Cristina lo tuvo claro el día que Fernando la llevó a cenar a La Tagliatella por su undécimo aniversario. Aquella pasta carbonara con nata fue el colmo de una muerte más que anunciada.
"Ahí supe que la relación había terminado", asegura esta sevillana de 31 años. La pizza Ibérica fue testigo de la decepción de ella y la desgana de él. "Me daba igual dónde comer, es por lo que simboliza; en mi caso era ya un desgaste, era la nada, la ley del mínimo esfuerzo", recuerda.
Ir con tu pareja a La Tagliatella se ha convertido en un cliché, especialmente si es en San Valentín. Ya en 2019 la marca se anunciaba como el perfecto plan romántico, pero no ha sido hasta los últimos cinco años, al menos, cuando el restaurante se ha transformado en un auténtico meme viral del Día de los Enamorados. Y no precisamente positivo.
¿La razón? Este italiano suele arrasar en esta fecha y algunas personas lo interpretan como un síntoma de conformismo y desidia, de una relación desapasionada que obedece a rajatabla los mandamientos clásicos del amor —bombones, rosas rojas, velas, escapada a París—. Los estereotipos más burdos del supuesto buen amante.
En el lado contrario están quienes critican ese pensamiento, tachándolo de snob y clasista, una forma rápida de sentirse diferente y superior. ¿Hace falta ir a un restaurante recóndito y exclusivo para quererse de forma auténtica? ¿Está mal disfrutar con tu novio o novia de lo mainstream?
Y entre ambas opiniones se encuentra Alejandro Valledor (27 años, Tarragona), que se burla del tópico pero también forma parte de él. Este periodista e influencer publicó el año pasado unos vídeos de humor sobre las parejas que van a La Tagliatella y, paradójicamente, este 2026 la cadena lo ha contratado para que les promocione.
"Era cuestión de tiempo que la marca se uniese también al meme, han escuchado a los usuarios y lo han convertido en una acción de marketing", cuenta a Cocinillas. "A la gente quizá le cuesta entender que yo mismo puedo ir a cenar un día a La Tagliatella, pero no somos ni blanco ni negro, al final eso es ser humano", reflexiona.
Una pareja Tagliatella, ¿una pareja feliz?
A modo de estrategia publicitaria, La Tagliatella está intentando que la RAE registre el término pareja Tagliatella, transformando así la mofa en una propaganda perfecta, tal y como señalaba Alejandro.
Pero, ¿qué es exactamente una pareja Tagliatella? Según él y cualquiera que haya buceado un poco en Internet, es aquella pareja que viaja a Disneyland, lleva pijamas o zapatillas Samba a juego, colecciona charms para sus pulseras Pandora, se regala flores del Lidl, y va a ver las luces de Navidad porque es lo que toca, como en el vídeo tan comentado de Pantomima Full.
A ojos de la psicóloga sanitaria Elena Daprá, la pareja Tagliatella "describe una relación que se mueve en códigos compartidos, rutinas cómodas y rituales sociales reconocibles".
No obstante, esto no es algo negativo per se, ni tu novio es un simplón que no se esfuerza por crear momentos memorables: "No es una pareja sin amor ni sin profundidad necesariamente: es una pareja que encuentra estabilidad en lo conocido". "Es un estilo de relación, no un diagnóstico de calidad emocional", insiste.
Y lo más importante: "Un plan popular no es cutre por definición, lo que vuelve pobre a una experiencia es la falta de intención emocional; dejar de estar de verdad con el otro, que esos planes sustituyan una conexión real o se conviertan en una rutina automática".
A Cristina no le importaba que Fernando la llevase a La Tagliatella —de hecho, habían ido en otras ocasiones por el cumpleaños de él—, lo que le molestaba era que no tuviese en cuenta sus necesidades, que no cuidase el vínculo con ella.
En palabras de Daprá: "La salud de una relación no depende del tipo de restaurante al que vayáis, sino de cómo os habláis, cómo os cuidáis y cómo resolvéis los conflictos. Hay parejas muy originales infelices y parejas muy sencillas profundamente felices".
El negocio del amor (otra vez)
Cristina y Fernando podrían haber sido felices en La Tagliatella. "A veces quieres ir a Grecia y otras veces quieres ir a la zona de Grecia de Terra Mítica", bromea el filósofo y músico David G. Borrero.
