Vista a través de una ventana abierta de la ciudad de Calella de Palafrugell, España, en la Costa Brava mientras se pone el sol

Vista a través de una ventana abierta de la ciudad de Calella de Palafrugell, España, en la Costa Brava mientras se pone el sol iStock

Corazón

Parece Santorini, pero es España: Conjunto Histórico marinero del siglo XVIII, calas cristalinas e inspiración de Serrat

Este rincón cautiva por el contraste de sus fachadas blancas adornadas con flores que parecen competir con el azul turquesa de sus playas.

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La ciudad a la que queremos acercarte hoy es el destino perfecto para unas vacaciones. Solo por un momento intenta cerrar los ojos e imaginarte tumbado en la orilla del mar. El sol se refleja en las paredes blancas y se impregna en tu piel. Incluso bajo el agua, los rayos dibujan destellos que revelan un fondo limpio y cristalino.

El único ruido que escuchas es el del mar rompiendo suavemente en la orilla y, a lo lejos, el vuelo de las gaviotas. Todo invita a detenerse, a dejar pasar el tiempo sin prisa. Una vida a la que uno podría acostumbrarse ¿verdad? Pues deja de imaginar y visita el destino que te recomendamos hoy.

Hablamos de Calella de Palafrugell, un encantador pueblo pesquero de la Costa Brava en Cataluña conocido por su autenticidad y belleza natural.

Calella de Palafrugell

Calella de Palafrugell iStock

Guarda este enclave como un secreto porque, a pesar de considerarse uno de los pueblos más bonitos, por el momento preserva su esencia marinera frente al turismo masivo.

Se sitúa a unos 3,5 km del núcleo de Palafrugell, sobre una costa rocosa con calas cristalinas que únicamente cuenta con unos 666 habitantes, muchos descendientes de familias pesqueras del siglo XVIII.

El corazón del pueblo son sus calles sinuosas y estrechas, flanqueadas por casitas blancas de dos pisos con tejas rojas, buganvillas y flores.

Aunque en este pueblo existen vestigios romanos del siglo I a. C., como ánforas para vino y cerámica, el núcleo habitado surge a mediados del siglo XVIII con pescadores que huían de los piratas.

Así nació el Port Bo, el corazón histórico y fotográfico de Calella que se configuró como salida comercial para corcho, vino y coral.

Hoy en día atesora Les Voltes, su emblema arquitectónico. Se trata de una hilera de cuatro edificaciones blancas porticadas situadas frente al mar que actúan como galería. Datados del siglo XIX, fueron declarados Bien Cultural de Interés Local.

Les Voltes en Calella de Palafrugell

Les Voltes en Calella de Palafrugell iStock

Su función original era subastas de pescado, taller de redes donde reparaban aparejos y un punto de encuentro social. Hoy en día son calles empedradas que puedes recorrer a pie.

Desde esta galería abierta podrás disfrutar de la playa de Les Barques, con una longitud de 50 metros y de arena dorada con barcas tradicionales varadas.

Detrás del Port Bo, se encuentra su casco antiguo. Un casco histórico formado por callejuelas empedradas que alberga viviendas originales de familias pesqueras.

Todo ello peatonal, destaca la mencionada Les Voltes, La Gravina con flores colgantes y vistas al acantilado y Sant Pere o Comte de Revilla.

Muchas de estas vías conducen hasta la Iglesia de Sant Pere, un templo que fue construido entre 1884 y 1887 de torre cuadrada con un reloj.

Dentro de sus calas principales destacan ocho, todas ellas de agua turquesa y guijarros sobre una costa rocosa. Todas ellas están conectadas por el Camino de Ronda y son vírgenes, sin chiringuitos masivos.

Destaca la mencionada Playa de Les Barques, El Canadell, El Golfet, la más bonita, Port Pelegrí o Port de la Malaespina.

Este pueblo también cuenta con miradores que regalan una vista impresionante tanto de día como de noche. Entre estos balcones privilegiados destaca el Mirador de Manel Juanola y Reixach, nombre del farmacéutico que creó las famosas pastillas Juanola, o la Punta de Burrucaires, que ofrece una vista panorámica completa del pueblo.

Toda esa esencia mediterránea quedó inmortalizada por Joan Manuel Serrat en su icónica canción Mediterráneo. En mayo de 1971, el artista se refugió en un pequeño hotel familiar de Palafrugell, junto a Port Bo, donde, rodeado de calas de aguas turquesas y barcas varadas, dio forma a gran parte de ese álbum inolvidable.

Un lugar que no solo se contempla, sino que se siente, y que sigue inspirando a quienes lo visitan con la misma calma, belleza y autenticidad que un día inspiraron su música.