La historia de aberraciones en la experimentación con fines médicos es larga, sobre todo en el siglo XX y especialmente si le añadimos unos toques de racismo y de homofobia. A menudo a los responsables se les elogió en su tiempo como visionarios e innovadores que luchaban por el progreso de la humanidad, mientras que hoy en día nos escandalizamos por su falta de ética y de humanidad.

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Robert Galbraith Heath podría tener un lugar destacado en un hipotético museo de los horrores que recogiera estas prácticas. Desde finales de los años 40 estuvo al frente del departamento de Psiquiatría y Neurología de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, y durante décadas cometió todo tipo de despropósitos que tuvieron como denominador común el implante de electrodos en el cerebro de sus pacientes para recibir descargas eléctricas.

En teoría, el método servía para curar de todo, desde la esquizofrenia hasta la homosexualidad, que según los cánones de la época también debía ser curada. Para Heath la esquizofrenia era una especie de alergia que tenían las personas en su propio cerebro y se puso manos a la obra para intentar solucionarla.

Empezó a hacer los experimentos a base de descargas eléctricas de pacientes afroamericanos sin su consentimiento y llegó a una conclusión: la causa de la esquizofrenia era una sustancia llamada taraxenía. Para demostrar su hallazgo supuestamente inyectó esta sustancia en pacientes sanos –en efecto, todo muy ético– y les provocó los mismos síntomas de los esquizofrénicos.

Durante algún tiempo esto se consideró un gran descubrimiento, pero hoy en día se sabe que en realidad la taraxenía no existe. Heath se la inventó y si las personas sanas que participaban en sus experimentos mostraron síntomas de esquizofrenia, probablemente fue una autosugestión para complacer al doctor, que esperaba que tuvieran exactamente ese comportamiento para comprobar su teoría.

No obstante, su paciente más famoso fue conocido en la literatura médica como B-19, un hombre homosexual de 24 años. El psiquiatra de la Universidad de Tulane estaba convencido de que había conseguido cambiar su orientación sexual o al menos así trató de explicarlo en un artículo publicado en 1972 en la revista científica Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry.

De los electrodos a la prostitución

Para ello le puso a ver películas porno heterosexuales mientras le aplicaba descargas eléctricas en la zona del cerebro conocida como septum, relacionada con el placer. Según Heath la idea fue un éxito porque el paciente mostró “ciertas conductas de hombre”. Para confirmar que ahora le gustaban las mujeres contrató a una prostituta y todo fue satisfactorio, al menos para el doctor: “A pesar del entorno y del estorbo que suponían todo el tiempo los cables de los electrodos, eyaculó con éxito”.

Como prueba añadida alegó que posteriormente B-19 mantuvo durante meses una relación con una mujer casada. ¿Había dejado de ser homosexual? En realidad no, ya que durante ese tiempo también había tenido encuentros con hombres. Sin embargo, el psiquiatra opinaba que eso no invalidaba la efectividad de su método. El trabajo de Heath, fallecido en 1999, ha quedado para la historia de la medicina como un caso de estudio  acerca de los límites éticos de la experimentación científica.

Testimonios de algunos de sus compañeros en la universidad y de personas que sufrieron al pasar por sus manos sirvieron para poner en cuestión sus prácticas cuando, junto con él mismo, el siglo XX ya estaba agonizando.

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