Las princesas Aiko y Kako de Japón, el pasado 26 de febrero en el palacio imperial de Tokyo.

Las princesas Aiko y Kako de Japón, el pasado 26 de febrero en el palacio imperial de Tokyo. GTRES

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El Crisantemo se marchita: Japón reforma la ley imperial para blindar la sucesión en los hombres y rechaza a las mujeres

Se permitirá que se adopte a descendientes varones de otras ramas familiares. La princesa Aiko, la más querida y popular del clan, no podrá ser emperatriz.

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Por primera vez desde 1947, Japón ha decidido intervenir la milenaria arquitectura de su Ley Imperial.

Una reforma legal de calado, aprobada definitivamente por la Cámara de Consejeros con 184 votos a favor y 57 en contra tras el beneplácito de la Cámara Baja, busca corregir el colapso demográfico que amenaza con extinguir la familia real más antigua del planeta.

Sin embargo, la audacia legislativa se ha detenido abruptamente ante las puertas del género: el Trono del Crisantemo seguirá siendo un territorio estrictamente masculino.

La decisión deja fuera del destino dinástico a la princesa Aiko. A sus 24 años, la hija única del emperador Naruhito y la emperatriz Masako encarna una paradoja hiriente: goza de una popularidad abrumadora entre una ciudadanía exhausta de rigideces.

Las cifras la avalan. Distintos sondeos de opinión pública realizados por agencias de noticias nacionales como Kyodo News y periódicos como Mainichi Shimbun reflejan de manera persistente que entre el 70% y el 93% de los ciudadanos japoneses apoyan la idea de tener una emperatriz regente.

A pesar del sentir popular, las leyes de su propio país siguen empeñadas en impedirle reinar. El pragmatismo político ha preferido buscar soluciones en el pasado antes que en la modernidad.

Y, curiosamente, han optado por una vía que, lejos de despejar el horizonte, pone las cosas aún más difíciles y deja la sucesión dinástica en peligro de extinción.

El emperador de Japón, Akihito (tercero de izq. a der., sentado), y la emperatriz Michiko (cuarta de izq. a der., sentada), sonríen junto a los miembros de su familia durante una sesión fotográfica de Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio (Japón) el 28 de noviembre de 2016.

El emperador de Japón, Akihito (tercero de izq. a der., sentado), y la emperatriz Michiko (cuarta de izq. a der., sentada), sonríen junto a los miembros de su familia durante una sesión fotográfica de Año Nuevo en el Palacio Imperial de Tokio (Japón) el 28 de noviembre de 2016. GTRES

La novedosa adopción de varones

Los cambios estructurales introducidos por la norma pivotan sobre dos ejes principales.

El primero de ellos es que se abre de forma definitiva la puerta a una adopción masculina inédita, que podría reconfigurar la línea de sucesión.

O lo que es lo mismo: la reforma contempla la reincorporación de antiguos miembros varones de las ramas imperiales venidas a menos. Bienvenidos sean, siempre que sean del sexo masculino.

A partir de ahora, la Casa Imperial podrá adoptar a descendientes varones de antiguas ramas aristocráticas que fueron despojadas de su estatus en 1947.

Durante la ocupación estadounidense, entre 1945 y 1952, la administración de Douglas MacArthur redujo el árbol dinástico a la mínima expresión.

El objetivo era, en principio, contener gastos y privilegios. Pero, qué duda cabe, también se pretendía preservar la monarquía exclusivamente como símbolo cultural, y sin poder alguno para recuperar poder político o militar en el futuro.

En aquel año, 51 miembros pertenecientes a 11 ramas colaterales quedaron excluidos.

Hoy quedan alrededor de 10 hombres solteros en esas líneas masculinas que podrían ser adoptados. Los candidatos deberán tener 15 años o más, ser solteros y no tener hijos.

Aunque ellos no podrán reinar, podrán recuperar la opción de reintegrarse a la vida palaciega. Y sus hijos varones sí adquirirán plenos derechos sucesorios.

Los emperadores Naruhito y Masako junto a su única hija, al fondo, la princesa Aiko.

Los emperadores Naruhito y Masako junto a su única hija, al fondo, la princesa Aiko. GTRES Gtres

Freno a la 'fuga' de mujeres

La segunda gran viga de la reforma busca taponar la hemorragia de bajas en una institución famélica.

Hasta hoy, el precio del amor para una princesa japonesa era el destierro institucional: casarse con un plebeyo implicaba la expulsión automática de la Casa Real, la pérdida de sus derechos de cuna y el fin de la labor de representación para la que había sido minuciosamente educada.

Así, década tras década y boda tras boda, la monarquía más antigua del planeta se fue encogiendo hasta el chasis.

El nuevo texto da luz verde a un giro histórico tras meses de deliberaciones en comisión parlamentaria: las mujeres de la realeza podrán conservar su estatus imperial tras pasar por el altar.

Sin embargo, la letra pequeña desvela una pirueta jurídica que es, a la vez, victoria y derrota.

Una polémica cláusula establece un cortafuegos dinástico: las princesas mantienen el título, pero sus maridos y sus hijos quedarán firmemente excluidos de la familia imperial.

El emperador Naruhito, la emperatriz Masako y la princesa Aiko, en una imagen de archivo.

El emperador Naruhito, la emperatriz Masako y la princesa Aiko, en una imagen de archivo. GTRES Gtres

La traducción práctica sería la siguiente: la princesa Aiko podrá casarse con un plebeyo y seguir luciendo su rango, pero sus futuros hijos serán, a ojos del Estado, ciudadanos de a pie, despojados de cualquier derecho sucesorio.

