La presentadora Isabel Gemio y el castillo de Alburquerque en un montaje.

La presentadora Isabel Gemio y el castillo de Alburquerque en un montaje.

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El pueblo de 5.000 habitantes donde se refugia Isabel Gemio: castillo medieval del S. XIII, barrio judío y arte rupestre

La veterana comunicadora regresa siempre que puede a este bonito municipio ubicado al norte de Badajoz, pegado a la frontera con Portugal.

Más información: El municipio español donde desconecta Miguel Bosé: 478 habitantes y a 10 km de un monasterio del S.XVI

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Isabel Gemio es uno de los rostros más populares del sector audiovisual. Aunque hoy ejerce como locutora de RNE, en el imaginario de todos caló aquella presentadora que cumplía los sueños en el legendario Sorpresa, sorpresa.

Cuando los micrófonos y los focos se apagan, la comunicadora de 65 años busca la tranquilidad lejos de la vorágine y el ajetreo de la gran ciudad, y se olvida de los problemas.

En verano, Isabel Gemio suele desconectar en la Costa Brava. Sin embargo, si hay un lugar donde vuelve a sus orígenes, ese es Alburquerque, el pueblo donde nació.

Aquí regresa para reconectar con su tierra, si bien en más de una ocasión, ha asegurado que necesitaba salir de allí.

"Yo sentía que el pueblo me asfixiaba. No quería ser la mujer de nadie ni quedarme allí viendo pasar la vida. Tenía una necesidad casi física de escapar, de volar, de ser independiente", escribió en su libro Mi hijo, mi maestro. Y así fue gracias a la radio.

Isabel Gemio en un evento reciente.

Isabel Gemio en un evento reciente.

"A mí nadie me ha regalado nada. En mi infancia aprendí que si no trabajas, no comes. Esa dureza de Extremadura es la que me ha permitido aguantar todos los golpes que me ha dado la vida después", decía en Lazos de sangre.

No obstante, el paso del tiempo ha hecho que Isabel Gemio se reconciliara con el lugar que la vio crecer y adonde acude siempre que viaja a Extremadura.

El castillo de Luna

Situado en La Raya, en la frontera con Portugal, al norte de la provincia de Badajoz, emerge la impresionante silueta del castillo de Alburquerque en lo alto del risco de San Cristóbal.

Su imponente torre del homenaje se divisa a kilómetros de distancia. La fortaleza es el símbolo más importante de este municipio de 5.000 habitantes cuyo nombre deriva del latín, Alvus quercus, que significa encina blanca.

Anochecer en el castillo extremeño de Alburquerque.

Anochecer en el castillo extremeño de Alburquerque.

Pese a haber sido testigo de distintas guerras, es uno de los castillos medievales mejor conservados de toda España. Fue declarado Monumento Nacional en 1924 y Bien de Interés Cultural en 1933.

Sus orígenes se remontan a principios del siglo XIII, cuando fue tomado por los árabes por Alfonso Téllez de Meneses.

Su familia fue la dueña del castillo hasta dos siglos más tarde, cuando cayó en manos de señores de la familia real castellana como Álvaro de Luna y don Beltrán de la Cueva. Fueron en los siglos XIV y XV cuando se acometieron las reformas de mayor calado.

Álvaro de Luna, maestre de la Orden de Santiago, ordenó levantar la impresionante torre del homenaje. En el interior de la fortaleza también se puede visitar la iglesia de Santa María del Castillo.

Calle del casco antiguo de Alburquerque.

Calle del casco antiguo de Alburquerque. iStock

Abrazando el casco antiguo se encuentra la muralla medieval, un cinturón de mampostería y sillería que conserva gran parte de su trazado habitual.

Sus torres y puertas sirven de umbral hacia el Barrio Gótico-Judío, también conocido como La Villa, el corazón más auténtico de Alburquerque.

Pasear por sus calles es perderse en un laberinto de fachadas blancas, puertas ojivales y dinteles decorados con motivos que delatan su paseo hebreo.

Disfrutar de las angostas callejuelas mientras se respira aire puro de la Sierra de San Pedro hacen que la visita merezca la pena.

Pinturas rupestres de Los Abrigos del Risco de San Blas.

Pinturas rupestres de Los Abrigos del Risco de San Blas.

Y ojo, que la historia de Alburquerque es mucho más antigua que sus muros. Y lo es, porque en los alrededores de la sierra de San Pedro, el pueblo custodia tesoros de la Prehistoria.

Las pinturas rupestres de Los Abrigos del Risco de San Blas contienen arte esquemático de un valor incalculable. Figuras antropomorfas y símbolos ancestrales nos recuerdan que estas tierras han sido refugio y hogar desde el Neolítico.

No es de extrañar que Isabel Gemio regrese a este lugar donde el tiempo parece haberse detenido.

Cómo ir y qué comer

El acceso a Alburquerque es principalmente por carretera. Desde Madrid, por ejemplo, se ha de tomar la A-5 hasta Cáceres. Una vez allí, hay que coger la N-521 dirección Valencia de Alcántara y, después, coger el desvío por la EX-302. El trayecto es de 4 horas.

Desde Badajoz, el viaje es más corto, de solo 35 minutos, a través de la EX-110.

Comer en Alburquerque es sumergirse en la esencia de la gastronomía rayana, una cocina de resistencia, pastoreo y dehesa. El cerdo ibérico es la estrella al situarse en plena Sierra de San Pedro.

La chanfaina, las migas extremeñas y la carne de caza son otros de los platos que se pueden disfrutar en Alburquerque.

Como bocado dulce, pregunta por las perrunillas (pastas de manteca secas y crujientes); la técula mécula (una tarta de almendras y yema de huevo) y los bollos de chicharrón.