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Maricarmen Abascal ha fallecido a los 87 años en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, apenas catorce días después de ser desahuciada del piso del barrio de Retiro en el que llevaba 71 años residiendo.

Su historia, más allá de la intensa batalla judicial, esconde un profundo drama físico y emocional que ha dividido por completo a la sociedad española.

La psicóloga Lara Ferreiro, autora del libro ¡Ni un capullo más!: El método definitivo para quererte y encontrar a tu pareja perfecta, explica que Maricarmen pudo sentir que perdió su identidad al perder la casa donde vivió 71 años.

Para esta mujer, ese inmueble no era simplemente un techo bajo el que dormir, sino el refugio intacto de sus vivencias, la base de sus rutinas y su principal fuente de seguridad.

Al ser forzada a marcharse, experimentó lo que desde la psicología ambiental denominan 'duelo inmobiliario', un proceso psicológico demoledor marcado por el vacío, la rabia y una tristeza inconsolable.

Pero el calvario no empezó la mañana en que se ejecutó la orden judicial. Maricarmen soportó años de dura ansiedad anticipatoria por el proceso en los tribunales, viviendo con el miedo constante a perder su hogar.

Este estado de alarma inunda el organismo de cortisol, la hormona del estrés, provocando un desgaste físico extremo, inflamación y un envejecimiento biológico acelerado. Al vivir bajo una amenaza constante, el cerebro activa los mecanismos de forma prolongada y favorece la inflamación crónica, un cóctel devastador a ciertas edades.

El caso también nos obliga a cuestionar el llamado edadismo benevolente. Tendemos a infantilizar a las personas mayores, atribuyéndoles automáticamente inocencia o necesidad extrema de protección.

Ante esto surge una reflexión incómoda: ¿habríamos interpretado igual su resistencia a abandonar la vivienda si Maricarmen hubiera tenido 40 años?

El impacto mediático, impulsado por la conmovedora escena de una mujer de 87 años saliendo en camilla, a menudo nubla el pensamiento crítico.

Experimentar un dolor inmenso por abandonar el refugio de toda su vida es una realidad innegable ligada al desarraigo psicológico.

Sin embargo, comprender profundamente el sufrimiento de una persona no significa justificar automáticamente todas sus reclamaciones ni anular los derechos de terceros.

La verdadera madurez psicológica pasa por validar el inmenso dolor de perder un hogar sin renunciar a nuestro criterio y entender que la compasión nunca debería sustituir al pensamiento crítico.

Las personas mayores necesitan protección cuando son vulnerables, pero también merecen ser reconocidas como adultos con autonomía, intereses y responsabilidades.

La muerte de Maricarmen cierra una historia que ha dividido profundamente a la sociedad española. Su caso permite comprender cómo el hogar puede convertirse en una parte central de nuestra identidad y cómo la amenaza de perderlo puede generar un importante desgaste emocional.