El Trono del Crisantemo no solo veta la sucesión femenina; también prohíbe que la sangre real se transmita por vía materna.

Esta solución salomónica ha logrado descontentar a todo el arco político. Los partidos progresistas alertan de una distopía doméstica, temiendo que la reforma fracture los hogares reales al dividirlos en dos: madres de sangre imperial conviviendo con maridos e hijos plebeyos.

Los conservadores, por su parte, temen que otorgar el estatus dinástico a los cónyuges varones acabe abriendo la espita de la sucesión femenina, un tabú innegociable para el bloque gubernamental a pesar del precedente histórico de las ocho emperatrices del pasado.

Para las princesas de la actual generación, atrapadas en este cambio de era, la ley contempla una ventana de transición: podrán decidir voluntariamente si se acogen al nuevo estatus o si prefieren abandonar la familia real.

La realidad es que tomar una decisión no resultaría nada fácil para ninguna de ellas. Además, este poder de elección tiene fecha de caducidad. Se trata de un privilegio excepcional que no se extenderá a las generaciones venideras.

Las futuras princesas que nazcan en el Japón del mañana, como las hipotéticas hijas del príncipe Hisahito, carecerán de voz y voto sobre su propio destino: nacerán encadenadas a una corte que las necesita para subsistir, pero que las anula y les cierra todas las puertas.

El censo de la familia imperial es de apenas 16 integrantes, de los cuales 11 son mujeres, entre consortes y princesas solteras. Cinco de ellas son mujeres solteras, incluida la princesa Aiko y su prima, la princesa Kako.

Con estas cifras, el palacio corría el riesgo inminente de quedarse vacío.

El príncipe Hisahito de Japón celebró su 18 cumpleaños el 6 de septiembre de 2025.

El príncipe Hisahito de Japón celebró su 18 cumpleaños el 6 de septiembre de 2025. GTRES EFE

Una frágil línea sucesoria

La línea sucesoria en Japón sigue siendo extremadamente frágil. A sus 66 años, el emperador Naruhito solo cuenta con tres herederos legales vivos: su hermano Fumihito (60), también conocido como príncipe heredero Akishino; su sobrino Hisahito (19); y su anciano tío, el príncipe Masahito de Hitachi, de 90 años.

Lo cierto es que no habrá heredero si la futura esposa de Hisahito no da a luz a un varón. Un escenario que mantiene a Japón en un callejón institucional desde hace décadas.

Ante este panorama, el nuevo marco legal busca ampliar con urgencia esta exigua nómina sucesoria.

El primer ministro japonés, Sanae Takaichi.

El primer ministro japonés, Sanae Takaichi. Europa Press

La impulsora de esta blindada reforma no deja de ser una figura irónica en este tablero de ajedrez cultural: Sanae Takaichi, la primera mujer en asumir la jefatura del Gobierno en la historia de Japón.

Al frente de una coalición marcadamente conservadora, Takaichi ha defendido la medida en términos estrictamente prácticos.

El objetivo, según declaraciones recogidas por la agencia nacional Kyodo, es "garantizar un número estable de miembros de la familia real" para salvaguardar las funciones de una jefatura de Estado que, aunque es puramente simbólica y carece de facultades ejecutivas, todavía sostiene el andamiaje identitario de la nación.

Aiko de Japón en la celebración de su mayoría de edad.

Aiko de Japón en la celebración de su mayoría de edad. GTRES

¿Fobia a la figura de una emperatriz?

Cabe destacar que, en Japón, esta especie de fobia a la figura de una emperatriz titular no es una constante inmutable, ni mucho menos. Es consecuencia de una herencia decimonónica.

Si bien el archipiélago recuerda a ocho emperatrices a lo largo de 12 siglos (todas ellas hijas o nietas de soberanos varones que ejercieron de puentes dinásticos), la exclusión taxativa se fraguó en 1889.

Fue el Gobierno Meiji el que, fascinado por el absolutismo prusiano, diseñó una Ley de la Casa Imperial que concebía al emperador como comandante supremo de los ejércitos y encarnación sagrada del Shinto.

En ese diseño de una "familia-Estado" militarizada, la mujer fue relegada legalmente a la condición de propiedad, despojada de autonomía jurídica en el código civil de la época. Un prejuicio codificado que un siglo y medio después sigue dictando el futuro de la corte.

Japón, un país en mengua

El debate sobre el Crisantemo es, en el fondo, el reflejo a escala cortesana de una profunda crisis que asfixia a todo el archipiélago.

Japón se encoge. Las estadísticas más recientes de 2024 radiografían una crisis demográfica sin parangón desde que se iniciaron los registros oficiales en 1968: el país contabilizó ese año apenas 686.061 nacimientos frente a casi 1,6 millones de defunciones.

La matemática es atroz. Y el declive, evidente. Por cada nuevo ciudadano que llega al mundo, fallecen más de dos. Pero el Trono del Crisantemo se mantiene erre que erre: empeñado en facilitar la hegemonía, únicamente, a los varones.

La princesa Masako.

La princesa Masako. Marina Esnal

En una sociedad envejecida que pierde un millón de habitantes al año, la dinastía ha optado por mirarse en el espejo de su propia demografía decreciente para blindarse, pero recurriendo a soluciones anacrónicas.

Así es como la Corona pretende resistir a su invierno demográfico: mediante una pirueta legal que resucita linajes perdidos. Una maniobra que prefiere rebuscar en las cenizas genealógicas del pasado antes que permitir que el futuro florezca en sus propias hijas.