Torcuato Zamora en una imagen promocional.

Torcuato Zamora en una imagen promocional.

Famosos HISTORIA VIVA DEL CANTE JONDO

El drama de Torcuato Zamora, el guitarrista almeriense de la Casa Blanca

Huyó del hambre de la posguerra para acabar convirtiéndose en rey del flamenco en Washington, conquistando incluso a los Obama. Su casa, un museo consagrado a la España más cañí, se abre en 360 grados a EL ESPAÑOL coincidiendo con el Día Mundial del Flamenco.

José Gallego Espina Fernando Gayón

Entrar en la casa de Torcuato Zamora, enclavada en uno de los barrios residenciales cercanos a Washington DC, es como embarcarse en un viaje trasatlántico y exprés de regreso a España sin necesidad de pasaporte ni avión. Aunque desde fuera su vivienda se pierde en el monolítico paisaje urbano de los suburbios estadounidenses, una vez que se cruza el dintel, el visitante se da de bruces con un museo consagrado al arte, el flamenco y otras esencias patrias que, a lo largo de más de cinco décadas, este artista de 82 años ha ido maridando con otras influencias latinas de EEUU. Ha sido embajador de lo jondo a este lado del charco, el Washington Post lo ha bautizado como “el rey del flamenco” y ha llegado a actuar para la Casa Blanca de la era Obama, aunque los Trump aún se le resisten. En el Día Internacional del Flamenco, este guitarrista que encarna el afán conquistador del duende nos abre sus puertas para que lo conozcamos en 360 grados.

El guitarrista de la Casa Blanca nos abre su casa

Torcuato Zamora pisó por primera vez el nuevo mundo en 1962. Desde entonces han pasado estados como Texas, Florida o Maryland, siempre guitarra en mano, empujando para introducir los sonidos españoles en estas tierras, cuando algunos aquí aún no diferenciaban una ranchera de una soleá. Agarró las maletas y se vino por amor, para casarse con una americana a la que había conocido en Luxemburgo dándole clases de música en aquel país. Sin embargo, su historia tiene un principio duro. Antes de llegar a enamorarse y lanzarse al sueño americano, su vida había sido de todo menos sencilla o romántica.

La aventura de este artista arranca en la complicada Almería republicana de 1935. Desde muy niño padeció las consecuencias de la Guerra Civil. Primero, su padre fue encarcelado por mantenerse leal al Gobierno de la República cuando ésta cayó ante el nuevo régimen, y luego, su familia, como tantas otras de la época, descubrió la peor cara del hambre y de las represalias.

Salí de España en 1958 por una razón muy triste. Al terminar la guerra, en 1939, metieron a mi padre en prisión, dejando a mi madre sola con ocho hijos y al cargo del cortijo que teníamos en Almería. La situación en aquellos años era muy complicada para nosotros en mi aldea, por lo que mi ‘viejita’ decidió marcharse a Cataluña a buscarse la vida, como tantos andaluces que emigraron en aquella época”, explica este artista a EL ESPAÑOL.

Al llegar a Terrassa, su tía materna, que ya vivía allí, les prestó una habitación en la que estuvieron “como chinches” hasta que pudieron encontrar una casa propia. Y pese a los esfuerzos que entre todos hacían por ganarse la vida, las cosas siguieron torciéndose. “Cobrábamos una miseria. Lo que equivaldría a un dólar a la semana por nueve horas de trabajo diario. Ni con el paso de los años teníamos suficiente para vivir”, recuerda.

Torcuato junto a su inseparable guitarra.

Torcuato junto a su inseparable guitarra. Fernando Gayón Washington DC

Mientras sobrellevaba las penurias económicas y el hambre, en Cataluña empieza su acercamiento a la música. “Estudié la guitarra clásica. Mis hermanos todos tocaban un poquito, de oído. Yo busqué un profesor, aunque no tenía dinero bastante para pagarle. Por eso, después de trabajar me iba a buscar cobres y metales y cuando juntaba un kilo lo vendía. Así me costeaba los seis duros que me cobraba el instructor en aquella época”.

Durante sus últimos años en España, la desgracia persiguió a su familia. Su hermano mayor murió de sarampión antes de dejar Almería. Y en Terrassa, la mayor de sus hermanas murió en 1953 “de hambre”. “No teníamos nada de comer y ella estaba muy seca. Se fue apagando hasta que se fue”.

