El actor Luis Zahera.
Luis Zahera (60): "Mi madre me apoyó siempre aunque era mal estudiante, pero murió pronto y no llegó a verme en televisión"
El actor compostelano repasa el choque generacional con su padre, su etapa en Nueva York y la pena de no haber mostrado su éxito a quien más creyó en él.
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Antes de prestarle su cara cortada y su registro amenazante al cine español, Luis Zahera (60 años) era simplemente un chaval despistado en el Santiago de Compostela de los años 70.
Nacido en la capital gallega en el seno de una familia numerosa donde se respiraba la austeridad de la posguerra, sus primeros años transcurrieron entre los pupitres del colegio La Salle.
Allí, en un colegio religioso impregnado de la disciplina de la época, las asignaturas se le atragantaban mientras su cabeza buscaba escaparate en cualquier relato que se pusiera a su alcance.
La Galicia de su juventud mutó pronto hacia un escenario convulso. En la década de los 80, la calle apretaba y el ambiente en los barrios compostelanos se volvió abrasivo. En una España en plena ebullición, la frontera entre el despiste juvenil y la tragedia era finísima.
Luis Zahera en 'La Revuelta'
La "jugada" maestra de su madre
Sin una vocación actoral todavía perfilada y sumergido en el descontrol de una pandilla donde la heroína y la delincuencia empezaban a cobrar un peaje irreparable, fue la intuición materna la que torció un destino sombrío. Su madre detectó el peligro antes de que fuera tarde y tomó una decisión radical: sacarlo del país.
"Mi madre me largó a Nueva York. Eran los 80, había muchísimas drogas y mi pandilla era peligrosa. Yo todavía no me había profesionalizado; España era un desfase. Algunos amigos se murieron, otros acabaron presos. Mi madre debió pensar: 'Buah, a este lo mandamos a Nueva York'. Y me vino muy bien", reconocía el actor en una extensa charla con la revista Esquire.
Aquel billete de avión no respondía a un plan de estudios ni a una aspiración dramática, sino al puro instinto de supervivencia de una madre de época: "Hay que decir la verdad en las entrevistas: no fue una decisión profesional; mi madre vio la jugada y dijo: 'A este lo pongo yo en Nueva York, porque si no… a ver cómo acaba'. Siempre le agradeceré a mi madre esa jugada".
Las reticencias de su padre sobre su carrera
El regreso a España y sus primeros pasos en la interpretación chocaron frontalmente con la mentalidad de un padre educado bajo el rigor del franquismo, incapaz de concebir el arte como un oficio legítimo o respetable.
"Mi padre era de esos señores que te decían: '¿Cómo te vas a meter en eso, si ahí solo hay putas y maricones?'. Era gente que tenía seis años cuando acabó la guerra y que recibió la educación de una dictadura. Pero cuando vio que me iba bien, cambió de idea", explicaba Zahera sobre la brecha que lo separaba de la mirada paterna en la citada entrevista.
Mientras el progenitor contemplaba la profesión con una mezcla de desconcierto y socarronería —observándolo gesticular frente al papel mientras soltaba un sombrío "Mucho tienes que trabajar para no trabajar, hijo mío"—, su madre se convirtió en el único reducto de fe ciega. Para ella no contaban las notas ni las convenciones socialmente aceptadas.
"Mi madre siempre me animó porque yo era muy mal estudiante: tenía esa filosofía de que, si algo te divertía, era positivo. De cualquier cosa, lo que me preguntaba era: '¿Pero te divertiste? ¿Lo pasaste bien, hijo mío?'. Me apoyó siempre, pero falleció muy pronto y no me llegó a ver en la televisión", ha destacado.
Ese choque de realidades terminó por moldear el carácter de un actor que hoy desconfía profundamente del boato de la fama.
Coronado por la crítica y respetado por el público, Zahera no entiende el reconocimiento como un mérito propio: es, más bien, una concesión prestada.
"Esta profesión es una maravilla: te llevan, te traen, te aplauden, te miman", ha reconocido. "El problema es que te lo creas: el egocentrismo, el 'yo tengo algo'. No, muchacho: tú no tienes nada. La gente te eligió y tú canalizas unas cosas que les divierten".