P. G. Santos
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LO ESENCIAL
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Quienes nacieron entre 1950 y 1970 no necesariamente quieren conocer gente nueva ni ampliar sin descanso su círculo social. Para muchos, la prioridad cambia: conservar vínculos de confianza, proteger la tranquilidad y compartir tiempo con quienes les hacen bien.

Esta preferencia no significa que se hayan vuelto asociales, que hayan perdido interés por los demás o que carezcan de energía para relacionarse. La psicología ofrece una explicación diferente: con la edad, cambia la manera de entender el tiempo disponible y aprovecharlo.

La responsable de esta transformación, según la teoría de la selectividad socioemocional, es la percepción del tiempo. La psicóloga Laura Carstensen, investigadora de la Universidad de Stanford, desarrolló este modelo para explicar cómo las metas personales evolucionan a lo largo de la vida.

Cuando el futuro parece abierto y lleno de posibilidades, las personas suelen mostrar mayor interés por explorar, adquirir conocimientos, conocer gente y establecer contactos.

Saber invertir el tiempo

Sin embargo, cuando el horizonte temporal se percibe más limitado, las prioridades emocionales adquieren mayor importancia. En ese momento, mantener muchas relaciones deja de ser necesariamente atractivo.

El objetivo pasa a ser invertir el tiempo en personas con las que existe confianza, comprensión y una conexión auténtica, en lugar de acumular contactos que apenas aportan satisfacción.

La teoría de Carstensen sostiene que esta selección responde a una motivación adaptativa, no a un deterioro inevitable de las habilidades sociales. Las personas regulan sus relaciones para obtener experiencias emocionalmente significativas, especialmente cuando valoran más intensamente el presente.

Por eso, reducir las salidas o rechazar determinados planes no equivale automáticamente a sufrir soledad. Alguien puede tener menos amistades y sentirse plenamente acompañado si conserva relaciones cercanas, recíprocas y capaces de ofrecer apoyo cuando realmente lo necesita.

También cambia la tolerancia hacia los vínculos que generan malestar. Las discusiones repetidas, las obligaciones sociales agotadoras o las amistades mantenidas únicamente por compromiso pueden perder atractivo frente a encuentros que transmiten serenidad, afecto y seguridad emocional.

No se trata necesariamente de romper con todo el mundo ni de evitar cualquier relación nueva. La diferencia está en elegir con mayor dedicación dónde invertir la atención, en vez de considerar que ampliar la agenda social constituye un objetivo en sí mismo.

Esta perspectiva ayuda a desmontar la idea de que envejecer implica volverse menos sociable. En muchos casos, lo que cambia no es la capacidad de conectar, sino el criterio utilizado para decidir con quién compartir experiencias, preocupaciones y momentos importantes.

Las personas nacidas entre 1950 y 1970, además, han atravesado distintas transformaciones sociales y familiares. Sus experiencias pueden influir en sus preferencias, aunque la teoría no permite atribuir una personalidad común a toda una generación ni asegurar que todos reaccionen igual.

Conviene distinguir, por tanto, la elección consciente de la desconexión involuntaria. Si alguien pierde el interés por cualquier actividad, experimenta tristeza persistente o se siente solo contra su voluntad, merece atención y apoyo; no debe interpretarse como una preferencia saludable.

La conclusión es menos pesimista de lo que sugiere el tópico: envejecer no obliga a quedarse solo, sino que puede cambiar aquello que se busca en los demás. A veces, cuidar el círculo cercano significa elegir menos relaciones, pero vivirlas con mayor profundidad.