Cumplir 25 años no significaba lo mismo en 1996 que dos décadas después. Para muchos nacidos en 1970, abandonar la casa familiar coincidía con un empleo estable, una pareja o la compra de una vivienda. Entre quienes nacieron en 1989 y 1990, esas piezas dejaron de encajar en un orden reconocible.
Una investigación de University College London comparó dos generaciones que crecieron en Inglaterra. Thierry Gagné, Amanda Sacker e Ingrid Schoon analizaron cómo combinaban educación, empleo, vivienda, pareja y maternidad o paternidad cuando tenían 25 o 26 años.
El primer grupo pertenecía al British Cohort Study: personas nacidas en 1970 y entrevistadas en 1996. El segundo procedía de Next Steps: jóvenes nacidos en 1989-1990 que respondieron en 2015 y 2016. Se analizaron más de 14.800 participantes.
La expresión “nacidos a partir de 1989” exige cuidado. El estudio no siguió a todas las generaciones posteriores, sino a una cohorte de 1989-1990. Tampoco comparó sus edades actuales: observó ambos grupos en el mismo momento vital.
Independizarse ya no implicaba lo mismo
Los cambios en la vivienda fueron contundentes. Entre los hombres, la proporción de propietarios a los 25-26 años descendió del 36% al 15%. En las mujeres cayó del 45% al 19%.
Aumentó el alquiler. Los hombres que habían dejado la vivienda paterna para ser inquilinos pasaron del 27% al 34%, mientras las mujeres subieron del 30% al 44%. Marcharse seguía siendo posible, pero conducía con menos frecuencia a una propiedad.
También creció la permanencia con los padres. Los hombres de la generación más reciente tenían un 27% más de probabilidades de continuar en el hogar familiar que los nacidos en 1970; en las mujeres, la diferencia alcanzaba el 38%.
El cambio no puede explicarse como falta de voluntad. Los nacidos a finales de los ochenta llegaron a la adultez después de la crisis de 2008, con viviendas menos asequibles, empleos más inseguros y periodos educativos más largos.
El trabajo a jornada completa perdió peso. Entre los hombres bajó del 83% al 75% y entre las mujeres, del 63% al 58%. Aumentaron el empleo parcial, el desempleo y la proporción de quienes todavía estudiaban, aunque las transformaciones fueron diferentes según el sexo.
Las relaciones siguieron otra pauta. Los hombres y mujeres de la cohorte reciente tenían, respectivamente, un 66% y un 63% menos de probabilidades de estar casados. Esto no equivale a estar solos: la convivencia sin matrimonio ganó espacio.
Los investigadores identificaron cinco combinaciones relativamente claras en 1996: jóvenes orientados al trabajo, altamente educados, familias tradicionales, familias frágiles y quienes comenzaban lentamente. En 2015-2016 esas categorías explicaban peor las vidas reales y aparecía un nuevo grupo definido como “rezagado”.
Este último reunía a jóvenes con menor acceso a estudios posteriores a la secundaria, empleo estable, vivienda en propiedad y relaciones de pareja. No era simplemente una adolescencia alargada por elección, sino una acumulación de obstáculos que podía dejar a determinadas personas fuera de varias vías de integración adulta simultáneamente.
Un segundo análisis de las mismas cohortes encontró que la satisfacción vital a los 25-26 años había disminuido. El 79% de los hombres nacidos en 1970 se declaraba satisfecho, frente al 68% de los nacidos en 1989-1990. Entre las mujeres, el porcentaje pasó del 81% al 75%.
Tener empleo, vivir de forma independiente y convivir en pareja se relacionaba con mayor satisfacción en ambas generaciones. Sin embargo, esos hitos eran menos accesibles para la cohorte reciente y, en el caso de las mujeres, trabajar y disponer de una vivienda independiente adquirían todavía más importancia para el bienestar.
El estudio no dice que una generación hiciera mejor la transición ni que exista una única forma correcta de ser adulto. Muestra que independizarse dejó de ser un acontecimiento aislado y pasó a recorrer caminos más largos, reversibles y desiguales. La diferencia real no está solo en cuándo se abandona la casa familiar, sino en qué estabilidad espera al otro lado de la puerta.
