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Acariciar a un gato durante mucho rato puede parecer una forma evidente de reforzar el vínculo con él. Sin embargo, en los felinos más contacto no significa necesariamente una relación mejor. Los estudios sobre comportamiento recomiendan justo lo contrario: hacer pausas frecuentes y dejar que sea el propio gato quien indique si quiere continuar.

Una de las investigaciones más claras sobre esta cuestión analizó qué ocurría cuando las personas recibían unas pautas muy sencillas para relacionarse con gatos desconocidos. La regla principal consistía en proporcionar al animal elección y control sobre la interacción: permitirle acercarse, evitar perseguirlo si se marchaba y detener las caricias cada pocos segundos para comprobar si buscaba más contacto.

En concreto, los investigadores recomendaban hacer una pequeña pausa después de unos tres a cinco segundos de caricias. Si al detenerse el gato volvía a frotarse contra la mano o buscaba contacto, podía interpretarse como una señal de que quería continuar. Si no lo hacía, la recomendación era dejarlo tranquilo.

El resultado fue significativo. Cuando las personas siguieron estas pautas, los gatos mostraron más comportamientos afiliativos y menos agresividad y señales de conflicto que durante interacciones en las que los humanos actuaban con mayor libertad. Es decir, respetar la decisión del animal mejoró la calidad observable del encuentro.

Los gatos prefieren controlar cuánto dura el contacto

La explicación tiene que ver con la forma en la que los gatos gestionan sus relaciones sociales.

Las guías de la American Association of Feline Practitioners y la International Society of Feline Medicine señalan que muchos gatos prefieren interacciones frecuentes pero de baja intensidad, precisamente porque ese modelo les permite iniciar, moderar y finalizar el contacto.

También se ha observado que las interacciones entre gatos y propietarios suelen durar más cuando es el propio gato quien las inicia. Una revisión sobre sociabilidad felina encontró que los animales permanecían durante más tiempo en contacto cuando habían sido ellos quienes se habían acercado al humano, frente a las situaciones en las que era la persona quien iniciaba la interacción.

Eso no significa que los gatos rechacen las caricias. Muchos buscan activamente el contacto con sus cuidadores y pueden disfrutar enormemente de él. La diferencia está en que sus preferencias individuales varían mucho y no siempre coinciden con lo que una persona interpreta como afecto. Incluso las zonas del cuerpo importan.

Las guías veterinarias indican que la mayoría de los gatos acepta mejor las caricias alrededor de la cabeza y el cuello, especialmente cerca de las mejillas y las glándulas faciales. En cambio, tocar el abdomen o determinadas zonas próximas a la base de la cola puede provocar más respuestas de incomodidad o defensivas.

Los estudios experimentales han encontrado precisamente más comportamientos afiliativos cuando el contacto se concentra en las regiones temporales de la cabeza, mientras que estimular algunas zonas posteriores del cuerpo puede aumentar los movimientos de cola, las orejas hacia atrás, los manotazos o incluso los mordiscos.

Por eso, el error no consiste únicamente en acariciar demasiado tiempo, sino en ignorar las primeras señales de que el gato ya ha tenido suficiente.

Esas señales no siempre son tan evidentes como un bufido o un arañazo. El animal puede comenzar a mover rápidamente la punta de la cola, girar la cabeza hacia la mano, tensar el cuerpo, echar las orejas hacia atrás o simplemente intentar alejarse. Las recomendaciones para problemas de agresividad asociada a las caricias aconsejan terminar el contacto antes de que esa incomodidad escale.

De hecho, cuando un gato presenta este tipo de respuesta, los especialistas recomiendan inicialmente esperar a que sea él quien solicite atención, ofrecer una sola caricia y aumentar progresivamente la duración únicamente mientras el animal continúe cómodo.

Esto también ayuda a entender por qué sostener a un gato que intenta marcharse puede empeorar la interacción. Las guías de manejo felino señalan que permitirle elegir si quiere sentarse, levantarse, tumbarse o cambiar de posición produce respuestas más positivas que restringir sus movimientos.

No existe, por tanto, una cantidad universal de caricias que fortalezca el vínculo.

Algunos gatos pueden permanecer durante largos periodos sobre el regazo de su propietario, mientras que otros prefieren varios encuentros muy breves repartidos durante el día. La genética, la socialización temprana y las experiencias previas influyen en estas diferencias.

La regla práctica que propone la investigación es mucho más sencilla: acariciar durante unos segundos, detenerse y observar qué hace el gato.

Si vuelve a acercar la cabeza, se frota contra la mano o solicita claramente más contacto, la interacción puede continuar. Si simplemente permanece quieto, gira la cabeza o se marcha, insistir no aporta necesariamente más afecto.

En los gatos, respetar ese “hasta aquí” puede ser precisamente una de las mejores formas de reforzar la relación. Porque un vínculo positivo no depende de cuánto tiempo consigamos acariciarlos, sino de que ellos también tengan la posibilidad de decidir cuándo quieren que continuemos.