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Hacer croquetas de la manera tradicional pasa por preparar una bechamel espesa, esperar a que enfríe durante horas y rezar para que no se rompan al freírlas.
Pero Risa, la cocinera japonesa al frente de la cuenta de Instagram @yamamotokitchen, propone saltarse todos esos pasos con una versión que, según ella, resulta igual de adictiva, pero que es, de lejos, muchísimo más fácil que las croquetas de siempre.
"Hoy os enseño a preparar korokke, la croqueta japonesa, pero en mi versión con boniato", explica. Su receta requiere pocos ingredientes, no necesita reposo y está lista en poco más de 20 minutos.
Croquetas cremosas y ligeras sin bechamel
El truco de esta receta es hacer un cambio muy sencillo, en vez de la bechamel que lleva la croqueta española, esta korokke japonesa lleva puré de boniato.
El tubérculo, una vez aplastado, se convierte en una masa cremosa que actúa como aglutinante del relleno, sin necesidad de harina ni leche ni mantequilla, por eso resulta mucho más ligera y fácil de digerir.
Desde el punto de vista nutricional, el boniato es una fuente notable de fibra, betacaroteno -un pigmento precursor de la vitamina A que le confiere su color anaranjado- y vitaminas del grupo B.
Según datos de la Fundación Española de la Nutrición, 100 g de boniato cocido aportan unas 86 kcal, frente a las 150-180 que puede sumar una porción equivalente de bechamel casera.
El resultado es una croqueta que, pese a estar frita, puede considerarse más ligera que su prima española.
Para que las croquetas no absorban grasa
Uno de los errores más comunes al freír croquetas, da igual si son españolas o japonesas, es utilizar el aceite a una temperatura inadecuada.
Si el aceite no tiene temperatura suficiente, la masa absorbe grasa y el resultado es un bocado pesado que nos estará repitiendo durante horas.
Los cocineros profesionales recomiendan que el aceite esté a 170-180 °C, que es la temperatura adecuada para que la masa se caliente por dentro y el exterior se dore sin quemarse.
Ingredientes para hacer croquetas de boniato
- Boniato, 500 g
- Mantequilla, 15 g
- Sal, aprox. 4 g
- Cebolla picada, ½ ud
- Carne picada (de cerdo, ternera o mezcla), 200 g
- Nuez moscada, al gusto
- Pimienta negra, al gusto
- Huevo batido, 1 ud
- Harina de trigo, cantidad suficiente
- Panko o pan rallado, cantidad suficiente
- Aceite de girasol para freír, cantidad suficiente
Paso 1
Pelamos el boniato, lo cortamos en trozos grandes y lo cocinamos en el microondas, tapado con papel film que habremos perforado en algunos puntos, durante unos 8-10 minutos o hasta que esté completamente tierno. También podemos cocerlo en una olla o asarlo en el horno o en la freidora de aire.
Paso 2
En una sartén con la mantequilla, salteamos la cebolla picada a fuego medio hasta que quede transparente.
Paso 3
Añadimos la carne picada a la sartén y cocinamos hasta que pierda el color rosado. Sazonamos con sal, pimienta negra y una pizca de nuez moscada. Retiramos del fuego y dejamos que se enfríe un poco.
Paso 4
Aplastamos el boniato con un tenedor o un pasapurés hasta obtener un puré sin grumos.
Paso 5
Mezclamos el puré de boniato con el sofrito de carne y cebolla hasta conseguir una masa homogénea.
Paso 6
Damos forma a las korokke con las manos, pueden ser algo más grandes que una croqueta española.
Paso 7
Rebozamos cada pieza, primero por harina de trigo, después por huevo batido y, por último, por panko o pan rallado, asegurándonos de que queden bien cubiertas.
Paso 8
Freímos en abundante aceite caliente (170-180 °C) hasta que las korokke estén doradas y crujientes por todos sus lados. Escurrimos sobre papel absorbente o sobre una rejilla.
Paso 9
Servimos calientes acompañadas de una salsa rápida que haremos mezclando salsa inglesa con un poco de kétchup.
Otras 'croquetas' en el mundo
La croqueta, tal y como la conocemos, tiene raíces francesas, pero su expansión por el mundo ha generado versiones tan diversas que apenas guardan parecido entre sí.
En los Países Bajos, la kroket es un imprescindible del recetario callejero; consiste en un cilindro alargado relleno de ragú de carne que se vende en máquinas expendedoras automáticas (las célebres FEBO) y se sirve en pan de hamburguesa.
En Portugal, los pasteis de bacalhau , aunque más parecidos a nuestros buñuelos, comparten el mismo espíritu de masa salada y frita.
En América Latina también abundan los parientes cercanos. Las coxinhas brasileñas rellenan una masa de harina de trigo con pollo deshilachado y queso crema; en Cuba, las croquetas de jamón se sirven como merienda callejera, a menudo dentro de un pan a modo de bocadillo.
Mientras tanto, en Japón, las korokke llegaron con la influencia culinaria occidental durante la era Meiji (finales del siglo XIX) y se adaptaron rápidamente al paladar local: la patata o el boniato sustituyeron la bechamel, y el panko reemplazó al pan rallado fino europeo.
Lo que comenzó como una imitación se convirtió en un plato popular que hoy se consume a diario en hogares, izakayas y konbinis de todo el archipiélago.
En España, la croqueta es casi un asunto de Estado. Cada familia defiende su receta como si fueran suyas. Cada bar exhibe las suyas como carta de presentación y, no nos engañemos, la calidad de las croquetas de un local siempre es una de las mejores pistas sobre la calidad del resto de la carta.
