El primero de abril, el Ejecutivo de Giuseppe Conte abría un resquicio de esperanza en los hogares italianos: el fin del confinamiento llegaría, previsiblemente, a primeros de mayo. Acto seguido, el chaparrón: en la nueva realidad de la pandemia por COVID-19, "nos olvidamos de las playas, los conciertos y los aperitivos". Una vez más, lo que aplica a Italia anticipa lo que muy probablemente ocurrirá en España: la llegada de las temperaturas veraniegas y su prolongación, como viene sucediendo, hasta entrado el otoño no nos permitirán volver todavía las vacaciones, los festivales y las terrazas. 

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La extensión del nuevo coronavirus SARS-CoV-2 es una crisis que se estudia en vivo y en directo, y los esfuerzos se centran tanto en contener los focos epidémicos que van surgiendo, como ha ocurrido en nuestro país, como en prevenir que se repita una tasa de contagios y hospitalizaciones tan catastrófica que lleve de nuevo al colapso hospitalario. Una expresión que se escucha a menudo es la de la "nueva ola de otoño". Se basa en presuponerle un comportamiento similar al de los virus más habituales, los catarros y gripes, que tienen su "temporada" en los meses fríos para luego remitir.

¿Será este el comportamiento del coronavirus? "No lo podemos saber", responde a EL ESPAÑOL el Dr. Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología y director del Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra, y divulgador a través de la cuenta de Twitter @microBIOblog. Al tratarse de una crisis en directo, el comportamiento epidemiológico del SARS-CoV-2 se ha analizado predominantemente en el invierno y el comienzo de la primavera en el hemisferio norte.

Hay indicios, sin embargo, de que el clima sí influye hasta cierto punto sobre la virulencia de la pandemia. Así lo recoge el Ministerio de Sanidad en su último documento de información sobre la COVID-19: "Investigadores de EEUU e Irán han observado una expansión geográfica mundial desde China a otras regiones con una distribución predominante en un corredor estrecho entre los meridianos 30-50 N´´, con patrones climáticos similares (5-11º C y 47-79% humedad)". Y ese corredor conecta, efectivamente, a Wuhan con Milán, Barcelona, Madrid y Nueva York.

Esto explicaría, ilustra el ministerio, que la pandemia se extienda más lentamente por la India que por China, pese a su cercanía y su densidad de población equivalente. Otro trabajo publicado en el Social Science Research Network postula que el coronavirus es "menos eficaz en los países húmedos y cálidos". El verano es cualquier cosa menos húmedo en España, pero a partir de junio se pueden alcanzar olas de calor de tres días a 37ºC, lo que podría, según el virólogo Luis Enjuanes, "bajar mil veces su capacidad de infección". Igualmente, las largas jornadas de sol son "antisépticas" contra los virus en superficie, explicaba otro especialista, Vicente Soriano.

Cada grado centígrado de más y cada 1% en temperatura ambiente extra reduce el R0 ('Ritmo reproductivo básico') del coronavirus. Y sin embargo, tanto la India como Brasil, con temperaturas de 25ºC, están ahora mismo confinando a sus ciudadanos. ¿Qué ha pasado? Que el clima ha podido ralentizar la extensión, pero no ha podido evitar por sí solo que estas sociedades alcancen el R1, el momento en el que cada contagiado transmite la enfermedad a por lo menos una persona más. No es el terrible R4 que ha llegado a padecer España, pero es suficiente como para declarar -o mantener- un estado de alarma por epidemia.

Tres escenarios posibles

"Es complicado comparar lo que ocurre con virus con los que llevamos mucho tiempo conviviendo, y hay una inmunidad previa, con lo que pasa con un virus nuevo y pandémico para el que todos somos susceptibles y no hay inmunidad previa", valora López-Goñi. Si la aridez -que facilitaría el contagio de persona a persona, pero reduciría la vida en superficie del virus-, las altas temperaturas y las horas de rayos UV del verano ibérico atenuarán al SARS-CoV-2, nadie lo sabe aún. "Es más un esperanza que una certeza", apunta el microbiólogo.

Los tres escenarios que se pueden presentar, en su criterio, serían los siguientes:

- Que el coronavirus desaparezca

Puede parecer un planteamiento absurdo, pero es lo que ocurrió con otro coronavirus de 'fama' mundial, el SARS-CoV. Entre 2002 y 2003, infectó a más de 8.000 personas y causó 900 muertes, pero no ha vuelto a dar señales de vida. El motivo, explican desde la Organización Mundial de la Salud, es que era menos contagioso que su 'primo' actual y los síntomas de la enfermedad respiratoria que provocaba eran más fáciles de diagnosticar, por lo que los pacientes se aislaron rápidamente hasta imposibilitar su difusión. Vista la facilidad de contagio incluso entre asintomáticos del SARS-CoV-2, este escenario es hoy "improbable" según el catedrático.

- Que se convierta en virus estacional

En este escenario, las progresivas mutaciones del SARS-CoV-2 bajo las condiciones de las semanas venideras pueden conducirle a una atenuación. En un artículo anterior ya abordamos cómo puede esta ser una estrategia beneficiosa para el virus, al que no le 'interesa' acabar rápidamente con sus anfitriones. Varios de los patógenos que saltaron de los animales al hombre en fecha reciente, como las gripes de tipo A o la H1N1, se han terminado sumando a las gripes invernales. Siete de los cuatro coronavirus más frecuentes, según un artículo publicado en The Journal of Infectious Diseases, tienen un comportamiento estacional invernal.  

- Que se produzcan nuevas oleadas

Es, sin duda, el escenario más incierto y el menos deseable. Pero, según López-Goñi, hay que estar preparado para ello: "Puede, al ser pandémico y no estar en condiciones similares a resto de virus, producir alguna oleada u oleadas en los próximos meses, con una intensidad que dependerá del nivel de inmunización de la población general".

Es por eso que juega un papel fundamental el ensayo aleatorio con tests serológicos que planea llevar a cabo el ministerio de Sanidad y que pretenden revelar cuántos españoles han tenido contacto con el coronavirus y han desarrollado anticuerpos. La cifra puede variar de cientos de miles a varios millones.