Los seres humanos vivimos expuestos al ruido de forma constante. El tráfico rodado, los aviones, los ferrocarriles, la música de los locales nocturnos y las obras suelen ser las fuentes más habituales de contaminación acústica. La exposición prolongada a un número excesivo de decibelios puede llegar a provocar distintos problemas de salud que van desde la pérdida de audición hasta alteraciones en el sueño, ansiedad, problemas cardiovasculares y, en los casos más graves, desórdenes mentales. De hecho, la OMS considera que se trata de "uno de los principales riesgos tanto para la salud mental como la física y el bienestar".

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La pérdida de oído es uno de los problemas más habituales cuando nos exponemos a sonidos demasiado elevados. "La pérdida de audición inducida por el ruido puede ocurrir de una sola vez por un sonido intenso e impulsivo, como el de una explosión. También puede ocurrir poco a poco por la exposición continua a sonidos fuertes, como los ruidos generados en una carpintería", señala el Instituto Nacional de Sordera y otros Trastornos de la Comunicación de Estados Unidos, organismo dependiente del Instituto Nacional de Salud (NIH, en sus siglas en inglés). 

Según esta institución, la pérdida de audición suele producirse ante la "exposición repetida" o "durante mucho tiempo" a sonidos de 85 o más decibelios (dB). Para hacernos una idea: las motocicletas, por ejemplo, suelen generar un ruido de entre 80 y 110 dB; y el sonido producido por unos auriculares normales al máximo volumen puede llegar a situarse entre los 94 y 110 dB. "Cuanto más alto sea el sonido, más rápido se desarrolla la pérdida de audición inducida por el ruido", advierte el organismo. 

La perturbación del sueño es otro de los problemas más habituales ante la contaminación acústica constante. Cuando esta interrupción se vuelve crónica, los problemas que experimentan las personas van desde los cambios de humor a la disminución del rendimiento físico y mental. Buena parte de las investigaciones sobre la contaminación acústica se han realizado sobre los efectos que tiene para la salud el ruido del tráfico. De hecho, existen evidencias científicas que apuntan que un ruido de 30 dBA ya provoca perturbaciones del sueño. Estas perturbaciones además traen aparejados otros problemas como un incremento de la presión arterial, vasoconstricción, arritmias, etcétera.

Pero la cosa no acaba aquí. Tal y como explica el informe Ruido y Salud, elaborado por el Observatorio de Salud y Medio Ambiente de Andalucía, existe una "creciente evidencia" de que el exceso de sonido puede acabar teniendo efectos perjudiciales sobre la salud cardiovascular. "Estos efectos empiezan a ser observados con exposiciones diarias a largo plazo a niveles de ruido por encima de 65 dB o con exposiciones agudas a niveles de ruido por encima de 80-85 dB", señala el trabajo. "Las exposiciones agudas al ruido activan las respuestas nerviosas y hormonales, conduciendo a incrementos temporales de la presión sanguínea, tasa cardíaca y vasoconstricción", añade. Algunos trabajos han llegado a alertar de que la exposición crónica al ruido puede estar asociada con el riesgo de infarto de miocardio.

Efectos hasta antes de nacer

Pero, más allá de las consecuencias de la sobreexposición al ruido para los adultos, este exceso supone también un problema para los no nacidos, según señala el citado informe andaluz. Así, el sonido se transmite muy dentro del ambiente uterino, y tiene impacto en el feto porque la cóclea y las terminaciones periféricas sensoriales son órganos que completan su desarrollo normal en la semana 24 de gestación. 

Así, la exposición a ruido excesivo durante el embarazo puede resultar en pérdida auditiva a alta frecuencia en los recién nacidos y puede estar asociada con retardo en el crecimiento intrauterino y prematuridad. Hay estudios que han documentado una pérdida de audición en niños cuyas madres estuvieron expuestas a ruido durante el embarazo. Por hablar de cifras concretas, exposición de 65 a 95 dB durante ocho horas al día multiplican por tres el riesgo de tener un niño con pérdida de audición. 

Aunque la contaminación acústica no se considera una causa de enfermedad mental, sí se asume que acelera e intensifica el desarrollo de desórdenes mentales latentes. En concreto, puede contribuir a los siguientes efectos adversos: ansiedad, estrés, nerviosismo, náusea, dolor de cabeza, inestabilidad emocional, tendencia a la discusión, impotencia sexual y hasta psicosis. 

Niveles de ruido por encima de 80 dB -afirma el trabajo del centro andaluz- se asocian con incrementos en el comportamiento agresivo y decrementos en el comportamiento de ayuda a los otros.