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Las claves

Los gatos no siempre expresan el dolor de una forma evidente. Rara vez se quejan de manera continua o muestran una herida visible. Con frecuencia, la primera señal consiste en algo mucho más discreto: dejan de saltar, se esconden o rechazan unas caricias que antes disfrutaban.

Carlos Gutiérrez, veterinario clínico y responsable del canal Mascotas y Familias Felices, advierte de que esta forma de comportarse provoca que muchas familias interpreten el problema como una cuestión de temperamento. “El dolor en los gatos es tan difícil de detectar que muchos dueños confunden sus señales con simples cambios de carácter”, explica a El Periódico.

Un gato que se vuelve arisco repentinamente no tiene por qué haberse hecho “más antipático” con la edad. Tampoco debe asumirse que duerme más porque se está haciendo mayor. Ambos cambios pueden esconder una enfermedad dental, artrosis, una lesión o cualquier otro proceso doloroso.

Esta dificultad tiene relación con su comportamiento natural. Mostrar debilidad puede suponer una desventaja para un animal que, a lo largo de su evolución, ha ocupado simultáneamente el papel de cazador y de posible presa. Por ello, muchos gatos continúan comiendo, caminando y haciendo una vida aparentemente normal a pesar del malestar.

Los pequeños cambios que alertan del dolor

Gutiérrez recomienda fijarse especialmente en aquello que el animal hacía antes y ha dejado de hacer. Cada gato mantiene unas rutinas propias, de modo que sus cuidadores pueden detectar alteraciones que pasarían inadvertidas durante una observación puntual.

Una de las pistas más frecuentes es el aislamiento. El gato puede permanecer más tiempo debajo de una cama, evitar las habitaciones ocupadas o reducir el contacto con la familia. Otros animales reaccionan con irritabilidad, intentan morder o lanzan un zarpazo cuando alguien se aproxima.

Esta respuesta defensiva no tiene por qué ser un ataque sin motivo. Si el cuidador lo levanta, lo acaricia o toca accidentalmente la zona afectada, el animal puede tratar de protegerse. Lo que parece una repentina muestra de agresividad sería, en realidad, una reacción ante el dolor.

La movilidad ofrece otras señales importantes. Un gato con molestias articulares puede pensárselo antes de subir al sofá, dejar de alcanzar sus lugares favoritos o utilizar muebles más bajos como pasos intermedios. También puede caminar rígido, encorvar el cuerpo o mantener la cabeza más baja.

El aseo permite reconocer algunos problemas. Cuando siente dolor, el animal puede dejar de lamer las zonas a las que le cuesta llegar. El pelaje adquiere entonces un aspecto descuidado, graso o apelmazado, algo especialmente habitual en gatos mayores con problemas articulares.

También puede suceder lo contrario. Algunos gatos se lamen insistentemente el punto que les molesta, hasta romper el pelo o provocar lesiones en la piel. Este comportamiento no permite localizar siempre el origen, pero constituye una razón para consultar.

El apetito puede reducirse, sobre todo cuando existen problemas en dientes, encías o boca. En estos casos también pueden aparecer salivación, mal aliento, dificultad para masticar, comida que cae fuera del recipiente o preferencia repentina por alimentos blandos.

El ronroneo tampoco garantiza que todo esté bien. Aunque suele aparecer durante momentos agradables, algunos gatos también ronronean cuando están enfermos, asustados o doloridos, posiblemente como una conducta de autorregulación. Debe interpretarse junto con la postura y el resto de señales.

Los veterinarios disponen de herramientas para evaluar esos cambios. La Escala de Mueca Felina, validada científicamente, observa cinco elementos del rostro: posición de las orejas, apertura de los ojos, tensión del hocico, orientación de los bigotes y posición de la cabeza.

Unos ojos entrecerrados, las orejas separadas y giradas hacia fuera, el hocico tenso o la cabeza situada por debajo de los hombros pueden acompañar al dolor. Sin embargo, una sola fotografía o un gesto aislado no sustituyen una exploración veterinaria.

Ante un cambio repentino y mantenido de conducta, Gutiérrez aconseja no esperar a que aparezcan señales más intensas. Tampoco deben administrarse analgésicos humanos: algunos medicamentos comunes, como el paracetamol, son extremadamente tóxicos para los gatos.

La clave consiste en comparar al animal consigo mismo. Si ya no juega, salta, se asea, come o se relaciona como antes, el supuesto cambio de carácter puede ser su única manera de comunicar que algo le duele.