P. G. Santos
Publicada
LO ESENCIAL
Exclusivo suscriptores

Cuando los adultos nacidos entre 1950 y 1970 recuerdan su infancia, muchos recuerdan tardes callejeras, juegos improvisados y amigos del barrio. La psicología señala que aquella libertad entonces pudo desarrollar autonomía, confianza y bienestar.

Peter Gray, psicólogo especializado en desarrollo infantil y juego, ha estudiado ese cambio generacional. Sus investigaciones sostienen que, durante las últimas décadas, los niños han perdido oportunidades para jugar libremente, explorar y tomar decisiones sin supervisión adulta constante.

Esto no significa que quienes nacieron entonces fueran más felices en absoluto, ni que su infancia estuviera libre de problemas. La tesis de Gray apunta a otra cuestión: disponer de tiempo propio permitía aprender capacidades psicológicas útiles durante toda la vida.

En las décadas de 1950, 1960 y 1970, muchos niños españoles pasaban gran parte del tiempo fuera de casa. Jugaban en parques, calles y descampados, organizaban sus propios juegos y resolvían entre ellos desacuerdos que hoy quedan bajo vigilancia.

Menos libertad, peor bienestar

El juego libre tenía una función mucho mayor que el entretenimiento. Según Gray, los niños aprendían a tomar decisiones, solucionar problemas, regular sus emociones, establecer normas y relacionarse con iguales. Eran experiencias cotidianas que proporcionaban una sensación de competencia.

También estaba el aburrimiento. Sin teléfonos móviles, redes sociales ni plataformas capaces de ofrecer estímulos continuos, había momentos en los que simplemente no ocurría nada. Ese vacío obligaba a inventar juegos, imaginar historias, construir refugios o buscar compañeros nuevos.

Para Gray, esa capacidad de decidir qué hacer es especialmente relevante. Cuando los adultos organizan cada minuto de la infancia, los menores tienen menos oportunidades para experimentar que sus elecciones producen consecuencias. El juego infantil autónomo ofrece ese aprendizaje de forma natural y autónoma durante la infancia.

También ocurría con las responsabilidades domésticas. Hacer recados, ayudar en casa, cuidar de hermanos o colaborar en tareas transmitía una idea sencilla: cada persona puede contribuir al funcionamiento de su entorno. Se relaciona directamente con el denominado locus de control interno.

Las relaciones sociales también exigían más exposición al conflicto. Una discusión entre amigos no terminaba necesariamente al abandonar un grupo. Había que reencontrarse al día siguiente, negociar, pedir disculpas, aceptar límites o aprender a convivir pese al desacuerdo cotidiano.

Gray relaciona estas experiencias con el desarrollo gradual de autonomía, aunque advierte que esta relación no demuestra por sí sola una causalidad absoluta y directa. Su investigación documenta una asociación histórica entre menor juego libre y peor bienestar juvenil.

Además, la nostalgia puede modificar cómo interpretamos esa etapa. La memoria autobiográfica puede favorecer recuerdos positivos sobre otros. Por eso, idealizar aquella infancia sería tan impreciso como considerar perfecta la actual. Recordar el pasado tampoco garantiza la felicidad personal.

Lo que diferencia a aquellas generaciones, según esta perspectiva, no es haber disfrutado necesariamente de más dinero, comodidades o protección. Es haber tenido, en muchos contextos, mayor margen para decidir, aburrirse, explorar y afrontar dificultades sin intervención adulta inmediata.

Por eso, afirmar que aquellos adultos fueron felices por su libertad debe entenderse como una hipótesis, no como una verdad universal. Su experiencia estuvo marcada también por desigualdades, carencias y problemas familiares que no pueden borrarse en muchos casos.