Es el debate del año. Las redes arden y se polarizan respecto a la legitimidad de la cultura pop para adueñarse de la conversación social. Desde que en Operación Triunfo (TVE), María Villar frunciese el ceño tras escuchar el primer mariconez -palabra del año- hasta Álex Grijelmo se ha visto en la necesidad de opinar sobre la conveniencia de emplear dicho término en 2018.

Pueden gustarnos más o menos, pero estos espacios culturales (porque lo son) crean un debate del cuál no está exento nadie, ni siquiera el creador de la Fundéu. Quienes defienden una supuesta alta cultura pueden pecar de pedantería: tener una biblioteca personal o una familia que acostumbre a visitar museos no es una realidad universal.

Por eso es tan importante lo que Élite, el pelotazo español del año en Netflix, ha conseguido con la subtrama de Marina (María Pedraza). Ella es una adolescente seropositiva de clase acomodada que se forma en las exclusivas aulas del colegio privado Las Encinas. A excepción de los habitantes de China, Siria, Corea del Norte o la península de Crimea, cualquier telespectador del mundo con acceso a esta plataforma tiene a través de su historia acceso a una realidad -la infección por VIH- que afecta a 35 millones de personas en todo el mundo.

Isabel Vázquez, guionista y crítica televisiva, tuiteaba recientemente que el drama de Netflix "consigue ser exactamente lo que se propone", y que esto representaba una hazaña para Élite. Carlos Montero, cocreador de la serie junto a Darío Madrona, respondió agradecido al piropo.

Ellos entienden cuál es su producto a la perfección, y no se acomplejan a la hora de admitir cuál es su target de audiencia. Pero este factor no impide crear algo positivo durante el camino. Montero ya lo hizo con Física o Química: el personaje de Fer (interpretado por Javier Calvo) profundizó en la realidad del colectivo LGBT en la ficción española.

En el caso de Élite, la cruzada personal de sus creadores ha sido trasladar el VIH a millones de usuarios mediante la plataforma de Reed Hastings, y lo hace desde varios enfoques interesantes. El más importante de ellos es el claro conflicto de clases sobre el que se sustenta la propia trama.

"El VIH es una enfermedad que se ha asociado durante mucho tiempo a las clases marginales", explica Darío Madrona. "Nos interesó la idea de asignarla a un personaje de clase alta y ver lo que eso supondría". A los guionistas les motivaba dar visibilidad a una condición que continúa estigmatizada. "Gracias a personas cercanas a nosotros, la tenemos muy presente. Nos dimos cuenta de lo poco que se habla de ella y de lo censurada que está. Parece que no existe".

"A Pablo le gustaban las niñas pijas. ¿O cómo crees que se contagió?"

La cultura es un arma, y en el caso del VIH no ha sabido atacar más allá de su supuesto nicho de mercado... hasta ahora. Los ejemplos más destacados de la representación de seropositivos en cine y televisión los encontramos en The Normal Heart y Pose. Ambas son creaciones de Ryan Murphy, y se centran en la comunidad homosexual (ligeramente normalizada) y transgénero (rechazada hasta por estos últimos) de los años 70 y 80. Su público objetivo está claro. Algo parecido sucede con la oscarizada Dallas Buyer Club: el seropositivo no suele ser heterosexual. En España tenemos el caso de Todo sobre mi madre. La Hermana Rosa de Penélope Cruz solo contrae el virus tras acostarse con un transexual.

Élite se encarga de desterrar un mito que, como se ve, continúa siéndolo. El VIH puede transmitirse a cualquier persona que tenga relaciones sexuales sin protección, mediante contacto sanguíneo o vía materno-infantil, siempre que el feto entre en contacto con el virus. La serie recalca que la infección no entiende de orientaciones sexuales o de clases sociales, tal y como le recuerda Marina a su familia. "Al VIH le importa una mierda cómo de grande sea tu casa".

Su entorno de clase alta no conoce su infección. Su hermano Guzmán cree que "es una enfermedad de pobres"; la madre mezcla alcohol con ansiolíticos para enfrentarse al tratamiento diario de antirretrovirales de su hija.

Este último es otro punto destacable: la normalización de la medicación. Aunque no existe una vacuna preventiva, la Fundación Lucha contra el Sida indica que "los tratamientos antirretrovirales existentes impiden la multiplicación del virus en el organismo". La infección no se elimina, pero los medicamentos impiden que el VIH alcance su estado final, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida o sida. Marina se muestra ante millones de espectadores medicándose con normalidad, sin alterar su anterior estilo de vida. Su esperanza de vida será igual que la del resto de sus compañeros... a menos, claro está, que alguien le golpee violentamente con el trofeo de fin de curso.

"Me estoy medicando, soy indetectable"

Punto polémico en el capítulo 3. Marina opta por ser sexualmente activa y acostarse con el chico malo de rigor, Nano (Jaime Lorente), sin soltar prenda sobre su condición médica. ¿Le está transmitiendo el VIH a sabiendas?

Con el tratamiento antirretroviral prescrito, el VIH puede llegar a niveles indetectables en sangre, con lo que se reducen las posibilidades de transmisión. El último consenso científico es claro: si se siguen correctamente las indicaciones farmacológicas, el riesgo de transmisión es cero. Esto solo es posible en países con un acceso constante a la medicación. Europa del Este, Asia Central y la África subsahariana quedan excluidos de esta categoría.

Nano no contraerá el virus. Pese a todo, informar a una posible pareja de que va a incurrir en una práctica de riesgo es clave para acabar con el estigma de las relaciones afectivo-sexuales con seropositivos. Situándonos en contexto, el guión tiene licencia libre para que sus personajes puedan cometer errores. Pero, ¿dónde está la frontera entre la libertad de escritura y la responsabilidad social en la ficción?

"No podemos pretender que la gente tome nuestra serie como un material didáctico, porque si no solo tendríamos personajes que toman decisiones adecuadas", argumenta Madrona. "Sabíamos que había términos que debíamos evitar, como 'contagio'". [Esto último es una reivindicación de los colectivos de lucha contra el sida: se prefiere el uso de 'transmisión']. "No lo hicimos porque pensábamos que desde un punto de vista de guión tenía sentido que los personajes se expresasen de una determinada manera", aclara.

El autor reconoce que no acudieron a fuentes expertas a la hora de plasmar esta subtrama sobre el guión. "En el fondo la información que damos en la serie es muy básica, nada complicada. Es lo que debería saber todo el mundo, de modo que no necesitábamos hacer un gran trabajo de documentación".

En España no está legalizado el uso de la profilaxis preexposición o PrEP. Se trata de un medicamento antirretroviral indicado para personas que no tienen VIH. Si se toma de forma consistente, tiene una efectividad de casi el 100% para evitar la transmisión del VIH, de acuerdo con BCNCheckPoint. Si Élite se hubiese ambientado en Estados Unidos, Nano podría tomar esta precaución. Pero en el exclusivo colegio madrileño de Las Encinas, por el momento, no es accesible.

De acuerdo con el portal TV Time y su Binge Report, Élite se situa en estos momentos como la serie más consumida vía streaming a nivel mundial por tercera semana consecutiva. Todo un hito para la ficción española que maximiza las repercusiones que un tema tan serio como el VIH pueda tener en espectadores de todo el mundo. Afortunadamente, el consenso entre crítica y público es claro: Las Encinas es un buen lugar para concienciarse sobre el sida.

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