Los zumos y batidos verdes se han convertido en un símbolo de vida saludable, pero para que cumplan su papel, es conveniente tener en cuenta una serie de recomendaciones a la hora de elaborarlos y, después, tomarlos.
Fernando Sánchez chef de formación y nutricionista por vocación, lleva años investigando la relación entre cocina, metabolismo y salud hepática y sabe que no todo zumo vale y, en ciertos casos, la clave para que funcione está en algo tan sencillo de hacer como una infusión.
“Un zumo, incluso uno natural, puede generar picos glucémicos si no se formula bien. Y esos picos son inflamatorios”, explica. La solución que propone no pasa por demonizar la fruta, sino por acompañarla inteligentemente. “Mezclar los zumos con infusiones específicas ayuda al cuerpo a metabolizar mejor los azúcares y evita subidas bruscas de glucosa”.
Para Fernando Sánchez, todo empieza y termina en el hígado. Lo define como "una gran planta de reciclaje. Todo lo que comemos pasa por ahí, y si lo sobrecargamos, el sistema se colapsa”.
El glutatión, tu gran amigo
En ese proceso, hay un nutriente estrella: el glutatión, uno de los antioxidantes más potentes presentes en los alimentos. “Es el gran operario del hígado”, señala.
Se encuentra en altas concentraciones en vegetales de invierno como las crucíferas (coles, brócoli), las liláceas (ajo, cebolla, puerro), las hojas verdes (espinacas, apio, espárragos, pak choy) y también en la remolacha, que además tiene un índice glucémico bajo y “ayudan al hígado a hacer su trabajo sin forzarlo”, resume.
Repollo.
Los cítricos y las frutas aportan vitaminas y antioxidantes, pero también azúcares naturales. “Si los tomamos solos, especialmente en formato líquido, entran muy rápido en sangre”, advierte Sánchez. Ahí es donde entran en juego las infusiones.
Plantas como la menta, el romero o el regaliz facilitan la metabolización hepática, mientras que el diente de león destaca por su potente efecto diurético, clave para eliminar toxinas por vía renal. “Las infusiones son el hilo conductor de la dieta. No son el plato principal, pero hacen que todo funcione mejor”.
Su recomendación es clara: preparar infusiones y usarlas como base líquida de los zumos. “Un zumo verde con espinaca, apio, algo de cítrico y una infusión de menta o romero es mucho más equilibrado que un zumo de fruta solo”.
Incluso admite un pequeño toque dulce, siempre con estrategia. “Puedes aromatizar la infusión con un poco de manzana o albaricoque deshidratado. Es una cantidad mínima de azúcar que no provoca picos glucémicos y mejora mucho el sabor”.
Beber para que el cuerpo fluya
A los zumos e infusiones suma ingredientes como la cúrcuma y el jengibre, por su efecto antiinflamatorio y antiséptico, y las grasas vegetales ricas en Omega-3, especialmente las semillas de lino. “Sustituir grasas animales por grasas vegetales de calidad es un alivio directo para el hígado”.
También insiste en lo que conviene evitar: alcohol, fritos, lácteos, productos ultraprocesados y alimentos ricos en fructosa añadida. “No tiene sentido querer desintoxicar si seguimos cargando el sistema”.
Entre sus consejos más curiosos está aplicar calor local en la zona del hígado tras las comidas. “Una compresa caliente durante 20 minutos actúa como vasodilatador y ayuda a movilizar toxinas. Es un gesto sencillo y muy efectivo”.
Frías o calientes, solas o mezcladas con zumos, las infusiones ocupan un lugar central en la filosofía de Fernando Sánchez. “Son como el lubricante de un motor. No hacen el trabajo pesado, pero permiten que todos los engranajes metabólicos giren con suavidad”.
En un mundo de soluciones rápidas y modas nutricionales, su propuesta destaca por algo poco habitual: sentido común culinario y conocimiento fisiológico. Y una idea que resume toda su visión: no se trata de añadir más, sino de combinar mejor.
