P. G. Santos
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Las claves

Hay un gesto felino que los dueños interpretan como una petición de cariño: el gato se acerca, levanta y frota el cuello contra una mano. Sin embargo, el veterinario Manuel Manzano advierte de que podemos estar entendiendo mal el mensaje.

La escena suele terminar desconcertante. El propietario empieza a acariciarlo, el animal parece tolerarlo y, de repente, gira la cabeza y clava los dientes en los dedos. No es necesariamente un cambio de humor inexplicable ni una traición felina.

Según Manzano explica en este vídeo, para comprender estos mordiscos hay que recordar que el gato doméstico conserva conductas vinculadas a su biología. Entre ellas están la caza y la defensa, dos mecanismos capaces de explicar buena parte de las reacciones aparentemente inesperadas.

La caza comprende distintas fases: acecho, persecución, captura y mordida. Por eso muchos juguetes reproducen movimientos erráticos que recuerdan a una presa. El juego permite canalizar ese comportamiento depredador, pero una mano también puede resultar atractiva durante el juego.

Una forma de contacto

La otra razón es la amenaza. Aunque viva dentro de casa y dependa de una familia, el gato sigue siendo un animal de pequeño tamaño que puede sentirse vulnerable ante movimientos, manipulaciones o contactos, especialmente cuando no puede escapar.

Y aquí aparece el malentendido. Cuando un gato se acerca y frota la cabeza o el cuello contra manos, brazos o cara, Manzano sostiene que "no te está pidiendo una sesión intensa de caricias". Puede estar realizando un saludo social, como una forma de contacto.

El problema llega cuando el humano interpreta ese saludo como una invitación. Coger al gato, sentarlo en el regazo y acariciarlo intensamente puede superar su umbral de tolerancia. Para el animal, una interacción así puede convertirse en una situación incómoda.

La literatura veterinaria coincide en que algunos gatos buscan proximidad sin querer ser acariciados continuamente. Pueden iniciar el contacto para conseguir juego, comida o compañía. Confundir esa aproximación con permiso para manipularlos puede provocar una respuesta defensiva o un mordisco.

Los dedos son un objetivo muy accesible. Se mueven, están cerca del hocico y pueden activar respuestas de juego, caza o defensa. Por eso conviene observar qué ocurre antes del mordisco, en lugar de atribuirlo a un comportamiento caprichoso.

La recomendación simple de Manzano pasa por responder al saludo sin apropiarse de él. Cuando el gato se acerque para frotarse, ofrece una caricia breve y detente. Después, lo adecuado es esperar. Si quiere continuar, será el animal quien vuelva a acercarse.

También conviene aprender a reconocer las señales de incomodidad. Orejas hacia atrás, tensión corporal, cola inquieta, inmovilidad repentina o intento de apartarse pueden indicar que la interacción ha dejado de resultar agradable. En ese momento, lo prudente es parar.

Si los mordiscos aparecen, son intensos o se producen al tocar una zona concreta, no conviene asumir que todo es cuestión de carácter. El dolor también puede desencadenar agresividad al contacto, por lo que una revisión veterinaria resulta recomendable.

La clave no consiste en querer menos a los gatos, sino en aprender a quererlos de la manera que ellos lo entiendan. Respetar sus saludos, interpretar sus señales y permitirles decidir cuándo continuar el contacto puede evitar mordiscos y mejorar la convivencia.