El ser humano tiene una enorme tendencia a acumular cosas durante la vida, algunas más útiles que otras. De hecho, no son pocos los objetos cuyo valor real no es tanto su utilidad como la relación emocional que mantenemos con ellos o la representación de momentos de nuestra historia.
Por ejemplo, una vajilla que solo usamos en grandes ocasiones, un reloj que ha pasado de generación en generación o el anillo de una madre decide entregar a su hija con la típica frase de "prefiero que lo tengas tú".
Aunque a priori pueda parecer generosidad, detrás de estos regalos hay un fenómeno psicológico interesante: no estamos entregando objetos, sino que estamos repartiendo parte de nuestra propia biografía.
No se trata de repartir meros objetos, sino de dejar constancia de partes de una identidad, un recuerdo o un vínculo. A medida que envejecemos, algunas pertenencias dejan de valorarse tanto por su utilidad y más por su valor simbólico, por aquello que representan.
Partes de una vida
Por ello una casa puede funcionar como una especie de autobiografía tridimensional, llena de objetos que nos recuerdan antiguos trabajos, viajes, relaciones y personas que ya no están.
De ahí que algunas personas mayores de 70 años tengan tendencia a entregar a hijos y nietos vajillas, joyas, herramientas y otros objetos acumulados durante décadas.
Llegado cierto momento, conservar ciertos objetos puede resultar menos importante que decidir quién continuará la historia asociada a cada objeto. Y la evidencia científica ofrece razones para tomarnos esta hipótesis en serio.
Ya durante el pasado año 1987, un estudio publicado en el Journal of Aging Studies, llevado a cabo por el investigador Robert Rubinstein, analizó a 88 personas mayores y les pidió que identificaran sus posesiones más importantes, explicando qué significaban para ellas.
Los resultados mostraron que esos objetos podían representar relaciones familiares, etapas del pasado e incluso aspectos de la propia identidad. De hecho, el investigador llegó a plantear que las posesiones funcionan como una especie de lenguaje mediante el cual expresamos quiénes somos.
En investigaciones posteriores también se ha reforzado esa conexión entre objetos y memoria autobiográfica.
Una revisión científica más reciente, publicada en el año 2021, concluyó que atribuimos valor emocional a determinadas pertenencias precisamente porque permiten preservar, materializar y recuperar recuerdos.
De ahí que una vieja fuente pueda ser mucho más que un objeto útil para las comidas: simbólicamente, se trata de un recuerdo que aúna décadas de comidas familiares con sus correspondientes vivencias asociadas. Además, durante el envejecimiento, nuestra manera de establecer prioridades cambia.
Según la teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la psicóloga de Stanford Laura Carstensen, cuando percibimos nuestro horizonte temporal como más limitado tendemos a prestar mayor atención a aquello que posee significado emocional y menos a objetivos pensados para un futuro distante.
Esto permite mirar de otra forma una casa llena de recuerdos. La utilidad de los objetos "cambia"; ya no implica una necesidad cercana por nuestra parte, sino llegar a plantear a quién querremos que pertenezca dicho objeto en el futuro.
De hecho, otro trabajo sobre la gestión de las pertenencias durante la vejez encontró que algunas personas mayores intentan simplificar sus posesiones para no dejar a sus hijos la tarea de decidir qué hacer con ellas.
Pero, además, los investigadores también observaron que ciertos objetos servían también para materializar el vínculo entre generaciones de una familia. Aquí es donde aparece la idea del "legado".
En este aspecto, una investigación publicada en 2026 con adultos de unos 72 años analizó cómo las personas intentan transmitir aquello que consideran importante a las siguientes generaciones.
Los participantes no se limitaban a preservar recuerdos, sino que seleccionaban valores, enseñanzas y experiencias pensando deliberadamente en quién los recibiría.
Cabe puntualizar, para finalizar, que cumplir los 70 años no implica necesariamente activar algún tipo de interruptor psicológico.
No todos los nacidos entre 1946 y 1956 empiezan a regalar sus pertenencias ni llevar a cabo este ritual implica que estén pensando necesariamente en su muerte.
La clave está en si el regalo se acompaña de un vínculo emocional: si nos regalan una taza junto a una charla de diez o quince minutos sobre la historia que posee, probablemente no estamos recibiendo una simple taza, sino una parte de toda una vida.
