Las grandes empresas culturales en nuestro país nunca han partido del Estado, sino de personalidades empeñadas en modernizar y europeizar el país. Aquellas gentes emplearon su fortuna y su tiempo en divulgar las mejores letras, las ideas más relevantes y actuales, las críticas más lacerantes y racionales para un público reducido pero muy combativo. Surgieron esas personas, además, en momentos complicados de la historia, como las Cortes de Cádiz, el inicio del régimen constitucional, la revolución de 1868, o el Desastre del 98. Uno de esos personajes hoy imprescindibles fue el catalán José Lázaro Galdiano y su revista La España Moderna, una publicación que según escribió Miguel de Unamuno en 1909 fue la “más amplia, más comprensiva, más hondamente liberal” y el “monumento más sólido a la cultura española en los últimos veinte años”.

José Lázaro Galdiano llegó a Madrid a finales de 1888. Tenía el propósito de crear una revista que impulsara el desarrollo intelectual de España. Estaba deslumbrado por la Revue de deux mondes porque era la “suma intelectual de la edad contemporánea”, como escribió en la portada del primer número de La España Moderna. En seguida se dio cuenta de que necesitaba a alguien que conociera personalmente a los grandes escritores del país para contratarlos, y para eso echó mano de Emilia Pardo Bazán. El éxito de la publicación dependía de encontrar el equilibrio entre la erudición y lo popular. Así se lo dijo doña Emilia: "Yo le he dicho a nuestro amigo Lázaro que el público español tiene que ser como aquel chiquillo enfermo del que habla el poeta italiano… o sea para que se trague una revista tan seria y docta hay que darle alguna sección ligera (siempre literaria) con algo de noticierismo".

Portada de La España Moderna

La España Moderna apareció en enero de 1889, con una periodicidad mensual, superando las doscientas páginas, sobre temas tan variados como economía, sociología, psicología, historia, crítica literaria, derecho, arte, o criminalística. En el primer año consiguió reunir a Juan Valera, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo, Galdós, Palacio Valdés, Echegaray, Castelar, Cánovas, Francisco Silvela, y Pi y Margall, entre otros, y la nómina se amplió notablemente. Además, quiso dar a conocer autores extranjeros hasta entonces desconocidos en España por falta de traducciones, como Dostoievsky, Tolstói, Balzac, Daudet, Flaubert, Gorki, Turgénev, Ibsen, Wilde o Zola, para lo cual fundó una editorial con el mismo nombre.

El primer año, como escribió Lázaro a Clarín, la revista “me ocupa el día y la noche enteros”, pero según la publicación fue adquiriendo prestigio, los autores se disputaban el honor de verse en sus páginas, aunque la relación no siempre fue buena. El caso más sonado fue el de Clarín. Lázaro le tenía por un “pesetero” con “boca de cura”. Le publicó los avances de sus novelas Su único hijo y Una medianía. La amistad se rompió cuando Lázaro le indicó que escribiera una reseña favorable sobre dos novelas de Pardo Bazán. Clarín se indignó, criticó por escrito a Lázaro y éste le sacó de la revista.

A pesar de esto el prestigio de La España Moderna fue aumentando. Pardo Bazán, que fue para Lázaro Galdiano algo más que una amiga, defendió en la revista los derechos de la mujer, en una serie de artículos titulados "La mujer española" (LEM, mayo, julio y agosto 1890). Emilio Castelar envió sus "Crónicas internacionales" durante años, con grandes análisis sobre todo de la situación de la República francesa. Antonio Cánovas publicó, además de artículos de historia, una serie de estudios bajo el nombre de "Problemas contemporáneos", una de las obras básicas para entender el pensamiento canovista. Incluso Pablo Iglesias, líder del PSOE, publicó un artículo titulado "El partido socialista en España".

El americanismo fue una constante en La España Moderna porque, en opinión de Lázaro, el país no se podía desligar de su faceta atlántica, ni despreciar las consecuencias de la guerra de 1898. Si bien el historiador Juan Pérez de Guzmán comenzó una sección llamada "revista hispanoamericana", fue Rafael Altamira el que dio más empaque al tema con sus "Lecturas americanas", publicadas entre 1901 y 1904, con el seudónimo de Hispanus.

La poética y la crítica literaria no abandonaron la revista en sus veinticinco años de vida. Por sus páginas pasaron Rubén Darío, Ramón de Campoamor y Juan Valera, junto a los grandes del siglo XIX, como Zorrilla, Núñez de Arce, o Manuel del Palacio. Juan Martínez Villergas, con mucho periodismo a sus espaldas, inició la sección "Impresiones literarias", que continuó Gómez Baquero, y luego Adolfo González Posada con sus "noticias bibliográficas". Y la narrativa no podía quedarse fuera: Galdós, Echegaray, Pérez de Ayala, Jacinto Benavente, e incluso Azorín, que publicó el avance de La voluntad en 1902.

El gran fichaje de Lázaro fue Unamuno, y lo hizo a través de cartas concisas a finales de 1894: “tendría en La España Moderna un puesto y un sueldo fijos (…) Le espero a usted con impaciencia”. Y Unamuno acabó colaborando en la revista y en la editorial del mismo nombre, para la cual tradujo a Herbert Spencer y Thomas Carlyle, entre otros. Lázaro publicó por entregas en la revista sus obras En torno al casticismo, desde febrero a junio de 1895, y Del sentimiento trágico de la vida, en 1911. Con la casa abierta, Unamuno abanderó el regeneracionismo de La España Moderna, que ya en 1898 vaticinaba lo que iba a ser:  Todos estamos mintiendo al hablar de regeneración, puesto que nadie piensa en serio en regenerarse a sí mismo. No pasa de ser un tópico de retórica que no nos sale del corazón, sino de la cabeza ¡Regenerarnos! ¿Y de qué, si aún de nada nos hemos arrepentido? (LEM, noviembre 1898).

casticismo

Rafael Altamira, otro de los intelectuales modernos que poblaron las páginas de la revista de Lázaro, publicó su imprescindible “Psicología del pueblo español” (LEM, marzo, 1899), diciendo que "puesta la mano en el corazón, nadie podrá rechazar, en nombre de su patria regional o de su provincia (…), la responsabilidad colectiva que hay en las desgracias o errores presentes".

La revista se convirtió en un lugar de encuentro para el pensamiento crítico, “cuando los diarios no admitían ciertas cosas por miedo al público y no a las autoridades”, escribió Unamuno en 1909, convirtiendo La España Moderna en “el castillo roquero de la libertad de conciencia”

Sin embargo, en 1914 se notó cierto cansancio de la publicación, que no terminó de adaptarse a los nuevos tiempos, coronados por el estallido de la Gran Guerra. La pérdida de suscriptores echó al traste el proyecto, y en diciembre de aquel año apareció su último número.  Sin duda fue Unamuno quien mejor definió la empresa, en un artículo publicado en el diario argentino La Nación, en agosto de 1909:  “La labor de José Lázaro por la cultura ha sido en España empeñadísima, tenaz, a las veces casi heroica. Este hombre benemérito ha tenido la virtud que aquí más escasea: la fe”.

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