su propietario, un inversor particular del sector inmobiliario que, según los datos de Indymedia, posee un entramado de inmobiliarias sin actividad. Por otro lado, el vecindario de Gràcia ha mantenido una actitud mucho más ambivalente con las protestas por el desalojo: los ánimos en 2016 están más calmados, el voto en Gràcia a CiU es más alto que en Sants (un 21% frente a un 18%), la renta familiar es un 20% superior y también en Gràcia el sector terciario tiene más peso que en el barrio de Sants, de tradición obrera.

La psicogeografía de un barrio rebelde

Desde hace unos años, la ficción televisiva catalana refleja un habitante de Gràcia como espejo de las tendencias y el ocio nocturno. Gràcia ha sido el escenario de los programas televisivos Arròs Covat de Juanjo Saez y Pop Ràpid, de Marc Crehuet, en las que se muestra a jóvenes medianamente cultos, treintateenagers dedicados a la diversión y las problemáticas propias de la clase media liberal. Gafapastas, catalanohablantes y amantes de los últimos hits locales -New Raemon, Manos de Topo o Love of Lesbian, que en muchas ocasiones aparecen tocando en vivo en los platós-, la música se convierte en epicentro de una nueva manera de entender el barrio, que aparece en todas las guías extranjeras como el barrio “hipster” e “irreverente” de la ciudad.

Pero la mutación de Gràcia en un barrio moderno en la que viven parejas jóvenes con poder adquisitivo es relativamente reciente. La actividad cultural está históricamente ligada desde antes de la Transición a los movimientos anarquistas y de insumisión. Desde el centro social autogestionado de Kasa de la Muntanya al Ateneu Popular de Vallcarca, el distrito de Gràcia mantenía una historia de barrio ligada al fértil movimiento okupa barcelonés que se relacionaba directamente con la cultura del distrito.

Nuevo hostal para hipsters en Gràcia.

Banc Expropiat forma parte de una serie de puntos neurálgicos del barrio que explican su situación actual. El espacio albergaba a distintos colectivos asamblearios -como la Assemblea de la Vila de Gràcia, el grupo Xaingra y su mercado de intercambio- y charlas vecinales. Había asesoría de vivienda, biblioteca y un espacio para recogida de ropa. Además, contaba con un grupo de lactancia y maternidad de actividad continuada de la que formaban parte algunos miembros de la desaparecida asociación cultural Albricias.

“Desaparecido” es un adjetivo común en la historia contemporánea del distrito. Albricias, que se ubicaba en la calle Topazi, funcionó hasta 2009 como centro cultural con proyecciones de documentales, conciertos de pequeño formato y recitales poéticos. Era también el espacio habitual de socialización de grupos de punk, hardcore y la escena experimental como Mil Pesetas, Surfing Sirles o Entartete Kunst. Ninguno de ellos se mantiene en activo.

Gràcia era un barrio mucho más diverso, menos homogéneo racialmente e intelectualmente, mucho más parecido a otros barrios obreros como Sants. A la ciudad se la cargó el PSC

Martí Sales, uno de los integrantes de Surfing Sirles y autor del libro Ara és el moment (Ahora es el momento), una reivindicación a la explosión del indie catalán de los últimos años, relaciona el final de un “barrio borroka”, como él lo denomina, con la ciudad postolímpica. “Gràcia era un barrio mucho más diverso, menos homogéneo racialmente e intelectualmente, mucho más parecido a otros barrios obreros como Sants”, explica. “A la ciudad se la cargó el PSC, y eso incluye el barrio de Gràcia”.

La actividad poética de Sales proviene, en parte, de su relación con el bar y asociación cultural Heliogàbal. El espacio, conocido en los últimos años por sus conciertos de indie local -y no tan local- ha albergado durante años recitales de poesía catalana y sus tentáculos en la música experimental. El Heliogàbal fue antes reducto disidente del underground y durante los años noventa la sede del poeta Enric Cassasses y los músicos Pascal Comelade y Pau Riba, entre muchos otros.

En aquella época, previa al endurecimiento de las normativas municipales, se mezclaba la música experimental de la mano de Victor Nubla -líder de Macromassa y organizador del festival Gràcia Territori Sonor- con espacios de ocio y cultura cuyo desprecio por los horarios era conocido y extrañamente respetado. Algunos de los locales que poblaban la zona eran Punto Ciego, Rick's o La Reina de África, ya en la vecina Vallcarca. Todos eran punto de encuentro de bandas locales.

Todas las asociaciones culturales que no pudieron obtener licencia de bar se vieron afectadas. No fue un tema de programación, sino de horarios, pero supuso un golpe enorme para la contracultura

Miquel Cabal, antiguo integrante de Mil Pesetas y Entartete Kunst y actual director adjunto del Heliogàbal reconoce el barrido municipal de todos esos locales y otros más. “Todas las asociaciones culturales que no pudieron obtener licencia de bar se vieron afectadas. No fue un tema de programación, sino de horarios, pero supuso un golpe enorme para la contracultura”, explica. Además de los ya mencionados, espacios autogestionados como Les Naus -que contaba con sala de ensayos y centro de espectáculos- o El Monstre de Banyoles son ahora pisos de alto standing. Incluso la sala KGB, un mito de la escena cultural durante los ochenta, ha desmontado su escenario y ya no programa conciertos.

El rodillo inmobiliario y la normativa

La presión inmobiliaria, el cambio en normativa municipal con respecto al ocio -que limitó considerablemente los horarios nocturnos en 2005- y una mayor vigilancia por parte de la Guardia Urbana supuso para el barrio la desaparición de muchos lugares emblemáticos. En la actualidad el distrito no concede más licencias de bar en un espacio saturado por la oferta y muchos de aquellas antiguas sedes de cultura underground han cerrado o mutado en espacios de gastronomía, sin más.

La Kasa de la Muntanya. CC

El aumento del precio del suelo en el barrio coincide con la asfixia de esos locales. En 2007, cuando comprar un piso en Gràcia rondaba los 4.900 euros el metro cuadrado -en la actualidad la media es es de 3.600 euros-, la cuerda comenzó a tensarse. El inicio de la hipsterización de la zona coincide con la expulsión de la población envejecida y la aparición de los “hostels” para extranjeros con alto poder adquisitivo. Los últimos dos albergues construidos en Gràcia, Generator y BCN sport, suman 1.100 camas. En 2013, había 800 pisos turísticos con licencia y muchos más sin. Desde entonces es común encontrar pintadas por el barrio con el lema “Tourists go home" o su variante “Tourists go home, refugees you are welcome”, pidiendo la expulsión de los turistas y la acogida de refugiados.

Cabal ve una relación directa entre el cambio en la ciudad, la presión inmobiliaria y la situación musical del barrio. “Los grupos que no tocan en un escenario patrocinado por una marca no tienen dónde tocar. No hay salas de pequeño y mediano formato. Quizás alguno de jazz, pero poco más. Hace diez años en el Heliogàbal la mitad de la programación eran grupos locales, incluso del propio distrito, y ahora eso es una excepción”, concluye.

Los grupos que no tocan en un escenario patrocinado por una marca no tienen dónde tocar. No hay salas de pequeño y mediano formato

De todos los espacios, mencionados únicamente el Heliogàbal resiste, ya transformado en nodo cultural de prestigio, con el premio Ciutat de Barcelona en su haber. El bar en la actualidad permanece cerrado, en teoría para acometer las reformas y adecuarlo a nueva la normativa municipal que permite música en los bares. El comunicado del establecimiento anunciaba que podía tratarse de un proceso “arduo” y “lleno de incertidumbre”.

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