Muchas de las enfermedades que conocemos llevan el nombre de su descubridor hasta que se convierte en una palabra tan común que nos olvidamos del médico que las describió. Es el caso de Alois Alzheimer o de James Parkinson.

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Cuando la dolencia es menos habitual, seguimos diciendo delante "enfermedad de", y de esto hay muchos ejemplos. Uno de ellos es la enfermedad de Addison, un trastorno que ocurre cuando las glándulas suprarrenales no producen suficientes hormonas y que afecta a unas cuatro personas de cada 100.000.

Situadas justo encima de los riñones, estas glándulas son muy importantes porque producen hormonas que responden al estrés, regulan la presión sanguínea y el equilibrio entre agua y sal en el cuerpo.

Aunque puede haber otras causas, generalmente se produce por un problema del sistema inmune, que ataca las glándulas suprarrenales por equivocación. Esto provoca pérdida de peso, debilidad muscular, fatiga, baja presión arterial y manchas en la piel. Si no se trata, puede llegar a ser mortal.

El descubridor de esta patología fue Thomas Addison, un científico inglés apasionado de la dermatología y que, además de ponerle su nombre a dicha enfermedad en 1855, pasó a la historia por muchos más hallazgos.

Primero hay que contar los que se derivan de ese descubrimiento. Así, está la crisis de Addison, que ocurre cuando una persona que padece la enfermedad sufre un episodio agudo que pone en riesgo su vida por baja presión arterial y bajos niveles de azúcar, además de niveles altos de potasio.

También está el addisonismo, cuando un paciente tiene síntomas parecidos a los de la enfermedad pero que se deben a otra causa.

Asimismo, la adrenoleucodistrofia o síndrome de Addison-Schilder es una enfermedad metabólica hereditaria rara que provoca una acumulación de ácidos grasos saturados que acaba desembocando en síntomas similares a los de la enfermedad de Addison.

Por el contrario, la anemia perniciosa es un resultado secundario de la enfermedad descrita por el médico inglés aunque también puede estar provocada por otras enfermedades. Su principal característica es la falta de vitamina B12.

Además, Thomas Addison realizó contribuciones muy importantes sobre otras dolencias, por ejemplo, la apendicitis. No es que la descubriese, pero fue uno de los primeros investigadores que la describió con precisión, sentando las bases para poder tratarla.

Lo mismo se puede decir al menos de otras tres patologías: la enfermedad de Alibert, también llamada queloide de Addison, que se caracteriza porque la piel se llena de manchas rosadas y púrpuras; el síndrome de Allgrove, falta de lágrimas por un defecto congénito; y la enfermedad de Rayer, que presenta falta de pigmentación, ictericia (coloración amarillenta) y hepatoesplenomegalia (aumento del tamaño del hígado y del bazo).

Con este currículum no es de extrañar que el doctor Addison se convirtiera en una eminencia en el Guy's Hospital de Londres, donde desarrolló gran parte de su carrera, y que muchos alumnos de medicina se pegaran por asistir a sus conferencias, que dicen que eran brillantes.

Pero quizá llevaba una vida demasiado intensa, ya que en 1860 se retiró, explicándoles a sus alumnos que lo hacía "ante el agobio, las responsabilidades y la emoción de mi profesión". Lo que le sucedía es que sufría una grave depresión, tanto que poco después se suicidó de una manera un poco extraña.

Una muerte inusual

Eugenio Manuel Fernández explica en Eso no estaba en mi libro de Historia de la Ciencia que a sus 67 años decidió saltar al vacío "desde una altura no muy grande (unos tres metros, dicen), pero al caer de cabeza se fracturó la parte frontal del cráneo", y murió en el acto.

La prensa de la época recogió su fallecimiento así: "Estaba caminando en el jardín con sus asistentes, cuando fue llamado a cenar. Caminó hasta la puerta principal, pero luego se lanzó repentinamente sobre una pared, a una distancia de casi tres metros, y cayó de cabeza".

Y además de describir su suicidio tampoco se cortaron un pelo en diagnosticar al rey de los diagnósticos: "Padecía de una forma de locura llamada melancolía, que provocaba que su cerebro trabajase de más", según el Brighton Herald.

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