P. G. Santos
Publicada
Las claves

Quienes nacieron entre 1950 y 1970 conocieron un mercado laboral distinto al actual. Para estas generaciones, trabajar no era una elección ligada a la vocación, sino una necesidad marcada por la economía familiar y las circunstancias de la época.

La infancia tampoco se parecía a la actual. En hogares rurales, los niños colaboraban desde pequeños en el campo, la ganadería o los negocios familiares. Continuar estudiando años era difícil cuando cada ingreso resultaba necesario para sostener la casa.

Los datos históricos ayudan a entender aquel contexto. La expansión de la enseñanza secundaria española fue progresiva durante el siglo XX, mientras el bachillerato tenía un acceso desigual durante los años 50 y 60, especialmente para las mujeres.

Por eso, hablar de vocación profesional aplicada a esas generaciones exige cautela. La elección de oficio estaba condicionada por el sexo y las necesidades familiares. Primero había que ganarse la vida; después, si era posible, elegir el camino profesional.

En el caso de muchas mujeres, además, las normas sociales estrechaban el margen de decisión. El acceso al empleo remunerado y profesiones estuvo condicionado por expectativas centradas en el matrimonio, los cuidados domésticos y una división tradicional de responsabilidades.

Adaptarse a las circunstancias

Pero aquella incorporación temprana al trabajo también dejó aprendizajes. Resolver problemas, adaptarse a circunstancias cambiantes y asumir responsabilidades desde edades tempranas podía favorecer una sensación de autonomía. No significa que aquella crianza fuera mejor, sino que ofrecía experiencias diferentes.

Una investigación publicada en The Journal of Pediatrics aporta datos para entender esta diferencia generacional. Peter Gray, David Lancy y David Bjorklund revisaron evidencias sobre la disminución de actividades independientes durante la infancia y su relación con el bienestar psicológico.

Los autores sostienen que disponer de oportunidades para jugar libremente, explorar sin supervisión constante y tomar decisiones propias puede contribuir al desarrollo de autonomía, competencia y capacidad para afrontar problemas. Advierten que esta disminución no constituye la única explicación.

Esa idea encaja parcialmente con el recuerdo de personas nacidas en los 50 y 70: tardes en la calle, desplazamientos sin adultos, conflictos entre iguales y periodos de aburrimiento. Eran experiencias nacidas de un entorno con menos supervisión y recursos.

Sin embargo, conviene no convertir esa experiencia en una ley generacional. La falta de supervisión podía ofrecer autonomía, pero también implicaba riesgos, desigualdades y abandono. La psicología no permite concluir que aquellas generaciones fueran emocionalmente más fuertes por definición.

Lo que sí puede observarse es un cambio en las condiciones de entrada a la vida adulta. Para muchos, trabajar significaba contribuir al hogar. La satisfacción profesional quedaba en segundo plano frente al salario, la estabilidad y la responsabilidad.

Con el paso del tiempo, el concepto de vocación se ha ampliado. Hoy puede entenderse como una combinación de intereses, capacidades, experiencias y oportunidades. No aparece necesariamente durante la adolescencia, ni obliga a mantener una profesión siempre en adelante.

Así, aquellos adultos no tienen por qué trabajar sin ilusión. Muchos encontraron satisfacción, orgullo y compañerismo en sus oficios. La diferencia está en el punto de partida: para una parte de ellos, elegir qué hacer nunca fue una opción.