Elegir el nombre de un hijo suele parecer una cuestión sentimental, familiar o cultural. Sin embargo, décadas de investigación psicológica sugieren que también puede activar estereotipos en quienes lo rodean, incluidos los profesores, capaces de condicionar sus expectativas escolares.
La pista procede de un experimento publicado en 1973 por los psicólogos Herbert Harari y John McDavid. Ambos quisieron comprobar si el nombre de un alumno podía modificar la valoración que los docentes hacían de exactamente el mismo trabajo.
Para estudiarlo, reunieron redacciones escritas por niños de quinto curso y las presentaron a 80 profesoras de colegios públicos y 80 estudiantes universitarias. Cada texto recibió aleatoriamente un nombre diferente, manteniendo idéntico su contenido para los evaluadores participantes.
Los investigadores escogieron nombres considerados frecuentes, populares y atractivos, frente a otros raros, poco populares o menos deseables. Entre los niños aparecieron David y Michael frente a Elmer y Hubert; entre las niñas, Lisa y Karen frente a Bertha.
Nombres conocidos, diferentes expectativas
El resultado mostró que el nombre podía alterar la percepción del rendimiento. Entre los niños, David obtuvo la valoración media más alta y mostró un sesgo favorable estadísticamente significativo; Michael también recibió una valoración superior, aunque sin significación estadística.
En las niñas, el patrón fue menos sencillo. Lisa recibió valoraciones más favorables que Bertha y Karen mostró una tendencia positiva, mientras que Adelle, pese a ser poco frecuente, obtuvo la puntuación media más elevada, algo que también sorprendió.
Por eso, la investigación no permite afirmar que exista una lista universal de nombres que garantice mejores notas. Lo que apunta es realmente algo más sutil: los nombres conocidos o asociados culturalmente con rasgos positivos pueden generar expectativas diferentes.
El mecanismo encaja con el efecto Pigmalión, descrito por Robert Rosenthal y Lenore Jacobson en su trabajo sobre expectativas docentes. La idea es que lo que un profesor espera de un alumno puede influir en su evolución escolar posterior.
Estas expectativas no tienen por qué ser conscientes. Un docente puede interpretar una respuesta, una conducta o un trabajo dentro de un marco construido a partir de experiencias anteriores. Así aparece el sesgo implícito: decisiones rápidas influidas por asociaciones aprendidas.
La importancia del nombre también puede aparecer en algo aparentemente sencillo: recordarlo y pronunciarlo correctamente. Algunas investigaciones han encontrado que los estudiantes valoran que sus profesores conozcan y utilicen su nombre, una práctica vinculada con reconocimiento y relaciones cercanas.
Esto resulta relevante cuando un nombre es poco familiar para el entorno. Si se pronuncia repetidamente de forma incorrecta o se evita utilizarlo, el alumno puede sentir menor reconocimiento. Aun así, no significa que vaya a obtener peores resultados.
Además, los efectos descritos dependen del contexto histórico y cultural. Un nombre considerado atractivo en Estados Unidos durante los años 70 no tiene por qué producir la misma impresión en España a día de hoy.
La ciencia apunta a que nombres como David o Michael, y Lisa o Karen, fueron percibidos favorablemente en aquel experimento, pero no constituyen una fórmula académica. El rendimiento dependerá de otros factores educativos, familiares, personales y sociales.