Como la situación no mejoraba, en 1958 Torcuato decidió salir al extranjero y probar suerte en Luxemburgo, pero un mes antes de hacer las maletas, Matilde, su hermana menor, se suicidó. “Lo hizo porque no teníamos nada de comer y no podía más. Yo le decía, ‘aguanta un poco que voy a ir al extranjero y os voy a sacar a todos’. Pero la pobre no tuvo la paciencia y se quitó la vida. Eso lo llevo grabado en mi corazón”.

En 1958, ya en Luxemburgo, empezó a ganarse la vida gracias a su música y a un matrimonio francés que lo acogió como a un hijo y le ayudó a emprender una carrera artística. “Esperaron a que terminara el servicio militar y me ayudaron en todo. Se portaron como unos segundos padres”, rememora agradecido contemplando la foto de esta pareja que conserva en su salón, rodeada de toda suerte de recuerdos.

De rubia tejana a Flamenca Morena

Pasaron los años y su situación mejoró. “La guitarra me abrió muchas puertas. Comencé a dar lecciones particulares de guitarra, sobre todo a los diplomáticos y a los hijos de los embajadores. Me iba muy bien”. Fue entonces cuando se cruzó en su camino Suzanne, una secretaria texana de la embajada de los EEUU en Luxemburgo que quiso aprender flamenco y, de paso, conquistar al guitarrista. “Empecé a darle clases y poco a poco nos enamoramos. La cosa fue en serio y en el año 1962, llegábamos juntos a Nueva York, y de allí salimos directos para Texas, donde nos casamos”.

Su esposa Suzanne.

Su esposa Suzanne.

Para Suzanne dar el ‘sí, quiero’ a un artista flamenco suponía mucho más que un cambio de apellidos. Esta joven estadounidense cambió su pelo rubio cobrizo por una melena larga y morena, y decidió rebautizarse artísticamente como Susana Zamora. Aprendió a taconear, mover los brazos e incluso a bailar, hasta el punto de que empezó a acompañar a Torcuato en las actuaciones con las que empezó a darse a conocer por la costa este de EEUU.

Sus primeros pasos en Washington lo llevaron hasta El Bodegón, un restaurante español de éxito de la época al que llegó buscando trabajo y donde comenzó a hacerse un nombre. Los conciertos se llenaban y las reservas subían a golpe de guitarra. A partir de aquí comenzaron a llamarlo de más locales. El mexicano La Fonda o La Alhambra, en los años 60, y o el Don Quijote, en los 70, le convirtieron en una figura conocida y en un referente de lo jondo en estas latitudes.

De aquel matrimonio le quedan sus hijos -entre ellos Tico Zamora, músico rockero- y muchos recuerdos, aunque la relación llegó a su fin y otras bailaoras ocuparon el lugar de Susana en el tablao y el corazón de Torcuato. “Me instalé definitivamente en Washington. En estos 50 años han pasado por aquí muchas bailarinas y guitarristas amigos míos, abriendo la historia del flamenco en los EEUU”.

De vender periódicos, al Congreso

En estas décadas, Zamora se ha hecho un rostro familiar para los medios de comunicación estadounidenses, especialmente los hispanos. Ha aparecido varias veces en el Washington Post -la primera vez en 1983-, pueden encontrarse sus actuaciones en la web de la Biblioteca del Congreso de los EEUU, y ha sido premiado por diversas instituciones, desde la Organización de Estados Americanos al propio Gobierno de España, que en 2016 le concedió la Medalla al Mérito Civil por exportar el talento español en este país.

Torcuato Zamora en un evento en Washington.

Pero la popularidad a Torcuato no le cogía de nuevas. A pesar del hambre y los malos momentos que vivió en España, en sus años en Cataluña ya había logrado hacerse un hueco en la prensa de la época. La primera vez, el 30 de agosto de 1960, cuando el diario La Prensa de Barcelona publicaba un artículo sobre un joven guitarrista que trabajaba en Luxemburgo y sólo ambicionaba ayudar a sus padres. Este rotativo recordaba que Torcuato había sido -entre otras muchas cosas- vendedor de dicha cabecera antes de convertirse en profesor de guitarra.

