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María Casas, nutricionista y entrenadora de gran renombre en redes sociales, afirma que comerse un donut no afecta a la pérdida de grasa, siempre y cuando sea algo puntual y no una rutina establecida que sí pueda afectar a la dieta.

Según la experta, el verdadero enemigo de una transformación corporal exitosa no radica en un alimento específico, sino en el miedo y la rigidez extrema con los que muchas personas abordan sus planes de alimentación.

Esta perspectiva busca desmitificar la prohibición absoluta y poner el foco en la salud mental de cada persona, puesto que al final no se trata de llevar una alimentación extremadamente pulida, sino de comprometerse y saber qué comer, sin entrar en abundancias ni tampoco en excesos.

El argumento principal que sostiene esta idea es la base del balance calórico global: un capricho de unas 250 calorías no tiene la suficiente capacidad de destruir el déficit energético acumulado a lo largo de la semana, y por tanto no puede arruinar planes a largo plazo.

La nutricionista incide en que la obsesión por mantener una dieta perfecta es, paradójicamente, lo que conduce al fracaso en muchas ocasiones. Cuando un plan nutricional elimina por completo el disfrute, la adherencia a largo plazo se desploma, provocando que el proceso de pérdida de grasa se vuelva insostenible.

Todo es cuestión de equilibrio

Además, lo más peligroso de todo esto es que las restricciones severas pueden generar peligros psicológicos serios y también pueden acabar provocando el clásico efecto rebote. La prohibición sistemática genera una ansiedad creciente que, en muchos casos, culmina en episodios de atracones o en una falsa compensación calórica.

En este último escenario, las personas consumen una mayor cantidad de calorías intentando sustituir su antojo original con alimentos percibidos como saludables, logrando el efecto contrario del deseado y, ahora sí, echando por tierra la dieta y todos los esfuerzos cosechados durante una larga temporada.

Al final, Casas aboga por un modelo de nutrición flexible y una educación alimentaria, donde se aprenda a integrar de forma inteligente tanto los alimentos densos en nutrientes como aquellos que sean puramente para disfrutar y romper con la monotonía.

Si se elimina la culpa y el miedo a la comida, se reduce el estrés biológico y psicológico, permitiendo que las personas alcancen sus objetivos físicos sin sacrificar su bienestar social y emocional, creando así un puente hacia el éxito con pequeños hábitos diarios.