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Besar a un gato, cogerlo en brazos o apretarlo contra el pecho puede parecer una forma evidente de demostrarle cariño. Para las personas, son gestos asociados al afecto y a la cercanía. Sin embargo, los gatos no utilizan ese mismo lenguaje entre ellos y no tienen por qué interpretar automáticamente un abrazo o un beso como una muestra positiva.

Así lo explica el veterinario y divulgador Carlos Gutiérrez, responsable del canal Mascotas y Familias Felices. “Lo primero que tenemos que entender es que ellos no ven este tipo de actividades de la misma forma que lo hacemos las personas”, señala al hablar de los besos y abrazos que reciben los gatos de sus cuidadores.

El motivo es sencillo: esos comportamientos no forman parte de la comunicación felina habitual. “En sus relaciones no hay nada que se parezca al tema de los besos y los abrazos”, explica Gutiérrez. Eso no significa que un gato que vive con personas sea incapaz de aprender qué significan. Con el tiempo puede asociarlos con momentos agradables, caricias o atención y acabar aceptándolos e incluso buscándolos.

La clave está precisamente en esa diferencia entre tolerar o disfrutar un contacto aprendido y necesitarlo de manera natural. Cada gato desarrolla preferencias distintas en función de su genética, socialización temprana, experiencias y personalidad. Las guías de comportamiento felino recomiendan por ello que sea el animal quien conserve, en la medida de lo posible, la capacidad de decidir cuándo comienza y termina una interacción.

El gato debería poder decidir cuándo termina el contacto

Gutiérrez señala que algunos animales pueden mostrar claramente que disfrutan de ese intercambio. Pueden ronronear, permanecer relajados, acercarse o responder frotando la cabeza contra la persona. En esos casos, los besos y abrazos pueden haberse convertido en una señal positiva dentro de la relación con su cuidador.

Los estudios sobre interacción entre gatos y humanos apuntan en la misma dirección. Los felinos tienden a responder mejor cuando son ellos quienes inician el contacto y conservan cierto control sobre cuánto dura. Las interacciones son además más prolongadas cuando el gato se aproxima voluntariamente a la persona que cuando ocurre al revés.

El problema aparece cuando el animal quiere terminar el contacto y la persona continúa sujetándolo. “Hay grupos de gatos que no lo llevan nada bien”, advierte Gutiérrez. Rodearlos con los brazos puede hacer que se tensen incluso aunque no intenten escapar inmediatamente.

Las señales de incomodidad tampoco siempre son tan evidentes como un mordisco o un arañazo. Un gato puede girar la cabeza, apartarse, echar las orejas hacia atrás, mover bruscamente la cola, quedarse inmóvil o dejar de ronronear. La investigación sobre interacción humano-gato identifica precisamente estos comportamientos como señales tempranas de que el animal necesita terminar el contacto.

Las guías de la American Association of Feline Practitioners y la International Society of Feline Medicine recomiendan evitar la restricción innecesaria. Proporcionar al gato libertad para sentarse, levantarse, cambiar de postura o marcharse genera respuestas más positivas que mantenerlo inmovilizado.

También importa dónde se toca. La mayoría de los gatos suele aceptar mejor las caricias alrededor de la cabeza y el cuello, especialmente en las mejillas, debajo de la barbilla y alrededor de las orejas. Estas zonas contienen glándulas faciales relacionadas con comportamientos sociales como frotarse contra otros individuos.

En cambio, zonas como el abdomen, la parte posterior del cuerpo o la base de la cola pueden generar reacciones mucho más variables. Un gato que se tumba mostrando la barriga tampoco está necesariamente invitando a que se la acaricien.

Un estudio realizado con 100 gatos y 120 personas, que analizó 535 interacciones, comprobó precisamente qué ocurría cuando los humanos recibían instrucciones para respetar estas preferencias. Las pautas consistían en permitir al gato elegir, prestar atención a su lenguaje corporal y limitar principalmente el contacto a las zonas que suele preferir. Después del entrenamiento, los animales mostraron más comportamientos afiliativos y menos agresividad y señales de conflicto.

Todo esto tampoco significa que haya que dejar de abrazar a un gato que claramente disfruta de ello. Gutiérrez insiste en que lo importante es observar al animal. “Si vemos que nuestro gato responde afectuosamente a nuestros besos y abrazos, sí podemos hacerlo”, explica, aunque recuerda que incluso entonces conviene respetar ciertos límites.

Despertarlo repetidamente para besarlo, sujetarlo cuando intenta irse o insistir en cogerlo en brazos puede convertir una interacción inicialmente positiva en una fuente de estrés.

Los gatos cuentan además con sus propias formas de expresar cercanía. Frotarse contra una persona, tocarla con la cabeza, mantener la cola levantada al acercarse, descansar cerca de ella o buscar voluntariamente el contacto forman parte de su repertorio social.

Por eso, que un gato no quiera abrazos no significa que exista un vínculo peor con su cuidador. La cuestión no es obligarlo a utilizar nuestro lenguaje afectivo, sino aprender también el suyo. Para algunos gatos un abrazo puede terminar siendo agradable; para otros, la mejor muestra de cariño consiste precisamente en dejarlos marcharse cuando deciden que ya han tenido suficiente.