Caminar es una de las recomendaciones más repetidas cuando se habla de proteger el corazón, especialmente con el paso de los años. Sin embargo, existe una práctica milenaria que también puede beneficiar la salud cardiovascular: el yoga, accesible además.
Esta disciplina, cuyos orígenes se remontan a la India antigua hace más de 2.500 años, combina movimiento, respiración y concentración. Aunque suele asociarse con flexibilidad y relajación, sus efectos alcanzan también al sistema cardiovascular, según distintas investigaciones científicas recientes.
Una revisión publicada en Journal of Integrative and Complementary Medicine que reunió 18 estudios y 1.043 participantes encontró que la práctica del yoga mejoraba la función endotelial en buena parte de las investigaciones analizadas.
El endotelio resulta esencial para regular la dilatación arterial adecuada. Los autores observaron además, mediante un metaanálisis de ensayos controlados, una mejora significativa de la dilatación mediada por flujo, un indicador de función vascular.
Los resultados apuntan así a un posible efecto favorable del yoga sobre la salud arterial. La presión arterial es otro de los parámetros que pueden beneficiarse.
El estrés se reduce
Otra revisión, que analizó 49 ensayos controlados con 3.517 participantes, encontró reducciones medias de unos cinco milímetros de mercurio en la presión sistólica en adultos.
El efecto también apareció en la presión diastólica, con una reducción media cercana a cuatro milímetros de mercurio. Los investigadores observaron además que las intervenciones que incorporaban respiración y relajación mental podían producir descensos mayores en personas con hipertensión.
Precisamente, respirar de forma consciente es una parte fundamental de muchas sesiones de yoga. Una revisión y metaanálisis reciente sobre técnicas respiratorias yóguicas encontró reducciones significativas de la frecuencia cardiaca y un posible descenso moderado de la presión arterial.
Esto ayuda a explicar por qué el yoga no consiste únicamente en adoptar posturas. La combinación de movimiento controlado, respiración y relajación puede actuar sobre mecanismos relacionados con el sistema nervioso autónomo, favoreciendo una respuesta menos asociada al estrés.
Para una persona mayor, además, su principal atractivo puede estar en la capacidad de adaptar la intensidad. Las posturas pueden modificarse según la movilidad, el equilibrio o las limitaciones físicas, aunque conviene aprender la técnica correctamente y evitar esfuerzos.
Eso no significa que caminar deje de ser recomendable. Caminar regularmente aporta beneficios demostrados y puede constituir una excelente forma de actividad física. El yoga, más que sustituirlo necesariamente, ofrece otra herramienta que combina ejercicio, control respiratorio y relajación.
De hecho, una de sus ventajas prácticas es que apenas requiere material. Puede realizarse en casa, al aire libre o en grupo, con una esterilla y espacio suficiente. Esta accesibilidad facilita convertirlo en una actividad habitual, sencilla y sostenida.
Los beneficios, sin embargo, dependen de la constancia y del tipo de práctica. No todas las modalidades ni todas las sesiones generan la misma carga física. Además, las investigaciones disponibles presentan diferencias importantes y todavía hacen falta estudios adicionales.
El objetivo, por tanto, no debería ser abandonar las caminatas, sino ampliar las opciones para cuidar el corazón. Incorporar yoga de manera progresiva puede complementar otros ejercicios, mejorar la condición física y ayudar a controlar factores cardiovasculares, con supervisión.
