Rafa Nadal, 39 años, sobre su infancia

Rafa Nadal, 39 años, sobre su infancia

Corazón

Rafa Nadal, 39 años, sobre su infancia: "Mi padre trabajaba mucho, recuerdo que yo me levantaba y él ya no estaba"

El tenista explicó cómo fueron sus primeros pasos en su Manacor natal.

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Rafa Nadal (39 años) creció en Manacor, lejos aún de los focos, como un niño tímido, familiar y más enamorado del fútbol que del tenis, pero con una felicidad que hoy recuerda casi con nostalgia.

Su infancia, tal y como la relata en una conversación con Bertín Osborne, desmonta el mito del campeón inaccesible y dibuja la imagen de un niño "muy obediente" que no tenía ninguna prisa por hacerse mayor.

Nadal recuerda aquellos años en Manacor como una etapa plácida, sencilla y llena de seguridad emocional.

"Yo fui muy feliz de pequeño, no quería hacerme mayor, nunca me ha apetecido avanzar, me encontraba muy bien con la edad que tenía, me gustaba ser un niño", confiesa, subrayando esa resistencia a abandonar la infancia que no suele asociarse a una futura estrella mundial.

Él mismo se define como "un niño tímido, muy tímido, muy obediente y, según me dicen, un buen chico", una descripción que contrasta con la imagen de competidor feroz que hoy se ve en las pistas.

En casa, el entorno era tan normal como trabajador. Su padre, antes de volcarse en la carrera deportiva de su hijo, regentaba una empresa de cristales en Manacor: "Trabajaba mucho, recuerdo muchas veces cuando yo me levantaba él ya no estaba".

Su madre, por su parte, "trabajaba en una perfumería del pueblo" antes de convertirse en directora de la fundación que hoy lleva el nombre del tenista.

Ese núcleo familiar, discreto y con los pies en la tierra, es el que sostiene los primeros pasos del campeón.

Aunque el mundo lo identifica con la raqueta desde siempre, el pequeño Rafa no lo tenía tan claro. De niño, admite que se divertía más con el balón en los pies que golpeando pelotas de tenis.

"Me lo pasaba mejor jugando al fútbol, pero porque estaba con más compañeros, en el tenis estaba más solo", reconoce, resumiendo en una frase esa necesidad infantil de pertenecer a un grupo frente a la soledad competitiva de la pista.

Ese contraste define buena parte de su infancia: la alegría del juego en equipo frente a la exigencia silenciosa del tenis.

Mientras en el fútbol encontraba camarada, risas y complicidad, en la pista aprendía a gestionar la presión sin poder esconderse tras nadie.

Aquella dualidad, más que un conflicto, fue el campo de entrenamiento perfecto para el carácter que años después asombraría al mundo: resistencia, sacrificio y una disciplina impropia de su edad.

Detrás de los trofeos que hoy llenan su academia en Manacor sigue estando el mismo niño que, por las noches, escapaba a la cama de sus padres.

Nadal reconoce que desde pequeño, y todavía hoy, siente "respeto por la oscuridad". "No me puedo ir a la cama a oscuras, siempre tengo la televisión, una serie, algo (...) Cuando ya era bastante mayor seguía por las noches apareciendo en la cama de mis padres o de mi hermana", confiesa, dejando al descubierto una vulnerabilidad que humaniza el mito.

Ese miedo íntimo convive con la imagen pública del deportista imbatible y quizás sea una de las claves por las que conecta tanto con la gente.

Su relato de infancia no habla de privilegios ni de genialidad precoz, sino de un niño normal con miedos, manías y una familia de clase trabajadora detrás.

Precisamente esa mezcla de fragilidad y determinación es la que convierte su historia en un imán para el lector... y en uno de los relatos de infancia más sorprendentes del deporte español.