El más célebre defensor de la idea de la evolución biológica a través de la selección natural tenía buena boca. Un naturalista de su talla debía estudiar a fondo las especies, así que no se podía conformar con observar, tocar, escuchar y oler los animales que se encontraba, también tenía la obligación de catarlos. O simplemente le gustaba comer, vaya usted a saber.

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El caso es que Charles Darwin se merendaba todo lo que se movía. Ya en su juventud perteneció al Gourmet Club de Cambridge, una sociedad gastronómica que algunos rebautizaron jocosamente como The Glutton Club, el club de glotones. Sus objetivos eran bastante explícitos: "Degustar todos y cada uno de los pájaros y bestias que han sido conocidos por el paladar humano", o al menos así se lo prometían a sus miembros, que se reunían cada semana.

Entre los manjares que cocinaban y Darwin se llevó a la boca estaba el halcón, una especie de garza conocida como avetoro y uno que se le indigestó, el búho. Probablemente esa mala experiencia le hizo abandonar el grupo, pero sus experimentos culinarios no habían hecho más que empezar, porque su famoso viaje en el Beagle, entre 1831 y 1836, le iba a ofrecer un menú incomparable.

En el continente americano comió armadillos, cuyo sabor se parecía mucho al del pato, según relató el naturalista. Sin embargo, le gustó mucho más "un roedor grande de color chocolate", que probablemente fuese un agutí o un capibara: "La mejor carne que probado nunca", aseguró. Y hasta ingirió un puma, aunque parece que en ese caso lo hizo sin darse cuenta, puesto que pensó que era carne de ternera, según algunas fuentes, o un venado, según otras.

El episodio gastronómico más curioso de la travesía es el de un ave desconocida hasta entonces que acabó por llamarse ñandú de Darwin. El científico inglés, que la llamaba "avestruz" porque tiene un cierto parecido, la buscó durante meses en la Patagonia y cuando se dispuso a comerla pensó que se trataba de un ñandú común.

Sin embargo, se dio cuenta de que se trataba de una especie diferente tras finalizar su banquete, así que recogió las sobras –cabeza, cuello, alas, patas, plumas y piel-, las empaquetó y las mandó a Londres, donde taxonomista John Gould montó los restos y le puso nombre en su honor: Rhea darwinii.

La Rhea Darwinii, reconstruida a partir de sus sobras.

LAS TORTUGAS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

Su estancia en las islas Galápagos es uno de los episodios más fructíferos del viaje, no solo en el terreno científico, que fue decisivo para darle forma a sus ideas sobre la evolución, sino también desde el punto de vista alimenticio. El Beagle permaneció cinco semanas en el archipiélago y se aprovisionó de decenas de tortugas gigantes que acabaron transformadas en sopa y filetes para el resto de la trayectoria.

Al parecer uno de esos ejemplares llegó hasta Gran Bretaña y más tarde fue trasladado a Australia y murió en 2006 convertido en el animal más viejo del mundo, con 176 años. Si la historia es cierta, fue un quelonio muy afortunado, puesto que Darwin decía que la carne de esas tortugas era "exquisita" y la base de su dieta en las Galápagos junto con la carne de iguana.

Sin embargo, no todas las experiencias gastronómicas fueron tan positivas. En su autobiografía encontramos una anécdota bastante repugnante: "Ofreceré una prueba de mi entusiasmo: un día, mientras arrancaba la corteza de un viejo árbol, vi dos extraños escarabajos y capturé uno con cada mano; entonces vi un tercero, de un nuevo tipo, que no podía permitirme perder, de modo que me metí en la boca el que sujetaba con la mano derecha. ¡Ay! Expulsó un líquido intensamente acre que me quemó la lengua y que me obligó a escupir el escarabajo que, por cierto perdí, igual que el tercero".

¿Había alguna inquietud científica en esta obsesión por comer animales extraños? Uno de sus discípulos aseguró que sí: analizar los sabores de cada especie descubierta podía ayudar a establecer su linaje, al igual que la comparación anatómica.

Sobre la dieta de este revolucionario científico hay mucha información, pero también falsos mitos muy populares, como que se comió al último pájaro dodo en Madagascar. En cualquier caso, algo queda de su curiosa afición. El Día de Darwin –el 12 de febrero, fecha de su nacimiento- se celebra en Cambridge y otros lugares del mundo la Phylum Feast, que consiste en comer animales de la mayor cantidad de categorías taxonómicas (Phyla) que sea posible.

Invitación a un banquete Phylum. Dan Burbridge. Flickr.