Casarse a los 25, comprar una casa antes de los 30 y llegar a los 40 con la vida encarrilada formaban parte de un guion bastante reconocible. Muchos adultos de hoy han llegado a esa edad con una historia muy distinta.
La psicóloga Ángela Díez dedica un carrusel precisamente a esa sensación. "Somos una generación que llegó a los 40 imaginando que lo tendríamos todo resuelto", escribe, mientras plantea una etapa marcada por dudas sobre vínculos, decisiones y sentido vital.
La publicación habla de millennials que crecieron con más libertad para elegir estudios, pareja, trabajo o forma de vida, pero también con menos referencias estables. La sensación de tener muchas opciones puede convivir con la duda de haber elegido bien.
Sentirse solo tampoco tiene que ver únicamente con vivir o estar solo. Los datos disponibles muestran que la soledad no deseada afecta de forma importante a quienes están en la treintena y la cuarentena, aunque atraviesa muchas otras edades.
En España, una de cada cinco personas declaró sufrir soledad no deseada en 2024, según el Barómetro del Observatorio SoledadES, elaborado a partir de una encuesta a 2.900 adultos.
Entre los 35 y los 44 años, la prevalencia fue del 20,8%. En el grupo de 45 a 54 años alcanzó el 17,8%. Las cifras muestran que la mediana edad también está muy presente en este problema.
El mismo barómetro registró un 34,6% entre los 18 y 24 años y un 27,1% entre los 25 y 34. Los cuarenta forman parte de este mapa, pero las cifras más altas aparecieron en los grupos más jóvenes.
Otra investigación, publicada en American Psychologist, siguió datos de 59.030 personas de 45 a 65 años de Estados Unidos y 13 países europeos. En la Europa mediterránea, que incluía España, las cohortes más recientes mostraron más soledad en la mediana edad.
El aumento apareció al comparar generaciones nacidas en momentos distintos en España, Italia y Grecia. Como la cohorte más joven del estudio nació entre 1965 y 1974, el trabajo todavía no alcanza de lleno a los millennials de los que habla el carrusel.
El carrusel de Díez resume otra paradoja generacional: "Hiperconectados desde adolescentes, pero pocas conexiones profundas". Tener muchos contactos, mensajes o conversaciones no equivale necesariamente a sentirse acompañado.
La Organización Mundial de la Salud define la soledad como la sensación dolorosa que surge cuando existe una distancia entre las relaciones que una persona tiene y las que desea o necesita. La calidad de los vínculos importa tanto como su cantidad.
Alguien puede tener pareja, compañeros de trabajo, grupos de WhatsApp y una agenda llena y seguir sintiéndose solo. La falta puede estar en la intimidad, el apoyo o la sensación de ser comprendido, no necesariamente en el número de personas alrededor.
Las redes sociales tampoco ofrecen una explicación unívoca. La investigación habla de cambios en las relaciones familiares, inseguridad económica, movilidad, individualización o cargas de cuidado como posibles factores. En la mediana edad suelen coincidir varias presiones a la vez.
Revisión de vida
En el carrusel aparece otra pregunta: "¿Estoy viviendo una vida con significado para mí?". Alrededor de los 40 pueden coincidir cambios laborales, rupturas, crianza, cuidado de padres mayores o una revisión de decisiones tomadas años atrás.
El estudio internacional sobre mediana edad apunta precisamente a un aumento de las presiones económicas y familiares en algunas sociedades. Los investigadores mencionan la inestabilidad laboral, las responsabilidades de cuidado y los cambios en las relaciones familiares como factores que pueden debilitar la conexión social.
Díez también relaciona esta etapa con haber crecido bajo el mensaje de que "puedes ser lo que quieras". Las posibilidades amplias pueden resultar liberadoras y, al mismo tiempo, hacer más frecuentes las comparaciones y las dudas sobre los caminos que se dejaron atrás.
Cuestionarse una relación, una carrera o una forma de vida aparece en muchas transiciones adultas. Revisar prioridades puede llevar a reorganizar vínculos, proyectos o expectativas que con el paso de los años han dejado de encajar.
El carrusel termina defendiendo que estar a solas también puede tener una parte positiva. La investigación distingue esa soledad elegida de la soledad no deseada, que se vive como una experiencia dolorosa de desconexión.
La OMS diferencia precisamente entre soledad y solitude, el tiempo voluntario en solitario destinado a descansar, pensar o realizar actividades personales. Una persona puede disfrutar de estar sola sin sentirse desconectada, del mismo modo que puede sentirse sola estando rodeada de gente.
Cuando esa sensación se prolonga, sus efectos van más allá del malestar puntual. La OMS estima que alrededor de una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y la relaciona con peores resultados de salud física y mental.
