P. G. Santos
Publicada
Las claves

Una cena puede empezar con una pregunta inocente y acabar 20 minutos después convertida en una sucesión de nombres, fechas y recuerdos. Si quien habla es un baby boomer, la escena puede parecer un auténtico monopolio, aunque la psicología sugiere algo distinto.

Las personas nacidas entre 1946 y 1964 crecieron bajo unas normas familiares que reservaban la conversación importante para los adultos. El mensaje era claro: escuchar, esperar y no interrumpir. Décadas después, aquella educación podría influir en su forma de conversar.

De ahí nace una explicación cultural sencilla: quienes pasaron su infancia viendo y oyendo, pero hablando poco, quizá desarrollaron una relación particular con el espacio conversacional. Ahora que son adultos mayores, podrían permitirse ocuparlo con una libertad antes negada.

Sin embargo, reducir las largas historias de la mesa a una reacción contra aquella crianza sería demasiado simple. La investigación psicológica apunta hacia otro mecanismo: la capacidad de inhibir información irrelevante puede cambiar con la edad y afectar la respuesta.

Una infancia en silencio

Un estudio realizado en Concordia University, en Montreal, analizó a 205 adultos de entre 61 y 90 años. Los investigadores encontraron una asociación entre la llamada verbosidad fuera de tema y mayores dificultades para inhibir información.

El concepto resulta clave para entender esas conversaciones que empiezan respondiendo una pregunta y terminan recurriendo a episodios biográficos. La persona no necesariamente decide desviarse: puede resultarle más difícil mantener fuera de la respuesta los detalles que se activan al recordar.

Otro trabajo, publicado en Frontiers in Psychology, abordó las funciones sobre la inhibición. Los investigadores distinguieron entre eliminar de la memoria información que dejó de ser útil y frenar una respuesta cuando ya no encaja con la conversación.

Cuando ambos mecanismos pierden eficacia al mismo tiempo, una pregunta puede convertirse en detonante de una cadena de asociaciones difícil de detener. Un detalle lleva a otro, después aparece un nombre y ese nombre activa una fecha o recuerdo.

Además, las personas mayores cuentan con algo que puede alimentar esas asociaciones: décadas de experiencias autobiográficas almacenadas. Una conversación cotidiana activa recuerdos relacionados que, bajo un filtro menos eficaz, terminan entrando en la respuesta aunque nadie los hubiera pedido.

Los propios investigadores plantean que esa riqueza de experiencias puede contribuir a la aparición de información lateral cuando falla el mecanismo encargado de mantenerla fuera de la respuesta principal. No se trata simplemente de tener más cosas que contar.

La explicación más completa combina ambos factores. Las normas aprendidas durante la infancia pueden influir en cuánto espacio ocupa alguien al hablar, mientras que los cambios asociados al envejecimiento pueden dificultar el filtrado de recuerdos y respuestas ya irrelevantes.

Por eso, la próxima vez que una pregunta sobre la cena provoque una historia interminable, conviene mirar la escena con otros ojos. Detrás de aquellos nombres, fechas y detalles laterales puede haber una mezcla de biografía, aprendizaje y cognición.

El resultado no significa que los baby boomers hablen demasiado ni que la edad determine la conversación. Sí ofrece una explicación más matizada: esa generación pudo aprender a esperar su turno y, con los años, encontrar difícil decidir cuándo callar.