Y agrega: "Un italiano auténtico es una zona de peligro. Es artesanal, es único. Eso no es tranquilizador. Necesitas una copia seriada, sin aristas: te dan lo que funciona porque han probado que funciona. La ilusión de una experiencia auténtica, sin los riesgos de una experiencia auténtica".
Sí, podrían haber sido felices. Podrían haber jugueteado con el tiramisú y haber brindado con sus Aperol Spritz; aunque eso no habría evitado que formasen parte de "un sistema que produce nuestras formas de deseo", en opinión de Alberto Santamaría, filósofo y autor de En los límites de lo posible. Política, cultura y capitalismo afectivo (Akal, 2018).
"Spaghetti con salsa carbonara", una imagen compartida en las redes sociales de La Tagliatella.
"El problema no es que alguien cene pasta en una cadena, el problema es el marco que convierte esa cena en la única gramática imaginable del afecto", desarrolla Santamaría.
O sea: está genial que quieras meterle mano a tu chico mientras comes lasaña recalentada, pero, ¿de dónde procede realmente ese deseo? ¿Por qué es lo primero —y a veces lo único— que te viene a la mente para celebrar vuestro idilio? ¿Y por qué hay que celebrarlo un día concreto y no otro cualquiera?
Pues porque es lo que te han vendido, es el discurso dominante. "El amor nunca ha sido una experiencia aislada de su contexto histórico: estuvo y está atravesado por la religión, por la familia, por el Estado. Hoy lo atraviesa el mercado", sentencia el escritor.
El consumo se ha convertido "en el lenguaje privilegiado para expresar afecto" y tú te subes al carro porque tienes "la necesidad de encajar en los patrones morales y comerciales", quieres formar parte de esa "extraña comunidad donde todos haremos lo mismo"; se vuelve "urgente y necesario" celebrar el 14 de febrero.
Pero, ¡ojo!, al mismo tiempo "se impone la parodia o la distancia irónica para habitar ese día con cierta desconfianza". "Es el síntoma de una época", dictamina Alberto. Otra vez, defensores y detractores, integrados y apocalípticos, el Viña y el AntiViña.
Entonces, ¿puedo comer mi pizza en paz?
Desde el punto de vista de la psicóloga Daprá, "el problema no es consumir cosas populares, sino hacerlo sin criterio, en piloto automático y sin reflexión": "Ahí sí hay más conformismo o menos pensamiento crítico; lo importante no es qué consumes, sino desde dónde lo eliges".
La pizza Ibérica de LaTagliatella.
Pero Santamaría considera que el asunto es mucho más complejo: "Desplazar el debate al terreno psicológico es una operación muy habitual que convierte una cuestión estructural en un asunto de actitud individual. Como si el capitalismo no produjera, precisamente, ese piloto automático".
Siempre será mucho más fácil acabar en La Tagliatella que en Casa Manoli: está en todas partes —más de 220 locales repartidos por España—, tiene precios contenidos, sabores seguros e infalibles, casi siempre hay hueco, y, sobre todo, han creado la necesidad de desearla.
Siempre será más sencillo dejarse llevar por lo masivo porque todo está perfectamente orquestado para que así sea. El cuerpo te pide amor de carbonara, igual que otras veces te pide ver Los Bridgerton o comprarte un maldito Labubu.
¿Eres peor por ello? ¿O sólo un perfecto hijo del sistema, y más pobre que una rata? "Este tipo de debate tan sólo sirve para 'jugar' con el hecho de las posibilidades sociales de cada uno", advierte Santamaría. "Y La Tagliatella se aprovecha de eso, aunque sea desde la propia ironía".
Por suerte, a su parecer, "nadie —absolutamente nadie— puede ser capitalista las 24 horas". "Persisten, en la trama de lo cotidiano, intersticios mínimos que no están completamente capturados por la racionalidad del mercado", afirma.
"En ellos se abre la posibilidad de ensayar una mirada crítica sobre el presente, de imaginar otras formas de relación y de sentido", promete el filósofo. Una mirada profunda para ver más allá de la zanahoria y no quedarse estancado en la pizza carbonara.
