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Los gatos pueden ser selectivos con la comida, pero dejar de comer durante un día completo no debería interpretarse como un simple capricho. La pérdida de apetito es un signo clínico que puede acompañar desde dolor dental hasta enfermedades renales, pancreatitis o una obstrucción digestiva.

El Cornell Feline Health Center advierte de que una anorexia mantenida puede afectar seriamente a un gato adulto en apenas 24 horas. En los gatitos menores de seis semanas, incluso 12 horas sin alimento pueden representar una amenaza grave debido a sus menores reservas energéticas.

Esto no significa que haya que alarmarse porque el animal rechace una comida aislada. Los gatos suelen ingerir entre 10 y 20 pequeñas raciones distribuidas durante el día y la noche. Por eso, en hogares con varios animales puede resultar difícil descubrir quién ha comido y cuánto.

Las causas son numerosas. Entre las más frecuentes aparecen la enfermedad dental, la fiebre, las infecciones, el dolor, el estreñimiento, la pancreatitis, la enfermedad renal, la diabetes y los trastornos hepáticos. Un objeto ingerido o una obstrucción urinaria también pueden reducir el interés por la comida y convertirse en una urgencia.

Esperar varios días puede empeorar el problema

Los gatos responden al ayuno de manera distinta a las personas. Cuando dejan de recibir suficientes calorías, el organismo moviliza sus reservas de grasa para obtener energía. El hígado debe procesarla, pero puede verse desbordado y acumular grandes cantidades en sus células.

Esta alteración recibe el nombre de lipidosis hepática y puede ser mortal sin tratamiento. El riesgo resulta especialmente elevado en gatos con sobrepeso que dejan de comer repentinamente. En más del 90% de los casos descritos por Cornell existe otra enfermedad subyacente que desencadena primero la anorexia.

La lipidosis no suele desarrollarse completamente tras una sola comida perdida, pero el reloj importa. Cuanto más se prolonga la ingesta insuficiente, más difícil puede resultar recuperar al animal. Por ello, las guías de la Asociación Americana de Veterinarios Felinos recomiendan que ningún gato permanezca más de 24 horas sin comer.

Otros síntomas ayudan a valorar la urgencia. Los vómitos repetidos, la diarrea, la apatía, el dolor, la salivación, la dificultad para respirar, el abdomen hinchado o las encías amarillentas justifican una consulta inmediata. También debe comprobarse si utiliza el arenero, especialmente en los machos, porque una obstrucción urinaria puede avanzar con rapidez.

Un gato que parece pedir comida pero se retira tras olerla puede estar experimentando náuseas. No siempre vomitará: algunos se lamen los labios, tragan repetidamente o giran la cabeza delante del plato. Estos gestos pueden confundirse con que se ha cansado del sabor.

El estrés también influye. Una mudanza, un nuevo animal, obras, visitas o un cambio brusco de alimento pueden reducir el apetito. Aun así, atribuirlo directamente a una causa emocional sin descartar enfermedad resulta arriesgado. El estrés y los problemas médicos pueden coincidir.

Mientras se contacta con el veterinario, puede ofrecerse comida húmeda ligeramente templada para intensificar su aroma, utilizar un plato ancho y situarlo en un lugar tranquilo. No conviene cambiar continuamente de producto ni esconder medicamentos en toda la ración, porque el gato puede desarrollar aversión a esa comida.

Tampoco debe forzarse alimento con una jeringa sin indicación profesional. Esta práctica puede provocar aspiración, aumentar el rechazo y empeorar la relación con la comida. Dependiendo de la causa, el tratamiento puede incluir medicación contra las náuseas, analgésicos, estimulantes del apetito, fluidoterapia o alimentación mediante sonda.

En casas con varios gatos conviene ofrecer las raciones por separado, anotar la cantidad consumida y vigilar el peso, porque una reducción gradual del apetito puede pasar desapercibida.

El límite de 24 horas no es una invitación a esperar hasta que se cumpla. Si el gato está enfermo, es muy joven, tiene diabetes o muestra otros síntomas, hay que consultar antes. Dejar de comer no es una protesta teatral: suele ser la forma silenciosa de avisar de que algo físico o emocional necesita atención.