El miedo a perder la vivienda no comienza cuando alguien llama a la puerta con una orden judicial. Puede instalarse meses antes, al acumularse recibos o cuando la familia comprende que no dispone de dinero para ponerse al corriente con el alquiler.
Una investigación con adultos estadounidenses relaciona esa amenaza con un deterioro de la salud mental. Entre los inquilinos atrasados, quienes creían probable ser desalojados durante los dos meses siguientes presentaban probabilidades estadísticas de depresión más de dos veces superiores a quienes no percibían ese riesgo.
El trabajo de Binod Acharya, Dependra Bhatta y Chandra Dhakal apareció en Preventive Medicine Reports. Los autores analizaron 14.548 respuestas de la Household Pulse Survey de la Oficina del Censo estadounidense, recopiladas entre julio de 2021 y marzo de 2022.
La referencia a los nacidos entre 1957 y 2004 aproxima a quienes tenían entre 18 y 64 años durante la encuesta. Sin embargo, el estudio no seleccionó esa cohorte: admitió participantes desde los 18 años y también incluyó mayores de 64.
La amenaza antes de perder la casa
Todos los participantes vivían de alquiler y debían pagos. La comparación no enfrentó a familias endeudadas con hogares acomodados, sino a inquilinos con una dificultad económica común que diferían en la posibilidad que atribuían a ser expulsados próximamente.
Entre quienes consideraban probable el desahucio, el 59,33% presentó indicadores de depresión, frente al 37,01% del grupo sin ese riesgo. Los síntomas de ansiedad aparecieron en el 67,01% y el 43,28%, respectivamente. También fue algo más frecuente el uso de medicación por motivos emocionales o mentales.
Tras ajustar por edad, sexo, origen étnico, ingresos, educación, matrimonio, hijos, región, ayudas al alquiler y semana de la encuesta, la asociación permaneció. Las odds de depresión fueron 2,37 veces mayores y las de ansiedad, 2,65 veces superiores entre quienes anticipaban el desalojo.
Este detalle estadístico importa. No significa que el riesgo absoluto se multiplicara exactamente por 2,37. Las odds comparan la probabilidad de presentar el resultado con la de no presentarlo y, cuando el problema es frecuente, pueden producir una cifra mayor que la diferencia entre porcentajes.
La investigación tampoco diagnosticó depresión mediante una entrevista clínica. La encuesta preguntaba por la frecuencia con que la persona había sentido poco interés o placer y se había encontrado decaída, deprimida o sin esperanza durante las dos semanas anteriores. Las respuestas identificaron síntomas compatibles, pero no sustituyen una evaluación profesional.
El mecanismo puede comenzar antes del desalojo. La incertidumbre obliga a imaginar dónde vivir, cómo afrontar la mudanza, qué ocurrirá con los hijos o si será posible conservar el trabajo. Se suman la vergüenza, los trámites, la reducción de gastos básicos y la sensación de perder el control.
Otros estudios longitudinales respaldan la relación entre vivienda y bienestar. Un análisis de 9.029 adultos jóvenes encontró más síntomas depresivos entre quienes habían sufrido un desahucio. Aproximadamente el 17,5% de esa asociación estuvo mediada por el estrés percibido, una pista sobre cómo la experiencia afecta al ánimo
Con todo, el estudio principal es observacional y transversal. Permite detectar una asociación, pero no demostrar que la amenaza de desahucio sea la única causa. La depresión también puede dificultar el empleo, los ingresos y la gestión de los pagos, mientras factores como la pobreza pueden empeorar simultáneamente la vivienda y la salud mental.
Los datos fueron recogidos durante la pandemia, un periodo inestable en Estados Unidos, y no deben trasladarse automáticamente a España. Las leyes, ayudas y procedimientos de desalojo son diferentes. Aun así, la investigación señala algo relevante: esperar a que alguien pierda su casa para ofrecer apoyo puede significar llegar demasiado tarde.
La vivienda actúa como una base de seguridad, no solamente como un techo. Cuando esa base comienza a tambalearse, el daño psicológico puede aparecer antes que las cajas de la mudanza. Prevenir el desahucio, facilitar asesoramiento y atender tempranamente el malestar forman parte, por tanto, de una misma respuesta de salud pública.
