Todos tenemos un amigo que llega tarde a una cita. Si no lo tienes, quizás seas tú. Aunque la impuntualidad puede interpretarse como desinterés o falta de respeto, la psicología apunta hacia mecanismos que distorsionan nuestra relación con el tiempo.
La explicación no significa que llegar tarde deje de afectar a los demás. La puntualidad sigue siendo una conducta social relevante. Sin embargo, investigadores han observado que las personas difieren en su manera de calcular cuánto durarán las actividades.
Una clave aparece en la falacia de planificación, estudiada por Roger Buehler, Dale Griffin y Michael Ross. Sus investigaciones muestran que las personas suelen subestimar cuánto tardarán en completar sus tareas, incluso cuando experiencias anteriores podrían ofrecerles estimaciones realistas.
Este sesgo tiene un componente optimista. Al imaginar cómo será una actividad, tendemos a centrarnos en el escenario previsto y dejamos en segundo plano pequeños obstáculos: buscar las llaves, terminar un mensaje, encontrar aparcamiento, coger el transporte o vestirse.
Autoconvencerse de la estimación
Por eso, alguien puede pensar que ducharse, vestirse, preparar el bolso y salir de casa llevará 20 minutos, aunque necesite media hora. El problema no consiste en ignorar la hora, sino en confiar en que esta vez sucederá así.
Ahí aparece el autoengaño. La persona puede convencerse de cumplir su propia estimación pese a conocer que normalmente necesita más tiempo. La investigación sobre predicciones temporales ha relacionado ese exceso de confianza con expectativas demasiado optimistas sobre el futuro.
Además, nuestra percepción del tiempo puede variar según la actividad, la atención y el contexto. Cinco minutos esperando un ascensor pueden parecer interminables, mientras que minutos revisando el teléfono pasan inadvertidos. Así, calcular una duración no siempre resulta preciso.
La psicóloga Harriet Mellotte ha explicado que detrás de la impuntualidad pueden existir patrones de comportamiento. No todas las personas que llegan tarde comparten esas características, por lo que no sería correcto convertir la tardanza en un diagnóstico psicológico.
Los estudios sobre personalidad encuentran asociaciones entre puntualidad y rasgos. Algunos de ellos han observado que la responsabilidad se relacionaba con indicadores de puntualidad, aunque intervenían otros factores.
La procrastinación puede completar el círculo. Si una persona retrasa acciones antes de salir, reduce el margen y termina dependiendo de que nada salga mal. Cada retraso refuerza la necesidad de apresurarse, mientras la próxima planificación comienza con expectativas.
La impuntualidad puede convertirse en una conducta aprendida. Si una persona observa que familiares, amigos o compañeros funcionan con horarios flexibles, puede incorporar esa manera de organizarse. La repetición puede consolidar el patrón y hacerlo difícil de modificar.
Esto explica por qué los expertos no reducen la impuntualidad a una cuestión moral. Puede existir responsabilidad individual cuando perjudica a otros, pero también intervienen procesos de planificación, hábitos, percepción temporal y expectativas sobre nuestra capacidad individual y cotidiana.
Para combatirla, conviene dejar de calcular el tiempo ideal y utilizar experiencias reales. Registrar cuánto tardamos, añadir margen para imprevistos puede reducir la falacia de planificación. Así, llegar tarde deja de depender de confiar en que todo saldrá perfecto.
