Cuando una fruta presenta una zona cubierta de moho, la reacción más habitual consiste en coger un cuchillo, retirar la parte visible y aprovechar el resto. Sin embargo, esta práctica puede resultar insegura.
Álvaro Fernández, farmacéutico, advierte en su canal de TikTok sobre este comportamiento y recuerda que determinados alimentos no deberían consumirse después de que aparezca moho, aunque aparentemente conserven zonas intactas.
"Alimentos como la fruta y el pan si tienen moho no se pueden aprovechar, las coges enteras y a la papelera que van", explica Fernández, al referirse a productos especialmente susceptibles.
El motivo está relacionado con las micotoxinas, unas sustancias producidas por determinados hongos que pueden penetrar en el alimento. Por eso, eliminar únicamente la zona donde aparece el moho no siempre resulta suficiente.
Según la información aportada, hongos de géneros como Aspergillus, Fusarium y Penicillium pueden producir estas toxinas fúngicas. La parte visible, por tanto, no tiene por qué coincidir con toda la contaminación existente.
Mejor tirarlas
Las frutas blandas o jugosas son especialmente vulnerables porque sus características permiten que los microorganismos se extiendan con mayor facilidad. Entre ellas aparecen productos habituales como manzanas, peras y tomates.
Algo parecido sucede con otros alimentos húmedos y de textura suave, como carnes, guisos, pasta cocinada, quesos blandos, pan de molde, yogures, miel y mantequilla. En estos casos, retirarlo superficialmente no basta.
La manzana constituye un ejemplo especialmente llamativo. Aunque una zona conserve buen aspecto, los microorganismos pueden haberse extendido por el interior, de modo que nuestros sentidos no siempre detectan el deterioro.
Sin embargo, no todos los alimentos afectados por moho deben terminar necesariamente en la basura. Los productos secos, duros y con menor cantidad de agua pueden presentar unas condiciones menos favorables para la propagación.
Entre los alimentos que pueden recuperarse aparecen el jamón curado y los quesos duros, además de algunas frutas y verduras consistentes. En estos casos, se recomienda retirar la zona afectada y una parte adicional.
También es importante recordar que la presencia de microorganismos no implica siempre un riesgo. Algunos forman parte de determinados procesos de elaboración y pueden resultar necesarios, como ocurre con ciertos quesos.
Comer accidentalmente una pequeña cantidad de alimento deteriorado tampoco significa necesariamente que aparezcan problemas graves en una persona sana. Aun así, conviene extremar las precauciones con niños, mayores y personas enfermas.
Para reducir el deterioro, resulta importante mantener limpia la nevera, cubrir correctamente los alimentos, vigilar las fechas de caducidad y controlar las sobras. Como norma general, estas deberían consumirse en tres o cuatro días.