Su casa, un museo flamenco

Además de por su arte, Torcuato Zamora se ha ido haciendo conocido en el área metropolitana de Washington por su casa, una suerte de museo no oficial de España cerca de la capital estadounidense. Recorrer sus estancias transporta al visitante, sin anestesia, de la fría sobriedad estadounidenses a una colorida España cañí, repleta de banderas españolas, con alguna republicana -“aquí caben todas las sensibilidades”, comenta-, andaluzas y estadounidenses.

Sus paredes están vestidas con fotos de los miembros de la Casa Real durante sus visitas oficiales a EEUU, imágenes de embajadores, instantáneas de sus actuaciones, esculturas de flamencas, toros, abanicos, coloridas cerámicas, carteles taurinos, sombreros mexicanos, retratos de Camarón, Paco de Lucía, Lola Flores, guitarras españolas y eléctricas, quijotes, recuerdos familiares, su cortijo almeriense y así hasta no dejar casi ni un centímetro desnudo en sus muros, que repasan los 82 años de vida de este ‘monarca del flamenco’.

Torcuato mostrando las fotos de su casa.

Torcuato mostrando las fotos de su casa. Fernando Gayón Washington DC

En una de las esquinas, una fotografía suya junto a la infanta Cristina invita a acercarse a curiosear. “Estuvo viviendo un tiempo aquí y tenía a los hijos en el Liceo Francés. Ella venía siempre a las reuniones del Centro Español de Washington. Unas Navidades, cuando estábamos cantando villancicos como hacemos cada año, yo empecé a tocar la guitarra y Cristina me hizo el acompañamiento con una botella de aguardiente”, relata.

No es el único miembro de la Familia Real con el que aparece en los cuadros. Don Juan Carlos, Doña Sofía, el entonces príncipe Felipe... De aquella época guarda buenos recuerdos. "Todos han pasado por aquí y en algún momento hemos coincidido o yo he tocado para ellos. Parecen gente sencilla".

En EEUU también se ha codeado con las esferas más altas del poder. Entre las joyas documentales que atesora, hay una carta del 9 de diciembre de 2009 de la Casa Blanca, agradeciendo su intervención durante unas celebraciones navideñas organizadas por Barack y Michelle Obama.

Tocar sevillanas en vez de Facebook

A sus 82 años, Torcuato Zamora conserva todas sus facultades. “Mi dieta consiste en comer como si siguiera en España, y cuando salgo fuera, no tomar casi nada”, confiesa mientras ultima varios platos en su cocina. Los aromas españoles golpean al visitante que se acerque a su casa, especialmente si es la hora del ‘lunch’. Pulpo a la gallega, jamón y chorizo, quesos de la tierra, tortilla de patatas o cualquier plato que huela a España es el secreto de este guitarrista octogenario, que rehuye del móvil y las redes sociales.

No tengo nada de eso. Sólo un teléfono fijo en casa. Internet sólo me haría perder el tiempo. Yo así vivo muy bien, y si me aburro, me pongo a tocar sevillanas”, afirma mientras se arranca a cantar.

Pese a su edad, tiene claro que le queda vida por delante. De hecho, espera que pronto salga alguna pretendienta. “Alguien me preguntó el otro día qué quería hacer con el resto de mi vida. Yo quisiera casarme otra vez. A ver si hay alguna que se atreva. Yo intentaré portarme bien, como un buen andaluz. A ver si funciona o no. Porque un toro de Miura siempre embiste”, bromea.

De política prefiere no hablar. Ni de Donald Trump ni de la situación española, aunque asegura “que con un poco de música” todo el mundo se entendería mucho mejor. Ahora se centra en preparar sus próximas actuaciones con el grupo Furia Flamenca, una compañía de baile con la que actúa en festivales y eventos de la capital.

Extracto de un artículo The Washington Post donde se habla de Torcuato.

Extracto de un artículo The Washington Post donde se habla de Torcuato.

A quien esté interesado en conocerle mejor, le invita a visitar su casa o, para aquellos a los que les coja lejos el área de Silver Spring, a leer su autobiografía: El Cortijo. Memorias de un guitarrista español en los Estados Unidos. En este libro repasa toda su trayectoria. Lo publicó en 2010, con fotos personales e ilustraciones del pintor español y amigo Francisco Castillo, al que conoció en su primeros años en Washington. “Esto es mejor que un guión de Hollywood, así que a ver si alguien se anima y me hacen una película. Le dan el Oscar”.