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Dormir dentro de una botella de cava es posible. En el corazón del Penedès, entre hileras de viña perfectamente alineadas,Cava & Hotel Mastinell lo hace realidad: alojarse en un edificio que simula el reposo de las botellas en rima, visitar la bodega sin salir del hotel y sentarse a la mesa por 45 euros para entender por qué los cavas de larga crianza también se comen.

A las afueras de Vilafranca del Penedès, la silueta de Mastinell rompe el paisaje con una arquitectura modernista de guiño evidente a Gaudí.

La cubierta, revestida con trencadís, reproduce las curvas y los tonos de una pila de botellas descansando tras la segunda fermentación. No es un capricho estético: aquí todo gira alrededor del vino.

Los viñedos se abren paso alrededor del Cava & Hotel Mastinell.

El hotel —un cinco estrellas singular, más íntimo que ostentoso— cuenta con 13 habitaciones, cada una bautizada con el nombre de una uva local. Los ventanales circulares, como burbujas suspendidas, miran directamente al viñedo y permiten seguir la poda, la vendimia o simplemente el paso lento de las estaciones.

Dormir aquí es hacerlo literalmente sobre la bodega, conectada al hotel por un pasaje subterráneo que borra la frontera entre huésped y elaborador.

Despertar entre burbujas.

Mastinell, una bodega que maduró a su ritmo

La familia Valderrama adquirió la bodega hace dos décadas, cuando el cava era todavía el eje central del proyecto y el vino tranquilo llegaría más tarde. Hoy elaboran alrededor de 300.000 botellas al año, fruto de un trabajo paciente, casi obstinado, donde “todo ha madurado a la vez”.

La vendimia se realiza a mano, en cajas pequeñas —15 kilos— y en colaboración con viticultores que llevan más de 30 años trabajando con la casa. Macabeo, Xarel·lo y Parellada forman la base de los cavas clásicos; el Trepat da vida a un rosado que rompe con la idea antigua de rosados más tintos que rosados.

El cava descansando en su segunda fermentación.

Aquí se habla sin complejos de largas crianzas: 36, 60 meses… tiempos que convierten al cava en un vino profundamente gastronómico. “Un cava no se guarda, se vive”, dicen, reivindicando frescura y equilibrio incluso en los brut nature, con apenas 3 gramos de azúcar en el licor de expedición.

Mientras tanto, las barricas —que “descansan como en un hotel de cinco estrellas”— afinan los vinos tranquilos que completan la gama.

Los vinos que conforman la bodega de Cava & Hotel Mastinell.

Comer y cava por 45 euros

El relato se completa en la mesa. El restaurante En Rima no es un comedor de hotel al uso, sino un espacio abierto también al público local, donde la cocina catalana tradicional se sirve con técnica, producto y sentido del vino.

Al mediodía, el menú arranca en 45 euros, una cifra que sorprende —y convence— teniendo en cuenta el entorno, el nivel del producto y el acompañamiento líquido. Por la noche el gastronómico ofrece un menú degustación más elaborado y por un precio, también muy ajustado, de 89 euros.

Tras los fogones está Carlos Gassó, cocinero formado en casas como L’Avi Pau o el hotel Alfonso XIII de Sevilla, que ha vuelto a su tierra para cocinar con memoria y precisión.

Uno de los platos que se sirven en En Rima.

Hay producto local y de temporada, salsas con un delicado acento francés y un uso inteligente del vino en algunas elaboraciones. El sumiller acompaña, explica y afina los maridajes, porque aquí el cava no es un prólogo festivo, sino un hilo conductor.

También, mención aparte se merecen sus desayunos. Con una amplia selección de embutidos y quesos de la zona, completa el buffet un gran repertorio de fruta fresca y repostería a la que también se pueden sumar unos huevos fritos o tortilla recién hecha.

En Mastinell todo —arquitectura, bodega, cocina y paisaje— forma parte de un mismo discurso: el del cava entendido como cultura, territorio y placer cotidiano.

Dormir dentro de una “botella” es solo el principio. Lo verdaderamente memorable ocurre al despertar, copa en mano, cuando uno entiende que el Penedès también se puede habitar, masticar y beber despacio.