Perder a un perro puede dejar un vacío difícil de explicar, pero no siempre resulta sencillo mostrarlo. Muchas personas continúan con su rutina mientras afrontan un duelo que sienten que deben ocultar.
El veterinario Alfredo Molina describe esta situación como un "duelo invisible": una pérdida que, a diferencia de la muerte de un familiar, suele recibir menos reconocimiento social y menos espacio para ser expresada.
Tras la muerte de un animal, explica Molina, es habitual que la persona tenga que regresar al trabajo prácticamente de inmediato y comportarse con normalidad, aunque emocionalmente se encuentre completamente afectada.
Esa falta de comprensión puede generar vergüenza. Algunas personas intentan disimular su tristeza porque anticipan comentarios incómodos, miradas extrañas o preguntas sobre cuándo incorporarán otro animal a sus vidas.
Sin embargo, el vínculo establecido con un perro puede ocupar un lugar muy importante en la vida cotidiana. No se trata únicamente de convivir con una mascota, sino de compartir rutinas y compañía.
La despedida
El animal puede esperar cada día a su dueño, acompañarle durante momentos difíciles y formar parte de la experiencia de regresar a casa. Por eso, para Molina, la pérdida de ese vínculo también provoca un dolor real.
La importancia emocional de las mascotas se ha intensificado durante los últimos años. Duermen en las camas, viajan con sus propietarios, cuentan incluso con seguros y ocupan un espacio cada vez mayor dentro de las familias.
Esta cercanía también explica por qué despedirse puede resultar especialmente complicado. Alan Stewart, internista veterinario con más de 35 años de experiencia, explica en Psychology Today cómo saber cuál es el momento de despedirse de nuestros animales.
Su experiencia profesional le llevó a modificar su manera de entender los cuidados al final de la vida. El objetivo, señala, no debería limitarse a prolongar la existencia, sino también preservar la calidad de vida.
Los avances veterinarios permiten actualmente recurrir a tratamientos como cirugías complejas, resonancias, tomografías o quimioterapia. Estas herramientas pueden prolongar vidas, pero también hacen más difíciles algunas decisiones para los propietarios.
Stewart aprendió esa dificultad con Christopher, su primer perro, que sufría una enfermedad cardíaca grave. Después de operarlo por una torsión de estómago, comprendió que quizá había prolongado demasiado su sufrimiento.
Años después, Murphy, el perro de su marido, desarrolló un linfoma. Ambos decidieron continuar con la quimioterapia mientras la tolerase y no sufriera, hasta que finalmente consideraron que había llegado el momento.
El veterinario recomienda observar cambios importantes en el apetito, registrar diariamente la calidad de vida y valorar directamente cómo se encuentra el animal. También aconseja no esperar hasta una emergencia.
Los animales pueden mostrar una enorme resistencia y no siempre indican claramente cuándo están preparados para morir. Esperar demasiado puede terminar provocando dolor, ansiedad, convulsiones o dificultades respiratorias.
Para Stewart, anticipar la despedida también forma parte del cuidado. Pedir ayuda y decidir antes de una crisis puede evitar sufrimientos innecesarios y permitir que el final llegue de manera más acompañada.
Así, el duelo por un perro no desaparece porque socialmente exista menos espacio para expresarlo. Para Molina, llorar, sufrir y tomarse el tiempo necesario también forman parte de reconocer el vínculo perdido.
