Ferrán Adriá, en la presentación de 'El Bulli, la historia de un sueño', en 2018.
Ferran Adrià (64): "Soy de un barrio de L'Hospitalet, de familia trabajadora. A los 16 me fui de casa y con 22 era jefe de El Bulli"
"No tenía espíritu creativo ni vocación; solo quería trabajar para irme de vacaciones a Ibiza", ha recordado el chef sobre sus inicios en la cocina.
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Antes de revolucionar la gastronomía global y transformar para siempre la forma en que el mundo entiende la cocina, Ferran Adrià (64 años) no soñaba con esferificaciones ni con estrellas Michelin.
Anhelaba, sencillamente, poder rodar un balón de fútbol sobre el césped e imitar a sus grandes ídolos. Hoy, el genial cocinero catalán echa la vista atrás para recordar que los grandes imperios creativos nacen, a veces, de la casualidad. Incluso de decisiones aparentemente tan nimias como la necesidad de costearse unas vacaciones de verano.
En una reciente entrevista concedida en el podcast The Wild Project, presentado por Jordi Wild, el chef ha desmitificado la figura del "genio precoz".
Tal y como desvela, no fue criado siendo conocedor de grandes manjares. Tampoco recibió una vasta cultura gastronómica de sus padres, de clase trabajadora.
Así, ha dibujado de sí mismo el retrato de un joven común de la periferia barcelonesa que jamás adivinó el impacto histórico que iba a tener en la cultura popular de nuestro país.
Sin vocación ni "espíritu creativo"
Lejos del relato idealizado de una vocación temprana entre fogones familiares, Adrià ha rememorado sus inicios con absoluta honestidad. E, incluso, un punto de pragmatismo.
"Mi trayectoria es muy especial, porque yo soy de Santa Eulalia, de un barrio de L'Hospitalet, de familia trabajadora, gente maravillosa, pero familia trabajadora. Estudiante normalito, normalito... Nada de actitud ni espíritu creativo, cero, cero platero", ha destacado.
"Que me gustaba el fútbol y que pensaba que iba a ser Johan Cruyff... Para pagarme un... y fui estudiando, entré a hacer administración. No sé por qué, pero iba a hacer empresariales y me cansé del cole".
El punto de inflexión en la vida del chef llegó de manera casual, a través del deseo juvenil de viajar a las Baleares en la década de los 80. La respuesta de sus padres ante el anhelo de libertad del joven Ferran fue el impulso decisivo que cambió el rumbo de su vida.
"Yo tenía siempre el sueño de ir a Ibiza de vacaciones, claro. Lo de Ibiza de ahora es un juego de niños con lo que eran los años 80. Los chavales queríamos ir allí, y entonces yo quería ir y mis padres, que podían ser conservadores pero a la vez nos dieron mucha libertad", ha rememorado.
"A los 16 años me fui de casa, y aunque tenía habitación en casa hasta que me casé, me dijeron: 'Muy bien, pues te pagas tú las vacaciones'. Le digo: 'Hostia, ¿y cómo se hace eso?'. Pues hay que trabajar, ¿sabes?", proseguía.
Fue ese choque con la realidad laboral el que lo empujó a buscar su primer empleo en un entorno que hasta entonces le resultaba por completo ajeno.
"Entonces, un amigo de mi padre era chef del Hotel Palas Fels en Castelldefels, que aún existe (han hecho la renovación ahora y tal), y yo dije: 'Pues para allí voy'", ha recordado el catalán.
Entonces, sus conocimientos en materia culinaria eran prácticamente inexistentes: "Yo no había entrado nunca en la cocina, y comer como cualquier persona que me pueda estar oyendo: bistec con patatas, macarrones... normal. Lo básico de esa época".
Ferran Adrià.
Un ascenso de vértigo
La falta de antecedentes o pasión gastronómica no fue algo exclusivo de Ferran. Su hermano Albert Adrià, hoy consagrado como uno de los nombres indispensables del panorama gastronómico internacional, compartió un arranque idéntico en el sector.
"Y esto es una característica bastante, bastante diferencial en mi caso. Y lo más fuerte de todo: que mi hermano Albert, que hoy en día es de los cocineros más importantes del mundo, tampoco. Y él ya vino con 15 años, él ya dejó el cole a los 15 años", ha narrado.
Así, lo que comenzó como un trabajo para financiar un viaje estival se convirtió en una carrera vertiginosa que rompería todos los moldes de la época.
En apenas cuatro años, aquel estudiante del montón que prefería el fútbol a la alta cocina pasó de fregar platos a tomar las riendas del restaurante que redefiniría la historia de la gastronomía contemporánea.
"Entonces, mi carrera es muy extraña, porque estoy hablando de 18 años y a los 22 ya era jefe de cocina de uno de los mejores restaurantes de España, que era El Bulli", concluye.