Recibir una ayuda económica pública puede tener consecuencias que van más allá de llegar mejor a final de mes. Un gran experimento realizado en Finlandia ha encontrado que aumentar los ingresos de personas desempleadas mediante una prestación garantizada se relacionó también con mejoras medibles en su salud mental, especialmente con un menor consumo de medicamentos psicotrópicos.
El trabajo, publicado en 2025 en el Journal of Public Economics, aprovechó el conocido experimento finlandés de renta básica. Entre 2017 y 2018, 2.000 personas desempleadas fueron seleccionadas aleatoriamente para recibir una prestación mensual garantizada, mientras que un grupo de control mucho mayor continuó bajo el sistema habitual de prestaciones por desempleo.
La importancia del estudio está precisamente en su diseño. No se limitó a comparar personas pobres con personas con más ingresos, algo que dificulta saber qué factor explica las diferencias de salud. La asignación aleatoria permitió acercarse mucho más a una relación causal entre recibir más dinero y determinados resultados sanitarios.
Durante el experimento, los ingresos medios de quienes recibían la renta básica aumentaron aproximadamente entre un 9% y un 11%. Los investigadores cruzaron después esa información con registros sanitarios, recetas de medicamentos y consultas de atención especializada, en lugar de basarse únicamente en cuestionarios sobre cómo se sentían los participantes.
El resultado más claro apareció en la salud mental. Entre quienes recibieron el ingreso garantizado, el consumo de medicamentos psicotrópicos disminuyó entre un 8% y un 11% frente al grupo de comparación. También aparecieron indicios de una reducción de las consultas ambulatorias relacionadas con problemas de salud mental.
Más dinero puede significar también menos estrés
Los autores consideran que el mecanismo principal probablemente estuvo relacionado con el aumento de los ingresos disponibles y no únicamente con las características administrativas de la ayuda.
El experimento finlandés tenía una particularidad: la renta básica eliminaba determinadas obligaciones de búsqueda de empleo. Sin embargo, muchos participantes siguieron solicitando otras prestaciones y sometiéndose a los requisitos habituales del sistema. Por eso, los investigadores concluyen que la mejora observada en salud mental se explica principalmente por disponer de más recursos económicos.
Jouko Verho, uno de los investigadores, plantea que el aumento de ingresos pudo reducir el estrés financiero de las personas con rentas bajas, contribuyendo a disminuir los problemas de salud mental.
La relación tiene sentido desde el punto de vista psicológico. La inseguridad económica puede obligar a mantener una preocupación constante por cuestiones básicas como pagar el alquiler, comprar alimentos o afrontar una factura inesperada. Reducir esa incertidumbre puede disminuir parte de esa carga mental incluso aunque la ayuda no transforme por completo la situación económica del hogar.
Pero los resultados tampoco permiten concluir que cualquier prestación pública mejore automáticamente toda la salud de quien la recibe. El estudio no encontró efectos estadísticamente significativos en otros indicadores sanitarios analizados. La mejora se concentró fundamentalmente en los resultados relacionados con salud mental y uso de psicofármacos.
Otros experimentos realizados fuera de Finlandia apuntan, no obstante, en una dirección parecida.
Un ensayo aleatorizado publicado en JAMA analizó un programa municipal de transferencias monetarias en Chelsea, Massachusetts, donde personas con bajos ingresos podían recibir hasta 400 dólares mensuales durante nueve meses. De los 2.880 solicitantes, 1.746 fueron asignados a recibir la ayuda.
Quienes recibieron el dinero registraron menos visitas a urgencias, incluidas las relacionadas con salud mental y consumo de sustancias, y menos ingresos hospitalarios procedentes de urgencias. En cambio, no aparecieron diferencias significativas en parámetros como presión arterial, peso, hemoglobina glucosilada o colesterol.
La evidencia internacional tampoco se limita a países ricos. Un estudio publicado en The Lancet analizó programas públicos de transferencias monetarias en 37 países de ingresos bajos y medios entre 2000 y 2019. La implantación de estas políticas estuvo asociada con mejoras en diferentes determinantes sanitarios, entre ellos una mayor utilización de atención prenatal, más partos atendidos por profesionales sanitarios, mejor alimentación infantil y menos episodios de diarrea en menores.
Eso no significa que todos estos resultados puedan trasladarse directamente a España ni que todas las ayudas funcionen igual. Importan la cantidad recibida, la duración, las condiciones para acceder a ella, la situación económica previa de los beneficiarios y el sistema sanitario del país.
El experimento finlandés sí permite extraer una conclusión más concreta: mejorar los ingresos de adultos con pocos recursos puede producir efectos medibles sobre su salud mental, y esos efectos pueden detectarse incluso en registros médicos y consumo de medicamentos.
Una ayuda pública, por tanto, no actúa únicamente sobre la cuenta bancaria. Cuando reduce la presión de no saber si habrá suficiente dinero para afrontar los gastos básicos, puede estar modificando también una de las fuentes de estrés más persistentes de la vida cotidiana.
